Usted habla con
frecuencia de destino, ¿se refiere a una vocación, a estar predestinados o a
qué? ¿Cuál es su opinión sobre el libre albedrío?
OPINIÓN
Entiendo por Destino aquellos
hechos que suceden sin nuestra colaboración y sin preguntar si nos agradan o no,
como: haber nacido de nuestros padres, en la fecha, lugar, ubicación
socioeconómica y país donde nos tocó; con el sexo y grado de salud que la
suerte nos dio; con las herencias físicas y socio-psicológicas de cualidades y
defectos de nuestro carácter y de las personas allegadas; con las premisas
culturales del lugar que nos gustan o que no; en una sociedad civilizada pero
enferma e imperfecta, llena de injusticias y violencia, con sistemas políticos
locales o globales que pueden imponernos leyes justas e injustas, incluso guerras…
Al Destino sólo nos corresponde
aceptarlo. El libre albedrío se relaciona con tomarlo “de buenas” o “de malas”;
lo cual no cambia al Destino, sino a nosotros: hay diferencias enormes entre
quienes lo toman como les llega y con él hacen lo mejor que pueden, y aquellos
que se rebelan, se amargan o viven renegando porque sienten injusto adaptarse.
Estos últimos suelen pensar que la vida les sale debiendo y su frustración les pasa
factura a ellos mismos y a sus familiares y amigos.
Al destino hay que
tomarlo sin enmiendas. Nada de "si al menos hubiera..." o "a
condición de que se repare el daño". Muchas cosas no tienen reparación y
sería tonto negarse a tomar lo bueno por tener en la mira lo malo. No tenemos
culpa ni responsabilidad de lo bueno o malo que hicieron nuestros padres y
abuelos o de lo que sucedió en su historia; sin embargo, nos afecta, forma
parte de nuestro destino.
El libre albedrío nos
permite elegir que si algo ya pasó sea pasado, o continúe vigente como si
estuviera sucediendo ahora; si está presente, aprovecharlo y convertirlo en
sabiduría y luego dejar que se vaya, o retenerlo y darse topes contra él; si no
puede irse (como un mal congénito o hereditario), vivir con ello… como con un
amante necesitado de cuidados especiales. Nadie pide un destino como este
último, pero no hay manera de esquivarlo. Aunque se huyera de él, éste
perseguiría al dueño hasta donde llegara, porque es suyo.
El libre albedrío es la
posibilidad de encargarse de vivir bien, feliz y sintonizado con el amor. O lo
contrario, según se elija. Las personas que enfrentan el reto enorme de tomar
con amor su destino y vivirlo bien, no obstante las desventajas, más aún,
transformando éstas en beneficio, quienes llevan a cabo esta obra, parecen de
otro mundo: hacen tanto bien a la humanidad
que no puede medirse, un bien silencioso. Saltan ellas y las de su
alrededor más allá de sus propios límites y adquieren una mentalidad que no les
da la cultura y tampoco sus contemporáneos.
Estas ideas están tomadas
de la filosofía de Constelaciones Familiares, una filosofía donde la frase “soy
arquitecto de mi propio destino” resulta arrogante; está más cerca de la
oración atribuida a san Francisco: “Señor, concédeme serenidad para aceptar las
cosas que no puedo cambiar; valor, para cambiar las cosas que pueda modificar;
y sabiduría, para conocer la diferencia”.
“Psicología” es una columna abierta. Puedes participar
con ideas, temas, preguntas o sugerencias en psicologa.dolores@gmail.com , al
teléfono 7 63 02 51 o en facebook.com/Pascua Constelaciones Familiares.
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