Mostrando entradas con la etiqueta esperanza. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta esperanza. Mostrar todas las entradas

lunes, 14 de septiembre de 2020

TRASCENDENCIA Y AUTORREALIZACIÓN

“Compaginar las crisis y el sufrimiento humano con el crecimiento personal es un arte; se llama trascender”. La pandemia y el confinamiento nos han cambiado la vida de una manera que nunca hubiéramos podido imaginar. Nos hemos visto privados de cosas tan simples y esenciales como salir de casa, pasear, reunirnos con los amigos, abrazar... Muchos han perdido su empleo y otros, a un ser querido. Personas se han referido a esta experiencia como “una guerra mundial sin balas”. Necesitamos sobrevivir y trascender a lo que está ocurriendo. Para entender los conceptos de trascendencia y autorrealización desde el marco de las ciencias de la salud mental, vale la pena remontarse a uno de los genocidios más grandes en la historia de la humanidad: El Holocuasto, Shoá, Endlösung o Solución Final. Cualquiera que sea el nombre designado, este acontecimiento pone de manifiesto por un lado la vulnerabilidad humana, y por otro, la capacidad de sublimar el dolor o sufrimiento y amar. De esta historia de crueldad y odio hacia otros seres humanos, sobrevivieron personas que compartieron su legado de dolor convertido en aprendizaje ante las crisis, las pérdidas y las situaciones en donde la vida estuvo al límite. Tal es el caso del psiquiatra Austríaco Víctor Emil Frankl, autor del libro “El hombre en busca de sentido” que se publicó por primera vez en 1946 en Alemania, vendió millones de copias y cambió la vida de muchos lectores. Frankl relata vivencias personales en un campo de concentración de Auschwitz: “Su solo nombre evocaba todo lo que hay de horrible en el mundo: cámaras de gas, hornos crematorios, matanzas indiscriminadas... A un hombre le pueden robar todo menos una cosa: la última de las libertades del ser humano, su elección de la propia actitud ante cualquier tipo de circunstancia, la elección del propio camino.” Después de haber vivido tan dramática experiencia, el Dr. Frankl se interesó en investigar y descubrir un método de intervención terapéutica denominado Logoterapia, que es una modalidad centrada en el sentido a la vida. Este procedimiento es vigente en un mundo que padece un gran vacío existencial y se manifiesta en altos índices de adicción, violencia, depresión y suicidio. Otra sobreviviente del Holocausto es la doctora en Psicología Edith Eva Eger, quien escribió “La Bailarina de Auschwitz”, texto inspirador que pone de manifiesto la fe y esperanza de seguir viviendo aunque internamente la persona sienta que la vida se acaba. Su lectura se recomienda para quien perdió un ser querido durante el COVID-19. La doctora Edger relata su terrible experiencia en los campos de concentración. Ella fue entrenada de niña en ballet y gimnasia; luego, prisionera en Auschwitz, obligada a bailar y ser usada para entretenimiento personal de los nazis, en especial del tristemente famoso Dr. Mengele Josef. Edith tenía que bailar para el hombre que había mandado matar a su padre. La doctora Eger se especializó en personas que sufrían trastorno por estrés postraumático, ayudó a mujeres víctimas de violencia doméstica, así como veteranas de la guerra de Vietnam. “Auschwitz me dio un regalo: el poder guiar a la gente en su camino ayudándolos a su adaptación”. Ambos personajes coincidieron en un mundo de crueldad y desolación. Fueron capaces de trascender desgarradoras experiencias de dolor, como saber que su propia familia moría asfixiada en cámaras de gas, o dejar de comer el pequeño pedazo de pan duro para compartirlo con otro que agonizaba. Las experiencias de vida tanto del Dr. Victor Frankl como de la Dra. Edith Eger nos encienden una luz de esperanza y de posibilidades que ante situaciones catastróficas donde la vida pareciera no tener solución; siempre habrá nuevos caminos que emprender. Agradezco la colaboración de la Psic. Irma Campos Escalante, directora del Instituto de Desarrollo Humano de León, A.C. “Psicología” es una columna abierta. Puedes participar con ideas, temas, preguntas o sugerencias en psicologa.dolores@gmail.com

lunes, 5 de agosto de 2019

IMPULSO A VIVIR


El ser humano, mientras respira, tiene fe y esperanza. A veces, la razón le dice que ya no debería tenerlas, que todo está perdido; sin embargo, basta con que alguna parte de su ser conserve algo de energía para que su organismo completo luche, hasta el último y definitivo momento final, por respirar, vivir y tener días mejores.

