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lunes, 3 de agosto de 2015

RECONCILIARSE CON EL DESTINO



Usted habla con frecuencia de destino, ¿se refiere a una vocación, a estar predestinados o a qué? ¿Cuál es su opinión sobre el libre albedrío?
OPINIÓN
Entiendo por Destino aquellos hechos que suceden sin nuestra colaboración y sin preguntar si nos agradan o no, como: haber nacido de nuestros padres, en la fecha, lugar, ubicación socioeconómica y país donde nos tocó; con el sexo y grado de salud que la suerte nos dio; con las herencias físicas y socio-psicológicas de cualidades y defectos de nuestro carácter y de las personas allegadas; con las premisas culturales del lugar que nos gustan o que no; en una sociedad civilizada pero enferma e imperfecta, llena de injusticias y violencia, con sistemas políticos locales o globales que pueden imponernos leyes justas e injustas, incluso  guerras…
Al Destino sólo nos corresponde aceptarlo. El libre albedrío se relaciona con tomarlo “de buenas” o “de malas”; lo cual no cambia al Destino, sino a nosotros: hay diferencias enormes entre quienes lo toman como les llega y con él hacen lo mejor que pueden, y aquellos que se rebelan, se amargan o viven renegando porque sienten injusto adaptarse. Estos últimos suelen pensar que la vida les sale debiendo y su frustración les pasa factura a ellos mismos y a sus familiares y amigos.
Al destino hay que tomarlo sin enmiendas. Nada de "si al menos hubiera..." o "a condición de que se repare el daño". Muchas cosas no tienen reparación y sería tonto negarse a tomar lo bueno por tener en la mira lo malo. No tenemos culpa ni responsabilidad de lo bueno o malo que hicieron nuestros padres y abuelos o de lo que sucedió en su historia; sin embargo, nos afecta, forma parte de nuestro destino.
El libre albedrío nos permite elegir que si algo ya pasó sea pasado, o continúe vigente como si estuviera sucediendo ahora; si está presente, aprovecharlo y convertirlo en sabiduría y luego dejar que se vaya, o retenerlo y darse topes contra él; si no puede irse (como un mal congénito o hereditario), vivir con ello… como con un amante necesitado de cuidados especiales. Nadie pide un destino como este último, pero no hay manera de esquivarlo. Aunque se huyera de él, éste perseguiría al dueño hasta donde llegara, porque es suyo.
El libre albedrío es la posibilidad de encargarse de vivir bien, feliz y sintonizado con el amor. O lo contrario, según se elija. Las personas que enfrentan el reto enorme de tomar con amor su destino y vivirlo bien, no obstante las desventajas, más aún, transformando éstas en beneficio, quienes llevan a cabo esta obra, parecen de otro mundo: hacen tanto bien a la humanidad  que no puede medirse, un bien silencioso. Saltan ellas y las de su alrededor más allá de sus propios límites y adquieren una mentalidad que no les da la cultura y tampoco sus contemporáneos.
Estas ideas están tomadas de la filosofía de Constelaciones Familiares, una filosofía donde la frase “soy arquitecto de mi propio destino” resulta arrogante; está más cerca de la oración atribuida a san Francisco: “Señor, concédeme serenidad para aceptar las cosas que no puedo cambiar; valor, para cambiar las cosas que pueda modificar; y sabiduría, para conocer la diferencia”.
“Psicología” es una columna abierta. Puedes participar con ideas, temas, preguntas o sugerencias en psicologa.dolores@gmail.com , al teléfono 7 63 02 51 o en facebook.com/Pascua Constelaciones Familiares.


martes, 1 de abril de 2014

TERMINÉ MI NOVELA


Pues bien, después de más de cuatro años, terminé de escribir mi novela EL QUE SE FUE A LA VILLA. Estoy contenta. Es una historia de migración, pues todos los personajes emigran, ya sea de su tierra natal, clase social, antigua familia o pensamientos acostumbrados. Algunos buscan el cambio, otros lo detestan, pero éste igual se presenta aunque no lo llamen, obliga a cada uno a encontrarse consigo mismo y contemplar su ser. De buen o mal grado, todos son enfrentados a lo difícil, complejo y adverso que lo nuevo suele traer consigo, dentro de un escenario fronterizo que no es campo ni corazón de la ciudad, no pertenece a las clases bajas ni a las altas, no es de avanzada y tampoco de la retaguardia, sino una clase media que la alta considera baja y que en muchos aspectos vive mejor que los privilegiados por la fortuna. Todos los miembros de esta familia se ven comprometidos a tomar decisiones que les facilitarán instalarse en el nuevo territorio, o sentirse faltos de pertenencia. Además, el relato involucra a México y su historia como protagonista de la narración

Terminar un libro da mucha satisfacción, permite mirar atrás y ver cumplidas las diversas fases del proceso creativo: dejar que la imaginación vuele, mire la realidad desde muchos ángulos y engendre cosas nuevas; dar forma, ilación, estructura y verosimilitud a estas imágenes creadas; sacar de la mente y trasladar al papel los resultados de los procesos anteriores; y por último, tener el valor de mostrar a otros la propia visión. Ninguna es fácil, pero descubrirla ante los demás tiene un grado especial de dificultad; estoy segura de que en muchos armarios existen escondidas obras de arte que sus autores no se atrevieron a exhibir. ¡Huy! Uno está consciente de que no a todos les va a agradar en la misma medida; algunos quizá lo digan, otros lo piensan y no falta quien siente la necesidad de arremeter en contra de lo expresado; sin embargo, siempre será valioso para el propio desarrollo hacer acopio de fortaleza y mentalmente decir: “Esta es mi obra, así pude hacerla. Deseo que guste, pero si no, de todas maneras contiene lo mejor de mí y es mi logro”.

