lunes, 12 de junio de 2017

UN MEXICANO EN JAPÓN



Salir de lo conocido e ir a un sitio nuevo da oportunidad tanto de conocer grupos y costumbres distintos, como de volverse uno consciente de usos y rutinas propios que, por conocidos, suelen permanecer inconscientes.
UN MEXICANO EN JAPÓN es un relato fotográfico que realizó Eduardo Castillo, con su ojo de artista, de su estancia en aquel país. Sus imágenes exhiben detalles que, para ojos no entrenados, pasarían inadvertidos; transportan a quienes nunca hemos estado allá al corazón mismo de la vida cotidiana del pueblo japonés. Parecen hablar. Ocasionan un diálogo sin palabras entre el espectador y personas anónimas que viven tal como acostumbran, con el orden y la amabilidad que caracterizan su cultura.
Me encantó ir y contemplarlas. Llaman la atención. Estarán expuestas en Casa Cuatro de Guanajuato hasta el 23 de julio.
Mentalmente comparé nuestro desparpajo y familiaridad en el trato, con la formalidad que se aprecia en la foto donde dos mujeres de negocios se hacen entrega de algo con ambas manos y una leve reverencia.
Experimenté la unión de lo antiguo y lo nuevo más el humor que caracteriza a Eduardo, en la foto del monje de cabeza rasurada y ropa tal vez ceremonial que contempla una pagoda, frente a la cual camina gente contemporánea que por su atuendo podría transitar nuestras calles sin llamar la atención. Como detalle adicional, en la calva del monje se forma una cara con ojos, nariz y sonrisa.
Podría seguir describiéndolas todas, pero creo que es mejor que quienes asistan a la exposición se presenten sin ideas preconcebidas y permitan que las fotos les platiquen en su corazón un diálogo que sea muy personal.
“La fotografía urbana requiere mucha paciencia para esperar el encuadre perfecto y… volverte invisible”, son palabras de Eduardo.
Él mismo nos contó que entre los japoneses le pareció relativamente fácil lograr dicha invisibilidad y permitir que fueran las personas fotografiadas quienes se expresaran en la imagen, debido a que la gente es muy amigable y no se asusta si “le apuntan” con una cámara. Y yo pensé que…
Además de las características de los japoneses mencionadas por Eduardo, en las fotos se nota que no hay intromisión del fotógrafo en el comportamiento de los personajes fotografiados: ellos hacen lo que están haciendo sin poner atención a la cámara. Se expresan a sí mismos como seguramente lo hacen cada día común y corriente. Nosotros, mirando las imágenes, nos convertimos en testigos también invisibles de cómo viven sus vidas.
El conjunto de las fotografías expuestas también me hizo reflexionar acerca de la globalización que parece avanzar sin reversa. En este caso, por la ropa. Hace décadas habría sido difícil imaginar a hombres y mujeres japoneses vistiendo a la manera occidental. ¿Será posible que algún día la humanidad se asemeje entre sí no sólo en su indumentaria, sino en su filosofía, en sus valores y en pensamientos más particulares?
“Psicología” es una columna abierta. Puedes participar con ideas, temas, preguntas o sugerencias en psicologa.dolores@gmail.com , al teléfono 7 63 02 51 o en facebook.com/Psic-Ma-Dolores-Hernandez-Gonzalez




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