Numerosas veces en la historia se ha visto que después de eventos desastrosos como genocidios, guerras, inundaciones, terremotos, erupciones y toda clase de cataclismos, los sobrevivientes, mismos que espantados vivieron los hechos en carne propia sin morir, que asistieron o estuvieron presentes en todo lo horrible del suceso y quedaron sin fuerzas, vencidos, lastimados, quizá pensando que nunca podrían recuperarse de su desgracia, luego de un tiempo, como hormiguitas o abejas laboriosas, a partir de cero se construyen un mundo de todos los días donde vivir y continuar con su esperanza. 

La fe, es decir, la creencia en algo que no se ha visto ni es demostrable, recopila despojos y recursos por miserables que parezcan y con ellos monta una edificación nueva que, si bien puede ser conmovedoramente pequeña, alcanza para que esa porción de humanidad siga su marcha. Y en ocasiones levanta una más grande y linda que la antigua, de mayor esplendor, como si aquella desgracia enorme hubiera servido de poda, igual que con las plantas.

Esta fe no se refiere a la aceptación de una serie de dogmas; es un movimiento silencioso, a veces terrible, que nos empuja interiormente y nos hace seguir adelante sin saber exactamente a dónde ni por qué. Es acción, dejarse llevar por esta especie de instinto de vida que jamás se rinde, salvo cuando ya no le sobra pisca de combustible para quemar. Entonces, la persona expira.

Esta fe es inconsciente e independiente de la razón; ni siquiera nos damos cuenta de que nos toma a su cargo y nos hace esperar días mejores (esperanza). El razonamiento puede marchar de acuerdo con ella; pero también alejarse y hacerle la guerra. En el primer caso, la energía de la fe se expande y nos conduce a hacer maravillas; pasamos por la vida con más momentos de júbilo y optimismo que de tristeza y temor. En el segundo, se contrae para defenderse de nosotros y el que ella siga impulsando nuestra vida no nos alegra, sino que nos fragmenta entre la necesidad de vivir y la queja de hacerlo. Pero no cambia; ella siempre va a cumplir su cometido. Los que cambiamos somos nosotros.

¡Qué distinto es vivir la vida amando la fe y la esperanza, o vivirla detestando que existan en nosotros! Porque siguen existiendo aun contra nuestra voluntad; también el cuerpo del que sobrevive a un intento de suicidio lucha hasta el último momento para conservar la vida, aunque su mente piense lo contrario.

Para muchos, el misterio de este poderoso impulso a la vida es una prueba de que hay algo más, algo que nos excede y cuida de nosotros; para otros no prueba nada y se queda en misterio. Es evidente que la división entre esa fe y nuestro pensamiento está muy lejos de ser provechosa.

“Psicología” es una columna abierta. Puedes participar con ideas, temas, preguntas o sugerencias en psicologa.dolores@gmail.com 

lunes, 23 de marzo de 2015

RECONOCIMIENTO INNATO DE SER IMPORTANTES


Sucede a veces que no podemos creer cosas que son obvias. El reconocimiento innato de ser importantes, es una de ellas.

Si dicho reconocimiento es innato, entonces nacimos con él; de ahí que a nadie le gusta sentirse menos, inferior, despreciable, tonto, maldito, inadaptado, que está de sobra, etc.; por el contrario, queremos ser mirados, apreciados y reconocidos. Sin embargo, no siempre nos sentimos autorizados para aceptar nuestra propia importancia y mucho menos confesarla. Culturalmente está prohibido decir: ¡soy importante!

“Soy importante” es distinto a: “Soy más importante que tú”. La totalidad de las personas somos igualmente importantes; lo que hacemos beneficia o perjudica a todos los demás; ayudamos a que el género humano evolucione, mucho o poco.

