Mostrando entradas con la etiqueta vida cotidiana. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta vida cotidiana. Mostrar todas las entradas

lunes, 9 de julio de 2018

EYACULACIÓN PRECOZ


Si a 8 años de casados la mujer le dice al hombre que eyacula demasiado pronto, ¿es problema de él, o de ella?

OPINIÓN

El problema es para los dos. Con frecuencia, se refiere a hábitos y expectativas; ambos esperan del otro: Hazme feliz. Ella espera más y le reclama a él por haberse quedado incompleta, insatisfecha. Él espera más de ella y siente injusto el reclamo. Hasta aquí, no se atisba una solución en el horizonte; estamos en el terreno de las acusaciones mutuas: Tú tienes la culpa. No, la culpa es tuya.

Podemos estar de acuerdo en que una relación sexual ocurre entre dos y es resultado de lo que hacen los dos. Todo el día y todos los días, no nada más en los momentos de intimidad. Hay quién dice que en toda relación la responsabilidad es de 50% y 50%, pero tal vez sea más exacto afirmar que es 100% y 100%: cada uno interesándose y colaborando con su cien por ciento, su capacidad total. Pero...

Como dije arriba, puede ser cuestión de hábitos y expectativas. Un hábito es una costumbre. Por ejemplo, quizá en la juventud se recurría con frecuencia al rapidín, obligados por la clandestinidad, y el cuerpo se acostumbró a las prisas.

Una expectativa es un pensamiento de anticipación que va a compararse con la realidad: esperar un traje rojo y que me regalen uno azul; esperar una niña y que nazca un niño; esperar un diez de calificación y sacarme nueve... Un regalo, un nacimiento y una buena nota son situaciones buenas y adecuadas para sentir felicidad; sin embargo, esperar algo distinto ocasiona insatisfacción, desencanto, que lo que se tiene no se aprecie o se disfrute menos. También puede suceder en el tema que nos ocupa.

En la actualidad, el cine, la TV, la pornografía y otros medios de comunicación han elevado las expectativas sobre la relación sexual y alentado el hazme feliz hasta puntos inalcanzables. Hacen creer que el sexo debe ser indefectiblemente un éxtasis en el que no interfiere nada, ni el estado de ánimo, ni el cansancio, ni las preocupaciones, ni las diferencias culturales, ni lo que pasó a la hora de la comida, ni las dificultades económicas, ni tantas cosas que sí tienen influencia. Con tales expectativas, ni él ni ella están preparados para disfrutarlo como podrían.

Una preparación remota para un buen sexo sería no dejar asuntos cotidianos pendientes, dándoles solución inmediata, definitiva y satisfactoria. Si uno llegó tardísimo, se le olvidó un compromiso, no cumplió una promesa, etc. Hablarlo enseguida y llegar a un acuerdo que no sea fingido. ¿No es posible? Entonces, al menos, que el acuerdo sea una tregua (posponer, no abandonar el asunto), para dejarlo fuera de la cama, porque interfiere.

Un tratamiento recomendado consiste en que ambos lleguen al acuerdo de no tener relaciones sexuales completas durante, digamos, un mes. En este lapso, ambos se van a la cama a sentir la mutua cercanía, se tocan, se besan, se dirigen uno al otro hacia el tipo de caricias que prefieren y les gustan. Si la erección está a punto, se detienen hasta que se calma, luego vuelven a comenzar. Es importantísimo que no haya penetración aunque sientan deseos, puesto que se trata de romper con los hábitos y expectativas previos y establecer otros nuevos, que incluyen tanto dominar las reacciones de los cuerpos como la capacidad para observar lo que ocurre y hablar de ello sin apasionamientos. Cuando vence el plazo, pueden o no tener relaciones completas y, en caso de que se considere necesario, repetir el tratamiento.

“Psicología” es una columna abierta. Puedes participar con ideas, temas, preguntas o sugerencias en psicologa.dolores@gmail.com 







lunes, 12 de junio de 2017

UN MEXICANO EN JAPÓN



Salir de lo conocido e ir a un sitio nuevo da oportunidad tanto de conocer grupos y costumbres distintos, como de volverse uno consciente de usos y rutinas propios que, por conocidos, suelen permanecer inconscientes.
UN MEXICANO EN JAPÓN es un relato fotográfico que realizó Eduardo Castillo, con su ojo de artista, de su estancia en aquel país. Sus imágenes exhiben detalles que, para ojos no entrenados, pasarían inadvertidos; transportan a quienes nunca hemos estado allá al corazón mismo de la vida cotidiana del pueblo japonés. Parecen hablar. Ocasionan un diálogo sin palabras entre el espectador y personas anónimas que viven tal como acostumbran, con el orden y la amabilidad que caracterizan su cultura.
Me encantó ir y contemplarlas. Llaman la atención. Estarán expuestas en Casa Cuatro de Guanajuato hasta el 23 de julio.
Mentalmente comparé nuestro desparpajo y familiaridad en el trato, con la formalidad que se aprecia en la foto donde dos mujeres de negocios se hacen entrega de algo con ambas manos y una leve reverencia.
Experimenté la unión de lo antiguo y lo nuevo más el humor que caracteriza a Eduardo, en la foto del monje de cabeza rasurada y ropa tal vez ceremonial que contempla una pagoda, frente a la cual camina gente contemporánea que por su atuendo podría transitar nuestras calles sin llamar la atención. Como detalle adicional, en la calva del monje se forma una cara con ojos, nariz y sonrisa.
Podría seguir describiéndolas todas, pero creo que es mejor que quienes asistan a la exposición se presenten sin ideas preconcebidas y permitan que las fotos les platiquen en su corazón un diálogo que sea muy personal.
“La fotografía urbana requiere mucha paciencia para esperar el encuadre perfecto y… volverte invisible”, son palabras de Eduardo.
Él mismo nos contó que entre los japoneses le pareció relativamente fácil lograr dicha invisibilidad y permitir que fueran las personas fotografiadas quienes se expresaran en la imagen, debido a que la gente es muy amigable y no se asusta si “le apuntan” con una cámara. Y yo pensé que…
Además de las características de los japoneses mencionadas por Eduardo, en las fotos se nota que no hay intromisión del fotógrafo en el comportamiento de los personajes fotografiados: ellos hacen lo que están haciendo sin poner atención a la cámara. Se expresan a sí mismos como seguramente lo hacen cada día común y corriente. Nosotros, mirando las imágenes, nos convertimos en testigos también invisibles de cómo viven sus vidas.
El conjunto de las fotografías expuestas también me hizo reflexionar acerca de la globalización que parece avanzar sin reversa. En este caso, por la ropa. Hace décadas habría sido difícil imaginar a hombres y mujeres japoneses vistiendo a la manera occidental. ¿Será posible que algún día la humanidad se asemeje entre sí no sólo en su indumentaria, sino en su filosofía, en sus valores y en pensamientos más particulares?
“Psicología” es una columna abierta. Puedes participar con ideas, temas, preguntas o sugerencias en psicologa.dolores@gmail.com , al teléfono 7 63 02 51 o en facebook.com/Psic-Ma-Dolores-Hernandez-Gonzalez