Terminar otra novela también me permite mirar más atrás aún, cuando publiqué mi primer libro: “Quién entiende a las mujeres”. Recuerdo la gentileza del Periódico a.m., que me hizo una entrevista. La reportera, muy joven, me preguntó: “¿Por qué comenzar a escribir a esta edad?”. Yo tenía unos cincuenta años. Inicialmente me sonrojé con su pregunta y tardé un poco en responder; indagaba en mi interior los motivos por los que no había comenzado antes y me disculpaba ante mí misma pensando que había tardado más de diez años en completar aquel mi primer libro, luego caí en la cuenta de que aun así no era una jovencita al comenzar y que nuestra cultura adora la juventud. Con la velocidad del pensamiento retrocedí hasta el año en que fue fundada la carrera de periodismo en la Universidad La Salle, UBAC en aquel tiempo, por los hermanos y el Ing. Enrique Palos. Fui de la primera generación. Muy buenas las clases, pero deserté porque sentí que no tenía nada que decir; me faltaba vivir y reflexionar. “Hasta ahora se me dio”, respondí. Tardé varios años más en asumir que las vocaciones pueden surgir en cualquier edad, y en la madurez son doblemente valiosas; ahora escribir da mucho sentido a mi vida, precisamente en una etapa que se caracteriza por la necesidad de insertarse activamente en ella, en lugar de esperar y “dignarnos” aceptarla, como cuando, por la juventud, es la vida quien nos empuja y envuelve en todos los aspectos.

“Psicología” es una columna abierta. Puedes participar con ideas, temas, preguntas o sugerencias en psicologa.dolores@gmail.com , o en facebook.com/Pascua Constelaciones Familiares.

 

 

 

martes, 30 de julio de 2013

ESTABILIDAD


Tenemos a mi nieto de 5 años porque su mamá es madre soltera, lo tuvo muy jovencita, de 17, ahora tiene 22 y trabaja, el papá desde un principio no quiso hacerse responsable. El niño primero estuvo en un kínder que lo tuvimos que sacar a causa de un viaje que después no se hizo; luego pasó al actual, está cursando segundo; para tercero debe volver a cambiar  porque no hay cupo en el que está. Mi pregunta es si le convendría más que lo metiéramos a terminar el kínder en una escuela grande, con primaria, para que ya no tenga más cambios, pero tiene la desventaja de ser grande y el niño no está acostumbrado a los grupos numerosos, o tal vez sea mejor regresarlo a donde hizo primero, que ya lo conoce, pero tendría que salir al terminar el año.

RESPUESTA

Describes cuánto desean el bien de tu nieto, los cambios de escuela que ha debido tener, que comprenden que el adaptarse a un nuevo grupo cada año puede afectar su proceso de socialización y estabilidad. Noto el amor y el cuidado que ponen en el niño.

Al decir “tenemos a mi nieto”, ¿a quiénes te refieres?, ¿a la mamá y a ti?, ¿a ti y tu esposo?, ¿a los tres?

Lo que da estabilidad a un ser humano es la familia, sobre todo la madre, luego sigue el padre, a continuación los abuelos, y por último, la escuela. Todos tienen algo que aportar y desempeñan papeles importantes en que un niño sepa que tiene su propio lugar, uno que nadie más puede ocupar y que en el futuro se llamará identidad, destino o vocación. La madre y el padre son los fundamentales, por eso me pregunto: ¿qué opina la mamá respecto al cambio de escuela?, ¿y el papá?

Sin profundizar en la situación de que el padre no está presente para ocupar su lugar, me referiré a los que sí están: tu hija, madre del niño, tú y tu esposo. Ustedes representan la estabilidad para tu nieto. Las situaciones de afuera cambian: un año tendrá una maestra y después otra, se hará de unos amigos, los dejará y adquirirá otros, terminado el kínder lo dejará para ir a primaria, luego a secundaria y en fin, que no existe la estabilidad total, pero sí la continuidad; es decir, la familia, a la que uno pertenece para siempre. Siempre. Siempre. Hasta en los apellidos del propio nombre está presente. Si nos faltara un apellido, nos fue negado, pero es nuestro. Lo que es, es y será aunque alguno de todos muera. Aunque se vaya a otro lado. Los padres son padres y los hijos son hijos. Eso es lo que uno es, un ente en constante modificación que no deja de ser uno mismo. Esto es lo estable.

Quizá estés pensando que no respondo a tu pregunta de si a tu nieto le conviene un kínder u otro. Esa decisión, buena o mala, debe tomarla tu hija, porque ella es la madre del niño. Tanto él como ustedes deben conformarse con lo que ella decida, incluso si no les gustara, porque de este modo estarán respetando su lugar de madre. Te repito que estos lugares no cambian, y si uno intentara forzarlos a cambiar, no lo lograría, pero introduciría una profunda inestabilidad emocional. Lo mismo si uno quisiera suplir a la madre y hacer por el hijo lo que ella debe hacer; eso atenta contra la estabilidad. Junto al respeto de los lugares en familia, lo del cambio de escuela pasa a ser poco importante; total, si una escuela no es buena para un alumno, se cambia de escuela, ¿pero de familia?, ¿puede uno cambiarse?, ¿y los lugares en la familia, pueden modificarse? Nunca; aunque uno se cambiara de nombre. Aunque renegara de los padres que lo trajeron a la vida. Aunque se fuera al otro confín de la tierra para huir de los conflictos con ellos, los llevará consigo a donde vaya. Eso no cambia, es lo estable.

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