Más de un año en psicoterapia y me está pasando algo
chistoso, a veces siento como atracción de novios por mi terapeuta. Yo tengo 27
y él es un hombre medianamente joven, muy preparado y consciente. Primero pensé
en no acudir más, pero después me propuse enfrentar y entender lo que me
pasaba. He estado a punto de confesarle mis sentimientos y no lo he hecho
porque no quiero hacer el ridículo. ¿Qué sería lo correcto? Abandonar la
terapia así nada más sería para mí como quedarme sin esa ilusión.
OPINIÓN
Dices que la psicoterapia se te ha convertido en una
ilusión. La ilusiones son bonitas, ¿verdad? Hacen que nos sintamos contentos y
con alegría, inclusive cuando nos apartan de algún objetivo previo. Con las
ilusiones nos sucede como cuando encendemos la computadora para trabajar y nos
sale en Facebook una novedad o una foto interesante: olvidamos el trabajo y nos
divertimos. ¿Cuál era tu objetivo al acudir a psicoterapia, sentir bonito o
lograr una transformación en ti? ¿Quieres seguir profundizando, o prefieres
divertirte? Supondré que respondiste que profundizar y transformarte.
Bien. Es indudable que tienes sentimientos y que éstos nunca
pueden ser calificados de buenos ni de malos. Estás consciente de que existen. Los
interpretas como “atracción de novios” y te preguntas si lo correcto es hablar
de ellos. Pues sí, lo es. Necesitarás mantener tus ojos muy abiertos a la
reacción de tu terapeuta y a la tuya; lo más probable es que juntos estudien
dichos sentimientos para comprender algo de suma importancia para ti y, cuando
lo logres, vuelvas a la serenidad. En caso contrario, si él te correspondiera,
automáticamente se pondría fin al tratamiento: la psicoterapia es incompatible
con intereses de otro tipo.
Tal vez ya has escuchado hablar sobre lo que los
terapeutas llamamos “transferencia”; es decir, reactivar un programa que se
vivió antes con una persona y revivirlo con otra. Podría ser tanto de amor como
de odio y cualquier otro sentimiento. Sólo es revivir. No es nuevo, sino
repetición. Cumple determinadas “funciones” como brindar otra oportunidad de
solucionar lo que quedó pendiente, aclarar una confusión de sentimientos o… impedir
que un sentimiento llegue a ser viable.
Confusión de sentimientos es cuando a toda una gama de
ellos les aplicamos un solo nombre o interpretación. Por ejemplo: tenemos
envidia, frustración, desencanto, añoranza o algún otro desagradable y pensamos:
estoy enojado. Experimentamos simpatía, afecto, orgullo por un logro,
afirmación del propio ser, afinidad, colaboración en una tarea, o algún otro
que produzca una sensación agradable, y pensamos: me estoy enamorando. “Enojo”
y “enamoramiento” serían generalizaciones que impedirían saber cuál es el sentimiento
real. Basta con detenerse hasta encontrarle el nombre adecuado y el problema se
ve con nueva luz.
Mucho más complejo que lo anterior es manejar los
sentimientos de tal forma que nunca puedan ser viables. Usual en la
adolescencia, sucede en cualquier edad; se enamoran de personas inalcanzables
porque están casadas, presas, incapacitadas, viven en otra ciudad, pertenecen a
un estrato social muy distinto, etc., etc., como la bella salmantina de “El
seminarista de los ojos negros”, que amó a un muerto hasta su propia muerte y
no tuvo necesidad de vérselas con un amado de carne y hueso, que le plantearía
más retos que alguien que nunca está y no puede dar ni pedir nada. Lo mismo en
sentido opuesto, odiar pero arreglárselas para no llegar al crimen ni a la
venganza abiertos que tendrían graves consecuencias, externas e internas.
Te deseo éxito en tu investigación.
“Psicología” es una columna abierta. Puedes participar
con ideas, temas, preguntas o sugerencias en psicologa.dolores@gmail.com , o en facebook.com/Pascua Constelaciones Familiares.
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