Generalmente vivo atareada o preocupada y pienso en cuánto me gustaría vivir tranquila, eso me gustaría. Cómo hacen las personas que viven tranquilas y felices, cuál es el secreto y si todo el mundo lo puede lograr.
RESPUESTA
Conozco a personas felices que lo son, por un breve lapso, cada vez que logran una meta que se habían propuesto: terminar una carrera, obtener su primer millón, casarse, tener un hijo… Dije por un breve lapso. La felicidad existe, pero no es duradera.
Todos buscamos la felicidad. También la conocemos. Es como una cerilla luminosa que alumbra la vida y la vuelve bella, luego se apaga y nos queda el recuerdo. Recuerdos felices que atesoramos en el corazón. En ocasiones alumbran tenuemente los momentos negros, pero también pueden hacer que la negrura nos parezca más espantosa, cuando la comparamos con aquel fugaz instante en que nos sentíamos iluminados. Querríamos volver atrás, prolongar el momento feliz, volver a vivirlo, como si no fuera cosa del pasado. Pero es pasado. Se ha ido. Nos negamos a reconocer que así es. Que el presente siempre es nuevo. Que necesitamos encender otra cerilla y ésta tampoco durará eternamente.
¿Hay diferencia entre la felicidad y la paz interior?, ¿son lo mismo que la tranquilidad? Los verdaderamente tranquilos son los muertos; nada los inmuta. Podemos decirles: “murió tu mamá”, “se esfumó tu fortuna”, “la gente murmura de ti”… y no reaccionarán. Solamente los vivos subimos y bajamos en el volantín de las emociones, las felices y las atormentadoras, porque estamos vivos. Sentimos. Podemos experimentar la tranquilidad momentáneamente: unas vacaciones, la playa, arena, una silla, el relajamiento total… y durante ese lapso caemos en la inactividad.
La felicidad y la tranquilidad ocasionales son distintas de la paz interior. Esta última permanece. Puede traer consigo las dos primeras, pero no necesariamente. Es un logro espiritual. Consiste en reconciliarse, “ponerse en paz” con Dios, el mundo, las personas y uno mismo tal como son y se presentan. Decir sí a lo que acontece, incluso teniendo los ojos llenos de lágrimas. Es confiar en que una Sabiduría Superior está a cargo y sabe. Ponerse al servicio de Ésta sin saber a ciencia cierta qué ordenará enseguida. Entregarse, he aquí el secreto que todo el mundo puede lograr, siempre y cuando posea fe, esperanza y amor. Como estas tres actitudes son dones, es decir, que no nos es dado adquirirlas, primero habrá que pedirlas. ¿A quién? A esta misma Sabiduría Superior: “Dame lo que pides, y pide lo que quieras”.
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