miércoles, 23 de diciembre de 2015

NOCHE DE PAZ



“En Navidad, hasta los países que están en guerra hacen una tregua, porque es Noche de Paz”, nos contaban las madres del colegio cuando yo era niña. Sus historias describían el poder del Niño de Belén que movilizaba estrellas, ángeles, pastores, Reyes Magos e incluso a los corazones más empecinados, los cuales accedían a lograr la paz de la tierra aunque fuera sólo por una noche. Excelentes narradoras, enhebraban nuestra imaginación para bordar en ella un mundo maravilloso donde todos los niños amaban a sus padres y eran amados por ellos, éstos se querían entre sí, los hermanos a los hermanos, a los vecinos y a toda la humanidad formando, por momentos, una gran familia que se alegraba expresando unos a otros los mejores deseos, ¡un mundo de paz!
¡Oh, la paz! ¡Cuánto la deseamos! Pero es muy cara. También la guerra es cara, con costos distintos. Se dice que sólo el ser humano ha podido inventar la guerra (ejércitos disciplinados, con armas y entrenados para aniquilar a otros de su misma especie), y solamente el humano puede construir la paz. Porque la paz se construye, con mucho esfuerzo y dedicación. Hay quienes la confunden con la tranquilidad, pero no son lo mismo. ¿Dónde encontramos personas tranquilas? Posiblemente en la playa, leyendo un libro, mirando un atardecer, disfrutando el sentirse libres de las presiones del trabajo o de la casa; es decir, relajadas y temporalmente sin motivación para esforzarse en tarea alguna. Entonces, ¿los objetivos, ideales, obligaciones, empeños… son opuestos a la tranquilidad? Sí, para lograrlos es indispensable un cierto grado de estrés. ¿Son opuestos a la paz? No; ésta abarca y contiene en sí toda clase de fuerzas, impulsos, corrientes, sentimientos o como se llamen, incluso opuestos.
Hablemos de la paz, la paz verdadera, la que sólo puede darse después que los protagonistas de un conflicto, una pelea o una guerra, son capaces de contemplar los daños y la destrucción que mutuamente se han infligido, experimentar el dolor y la culpa propios y del adversario, y sin negar ni olvidarse de lo ocurrido, deciden comenzar de nuevo, dejar de hacerse daño, convivir y sanar.
¿Es fácil? ¡No! Cercano a lo imposible, por lo menos respecto a los grupos. Sin embargo, tratándose de parejas, ¡qué deseable sería que después de días, semanas o más tiempo de combate, heridas mutuas, traiciones, errores, equivocaciones… ambos pudieran tomar la decisión de volver a comenzar desde el presente, recuperarse, sanar y convivir! No se trataría de olvidar, negar, disimular ni justificar nada; tampoco se pretendería hacer justicia porque siempre cada uno siente que ha sido el más ofendido, el más dañado, y la justicia se volvería enemiga de la paz. El asunto sería tomar cada uno su parte de responsabilidad y decidir; esto es, elegir para el presente y el futuro, otra clase de patrones en su relación.
También la verdadera paz consigo mismo, la paz interior, es cara. Sólo después de contemplar los daños y la destrucción que nuestras partes en conflicto ocasionan mientras se hacen la  guerra unas a otras, de qué manera nos han saboteado y perjudicado, entonces experimentamos ya no la sed de justicia y de castigarnos por no haber logrado ajustarnos a un ideal, sino la culpa y el dolor profundos por habernos traicionado a nosotros mismos. Tomamos esa culpa y ese dolor más las partes en guerra como nuestros, los miramos con amor, les damos carta de ciudadanía y les pedimos que convivan y se pongan al servicio unos de los otros. En ese momento somos unidad: personas que dejan de estar en guerra consigo mismas y en lugar de eso se aman y aceptan tal cual son, con su historia, destino, errores, aciertos, defectos y virtudes, se abrazan y dicen: “Así fue y así soy. Está bien. Comencemos de nuevo con lo que hay”.
Deseo a todos mis lectores la paz verdadera.
“Psicología” es una columna abierta. Puedes participar con ideas, temas, preguntas o sugerencias en psicologa.dolores@gmail.com , al teléfono 7 63 02 51 o en facebook.com/Pascua Constelaciones Familiares.


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