Es una pena que se nos inculque “hablar con modestia” en el sentido de desconocer nuestra propia importancia: “mirar cualidades en uno mismo es vanidad”, “no digas tus virtudes, deja que sea otro quien lo haga”, “soy tu humilde servidor”, “me quedó malhecho, pero ahí está”…

Una cosa es ostentar y presumir, inclusive lo que no se posee (falta de modestia) y otra, creerse escaso de medios y recursos. Esto último es siempre mentira; que en algunos momentos estemos faltos de dinero no significa que hemos dejado de ser importantes, ni que no poseamos multitud de recursos materiales y no materiales que están ahí, disponibles para ser usados.

La necesidad humana de reconocer la propia importancia está presente siempre en cada uno de nosotros, como urgencia de ser vistos. Primero por nosotros mismos. Es tan poderosa que cuando apartamos nuestra mirada de lo que somos, sentimos un profundo dolor interno que se manifiesta como tristeza, falta de esperanza, decepción, sentimientos de soledad y vacío. Dice Octavio Paz: "Desde que apareció sobre la tierra, el hombre es un ser incompleto. Apenas nace y se fuga de sí mismo. ¿Adónde va? Anda en busca de sí mismo y se persigue sin cesar. Nunca es el que es, sino el que quiere ser, el que se busca; en cuanto se alcanza, o cree que se alcanza, se desprende de nuevo de sí, se desaloja, y prosigue su persecución".

¿Qué nos hace vivir esta persecución? La falsa modestia de creernos poco importantes y aceptables siendo lo que somos. Nos enfocamos en “lo que queremos ser”, en los “debería”, que no son más que confabulaciones, creencias de que estaríamos mejor si lográramos esto o aquello. Nos impiden mirarnos amorosamente y decir: “Así como soy ahora, soy importante y puedo amarme”. En cambio, pensamos: “Me amaré cuando tenga casa propia… termine mi carrera… encuentre un amor… me vuelva famoso…”

Mirarnos y amarnos hoy es una exigencia interna que sólo cada uno podemos satisfacer. Se trata de una habilidad respaldada por la naturaleza que nos empuja hacia la autoestima; es decir, a considerarnos valiosos y dignos de ser amados por el simple hecho de haber nacido.

“Psicología” es una columna abierta. Puedes participar con ideas, temas, preguntas o sugerencias en psicologa.dolores@gmail.com , o en facebook.com/Pascua Constelaciones Familiares.

 

 

 

martes, 18 de febrero de 2014

DÍA DE REYES


Según la ilusión e inocencia de los niños, cuando los Reyes Magos se vienen acercando se les puede ver en el cinturón de Orión, montados sobre las estrellas Alnilam, Alnitak y Mintaka. Desde hace décadas, ¡qué digo, centurias!, en la Noche de Reyes, los pequeños en turno han mirado al cielo con la esperanza de un regalo celestial que la imaginación agrandaba  hasta que la alegría era insoportable; no podían esperar más, sólo durmiendo pasaría el tiempo velozmente, pero la excitación no ayudaba a que los ojos aceptaran cerrarse mientras los Magos apresuraban la marcha a fin de llegar a tiempo. ¡Inocencia e ilusión, fuentes de alegrías profundas!

¿En todas las edades? En todas. También los enamorados poseen inocencia e ilusión suficientes para soportar el adorado tormento de estar al acecho de la mirada, el beso o la entrega del amado o la amada. Y sin inocencia, o sin ilusión, es imposible vivir tanta dicha.

Y esa dicha ¿es verdadera, o falsa? Es tan verdadera que cada uno de nosotros podemos atestiguarla: nos estremecía, hubiéramos querido hacer lo que el Josué bíblico pero al revés: no detener al sol, sino empujarlo para que caminara más aprisa. Lo vivido, vivido está y aquellas alegrías no perecen, son experiencias; “lo comido y lo bailado nadie nos lo quita”. Pero después la mencionada dicha “demostró” ser falsa: el regalo no fue el esperado, o el amado resultó distinto del que teníamos en mente, porque la realidad jamás podrá competir con la imaginación. Quienes  tomaron el juguete o el amado con reverencia y ¡otra vez, imaginación! hicieron que uno pasara a transformarse de humilde carrito en cohete o ambulancia y el otro, el amado, en el ser más cotidiano y entrañable, y quienes no tuvieron reverencia ni imaginación, el choque con la realidad se convirtió en desencanto, quizá amargura. La primera dicha no era falsa, fue la segunda la que no llegó a concretarse.

