Se dice que “el hombre es un animal racional” y sabemos que esta definición es incompleta: una gran porción de nosotros es irracional, los sentimientos, y nos hacen decir: “Yo no debería sentir lo que siento (no es lógico, no me conviene, me hace daño), pero me es imposible dejar de sentirlo”, “este impulso es superior a mis fuerzas”…
Los sentimientos siguen sus propias leyes. “El corazón
tiene razones que la razón no entiende”. Como ya dijimos, son nuestra parte irracional
y su influencia en lo que hacemos es indiscutible. ¿Quién no conoce a alguien
que arruinó un buen negocio en un arranque de ira?, ¿o que se enamoró de la
persona que menos le convenía? Los ejemplos podrían multiplicarse.
Ya en otras ocasiones hemos visto que nuestra vida mental
tiene dos piernas: la intelectual y la afectiva, y que si éstas no marchan en
armonía una con la otra, algo malo sucede: nos sentimos mal, nerviosos,
frustrados, sufriendo, tal vez enfermos. Y que la armonía entre ambas “piernas”
es más bien excepción que regla, porque culturalmente y durante siglos se ha otorgado
gran importancia al desarrollo intelectual, mientras en el campo afectivo permanecemos
casi analfabetas; no solo desconocemos buena parte de nuestros sentimientos, sino
que con frecuencia nos avergonzamos de que existan, cuando nuestro intelecto no
los admite como algo deseable, ni como objeto de estudio.
Nos gusta creer que la razón es capaz de gobernarnos bien
la vida, y que si logramos identificar y
definir la equivocación que nos ha estado ocasionando problemas, eso bastará
para corregirla. No siempre resulta así: continuamos cometiéndola, a pesar de conocer
sus consecuencias y saber que nos hace daño, porque cabeza y corazón son dos
mundos diferentes, como la tierra firme y el mar o estar dentro de alguna alberca; así de
diferente es pensar que sentir.
Para el reacomodo de muchos asuntos afectivos se necesita
ubicar nuestra conciencia en el ámbito de lo irracional. Esto generalmente nos ocasiona
un terror parecido al que sentiría quien por primera vez se lanza al agua; el
culto al intelecto nos hace temer por nuestra cordura y creer que haremos el
ridículo. Sin embargo, no se aprende a nadar manteniéndose seco, hay que entrar
dentro del agua, sentir la diferencia, moverse y aprender cómo respirar.
El próximo viernes 22 de agosto, de 10 a 2, tendremos una
sesión de este “sumergirse en lo irracional”; es decir, de Constelaciones
Familiares. Las personas que asistan comprobarán por sí mismas la diferencia enorme
que hay entre lo intelectual y lo afectivo, y conocerá algunos de los
ejercicios que se realizan en nuestro Diplomado para aprender a reducir la
brecha que existe entre cabeza y corazón y establecer vías que comuniquen a
ambos. Están todos invitados, es abierta al público, la entrada es libre, los
esperamos.
“Psicología” es una columna abierta. Puedes participar
con ideas, temas, preguntas o sugerencias en psicologa.dolores@gmail.com , o en facebook.com/Pascua Constelaciones Familiares
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