Me gustaría saber su
opinión acerca de un rencor no-negociable, junto con orgullo y vanidad heridos.
Es sobre una chava que se para cerquita de mí ─¡lo más cerca!─ y me dice “No
vales”. Claro, no se acerca y hace eso, hablo metafóricamente. Y pues tengo esa
parte de mí: la rencorosa, el odio. Dice una frase que “después del amor, el
odio es lo más dulce que hay”. Y todo mundo dice
también (hasta los expertos), que el rencor nos trae cáncer. Yo no tengo
miedo de algo así. Yo creo que hay que saber tener rencor, también.
OPINIÓN
En artículos anteriores he
repetido que necesitamos amar nuestros sentimientos como son; sin embargo, no
es lo mismo amarlos que congelarlos; ellos, como las cosas vivas, tienen
movimiento y evolución, se nutren y reproducen y además, influyen en nuestra
vida haciéndonos felices o desdichados.
Tu “no negociable” me
suena a decir “¡congelado!” o “¡engarróteseme ahí!” que jugaban
los niños hace mucho tiempo, similar a la Criopreservación, mediante la cual,
personas mandan congelar el cuerpo de algún ser querido con la esperanza de que
la ciencia avance lo suficiente para revivirlo y curarlo.
Menos radical, también
puedo imaginar que tu “no negociable” significa: “Nadie quiera remover o
transformar este sentimiento, aun si me ocasionara cáncer”. En este caso
tienes razón, nadie podría hacerlo, sólo tú, porque es tuyo.
Después le cambias nombre,
de rencor pasa a odio; ¿negociable?, ¿son negociables el orgullo y la vanidad
heridos?, y continúas calificándolo de dulce: “el odio, después del amor, es lo
más dulce que hay”.
Primero: Debo concederte
el mérito de estar consciente de los sentimientos que describes: rencor, odio, orgullo
y vanidad heridos. Son varios. Como todo sentimiento es energía, debes
estar muy energizado. ¿Es así? Si no lo fuera ¿qué pasó con dicha energía?, ¿a
dónde se fue? No puede esfumarse, igual no desaparecen las aguas de un río o un
lago; si dejaran de estar visibles, se debería buscarlas hasta encontrarlas.
Supongamos que estás
pletórico de energía. Como eres su dueño y tienes conciencia de ella, puedes
modelarla como te guste. Si fuera lo opuesto, que la desconocieras, sería del
tipo que esclaviza y empuja a actuar inclusive de manera peligrosa. Nada
podrías hacer para liberarte de su dominio, salvo intentar traerla a la
conciencia.
Tú estás consciente de tus
sentimientos. Luego declaras: ¡no negociables! Como en tu mente eres todo
poderoso, el decreto resulta inapelable. Entonces, ¿qué sucede?
Damos lo que tenemos. Si
una jarra contiene leche, sirve leche; si agua, agua; si veneno, veneno.
Seguramente darías tu contenido de rencor, odio, orgullo y vanidad heridos a
las personas que se te acercaran.
Toda descarga o actuación
de un sentimiento es placentera, sea éste cual fuere; igual se experimenta
alivio al decir “te amo” como “te odio”, de ahí que tengo que volver a darte la
razón cuando dices que “después del amor, el odio es lo más dulce que hay”. Las
descargas siempre son dulces, también si dejan sabor amargo.
Hablas sobre una chava que
se para cerquita de ti y te dice “no vales”. Aclaras que es una metáfora. Yo te
invito a cuestionar si los sentimientos de rencor, odio, orgullo y vanidad
heridos no estarán poniéndote unas gafas como espejos en los cuales reflejarse,
¿o sospechas que tú le diste primero a ella tu rencor, odio, orgullo y vanidad
heridos, y está vengándose?
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