¿Es bueno o malo tener inocencia e ilusión? Ni bueno ni malo, sólo bonito o feo. Niños o grandes que tienen  capacidad para alegrarse con ellas, a sabiendas de que sólo están en la imaginación, sonríen; en cambio, los que exigen que sus pensamientos sean reales, concretos y comprobables, rara vez lo hacen. Y aquí la paradoja: por aquello de la subjetividad, de que cada cabeza es un mundo, nadie puede estar seguro de que tal exigencia no es también ilusión; es decir, un producto de la mente; ni siquiera los ultra objetivos científicos están capacitados para hacer una descripción exacta de la realidad, de ahí que las afirmaciones de la ciencia se modifiquen con los años y los descubrimientos. Entonces, no cabe la pregunta acerca de si es bueno o malo vivir de ilusiones, puesto que nos está vedado desprendernos totalmente de ellas. Más bien tendríamos qué preguntarnos: ¿cómo son las  ilusiones que alimento?, ¿me hacen sentir bien y contento, o que me desgarran y llevan a sentir absurda la existencia? Porque hay de ilusiones a ilusiones, algunas nos inyectan entusiasmo, y otras, veneno. Hagamos votos para que en este 2014, todos engendremos ilusiones de las que hacen sonreír y tener alegría.

“Psicología” es una columna abierta. Puedes participar con ideas, temas, preguntas o sugerencias en psicologa.dolores@gmail.com , al teléfono 7 63 02 51 o en facebook.com/Pascua Constelaciones Familiares.

 

 

 

lunes, 25 de abril de 2011

PAZ INTERIOR Y FELICIDAD

Generalmente vivo atareada o preocupada y pienso en cuánto me gustaría vivir tranquila, eso me gustaría. Cómo hacen las personas que viven tranquilas y felices, cuál es el secreto y si todo el mundo lo puede lograr.
RESPUESTA
Conozco a personas felices que lo son, por un breve lapso, cada vez que logran una meta que se habían propuesto: terminar una carrera, obtener su primer millón, casarse, tener un hijo… Dije por un breve lapso. La felicidad existe, pero no es duradera.
Todos buscamos la felicidad. También la conocemos. Es como una cerilla luminosa que alumbra la vida y la vuelve bella, luego se apaga y nos queda el recuerdo. Recuerdos felices que atesoramos en el corazón. En ocasiones alumbran tenuemente los momentos negros, pero también pueden hacer que la negrura nos parezca más espantosa, cuando la comparamos con aquel fugaz instante en que nos sentíamos iluminados. Querríamos volver atrás, prolongar el momento feliz, volver a vivirlo, como si no fuera cosa del pasado. Pero es pasado. Se ha ido. Nos negamos a reconocer que así es. Que el presente siempre es nuevo. Que necesitamos encender otra cerilla y ésta tampoco durará eternamente.
¿Hay diferencia entre la felicidad y la paz interior?, ¿son lo mismo que la tranquilidad? Los verdaderamente tranquilos son los muertos; nada los inmuta. Podemos decirles: “murió tu mamá”, “se esfumó tu fortuna”, “la gente murmura de ti”… y no reaccionarán. Solamente los vivos subimos y bajamos en el volantín de las emociones, las felices y las atormentadoras, porque estamos vivos. Sentimos. Podemos experimentar la tranquilidad momentáneamente: unas vacaciones, la playa, arena, una silla, el relajamiento total… y durante ese lapso caemos en la inactividad.
La felicidad y la tranquilidad ocasionales son distintas de la paz interior. Esta última permanece. Puede traer consigo las dos primeras, pero no necesariamente. Es un logro espiritual. Consiste en reconciliarse, “ponerse en paz” con Dios, el mundo, las personas y uno mismo tal como son y se presentan. Decir sí a lo que acontece, incluso teniendo los ojos llenos de lágrimas. Es confiar en que una Sabiduría Superior está a cargo y sabe. Ponerse al servicio de Ésta sin saber a ciencia cierta qué ordenará enseguida. Entregarse, he aquí el secreto que todo el mundo puede lograr, siempre y cuando posea fe, esperanza y amor. Como estas tres actitudes son dones, es decir, que no nos es dado adquirirlas, primero habrá que pedirlas. ¿A quién? A esta misma Sabiduría Superior: “Dame lo que pides, y pide lo que quieras”.