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martes, 1 de agosto de 2017

CUANDO ASUSTA LA PROPIA GRANDEZA



Según Nelson Mandela, nos asusta mucho más nuestra luz que nuestra oscuridad, y si dejamos  que nuestra luz brille, inconscientemente damos permiso a otras personas para que brillen igual que nosotros.
¿Será verdad que a veces preferimos permanecer oscuros (tristes, sufriendo, enojados, bloqueados) por miedo a ser todo lo luminosos que podríamos? ¿Qué nos atemoriza a la hora de brillar?
Muchas cosas, y podrían resumirse en una sola: el miedo a perder el amor y la aceptación.
Algunos temen brillar, destacar y tener éxito porque piensan que su brillo generaría envidias. Repliegan sus alas u ocultan su bienestar con la vana esperanza de alcanzar la utopía de “ser monedita de oro” y que incluso las personas envidiosas les dispensen su amor y aceptación.
Hay quienes temen brillar por falsa humildad; creen que brillar es malo, un acto de soberbia o pedantería que podría ofender y alejar a los demás. Imaginan que brillo y soledad vienen juntos.
Muchos prefieren ser pobres antes que sobresalir en riquezas porque piensan que ser rico pervierte y endurece el corazón al grado que la persona se olvida de los otros y solamente el dinero le interesa. No creen ser capaces de tener bienes y seguir siendo bondadosos.
Otros temen brillar y ser felices porque imaginan que lo bueno no puede durar mucho. Creen que la felicidad es la excepción y no la regla. Están tan habituados a la oscuridad y al sufrimiento que ahí se sienten “en casa”. Quizá de niños fueron obligados a experimentar demasiado dolor y luego tal situación les pareció “lo normal”. La dicha contradice sus expectativas y han dejado de aspirar a ella.
Otros prefieren enfermar antes que brillar. Enfermando reciben mimos, cercanía y cuidados especiales; en cambio, si se aliviaran tendrían que cuidar de sí mismos y tal vez de otros, lo cual es mucha responsabilidad.
Nuestra cultura tiende a valorar la abnegación a favor de los demás y el sufrimiento; en cambio, habla con desdén de las personas que no sufren, de las que se niegan a inmolarse a sí mismas y de quienes eligen “a su conveniencia”. Con tales postulados como base, no es raro que muchas personas prefieran oscurecerse, desaparecer y adoptar el rol de víctimas, en un extraviado método para lograr el amor y la aceptación de sus semejantes. Lo llamo extraviado porque suele obtenerse no el amor y la aceptación buscados, sino lástima y conmiseración.
Si lo anterior es acertado, también lo dicho por Mandela es verdad, que con frecuencia nuestra luz nos asusta mucho más que nuestra oscuridad. Y que si obligamos a nuestra luz a permanecer amortiguada, inconscientemente esperamos que los demás hagan otro tanto y amortigüen sus propias luces. Y si alguien no lo hiciera, nos sentiríamos profundamente traicionados y ¡sufriríamos por ver resplandecer su brillo!
“Psicología” es una columna abierta. Puedes participar con ideas, temas, preguntas o sugerencias en psicologa.dolores@gmail.com ,o en facebook.com/Psic-Ma-Dolores-Hernandez-Gonzalez





lunes, 28 de febrero de 2011

PAZ EN LA ADVERSIDAD

Mi matrimonio se fue a pique, firmamos el divorcio porque ella lo quiso, yo no, me siento en una pesadilla y que voy a despertar. No es que todavía la quiera, con tantas cosas cómo. Nos faltan dos firmas, quisiera que la madre de mis hijos reflexionara y se arrepintiera, para salvar a los niños de toda esta inestabilidad. Las leyes favorecen a la mujer, ella tendrá la custodia y se quedará con la casa que construimos con tanto sacrificio, yo iré con los gastos. Otra vez, a comenzar de cero. Lo que más me pesa es esta sensación de fracaso e injusticia, sentirme solo y pobre, en comparación con mis hermanos, todos económicamente bien y con pareja. Pido un consejo que pueda practicar y que me ayude en estas circunstancias, de tratamiento ni hablar, no tengo recursos.
RESPUESTA
¡Tanto que decir en este corto espacio! Lo difícil del momento que estás viviendo te hace percibir el futuro negro. Las cosas no están saliendo como hubieras querido. Sufres por tus hijos y por ti. Te comparas. Desearías que fuera posible poner reversa al tiempo y a los hechos. El dolor te embarga. A veces nos sentimos sacudidos hasta el límite de nuestra existencia, que la vida nos exige más de lo que podemos dar y soportar; no obstante, algo en nuestro interior quiere sobrevivir. Los humanos seguimos buscando siempre la felicidad.
En este lapso es imposible que seas feliz, tus pérdidas son reales y deben ser lloradas. A lo que sí puedes aspirar es a la paz del alma, que es distinta de la tranquilidad y de la felicidad, y opuesta a la guerra y la resistencia. Es rendirse, asimilar y dedicarse a vivir.
Guerra es que las personas sigamos peleando porque creemos que todavía podemos ganar, o que no es justo quedarnos con el último golpe. Entonces, toda nuestra energía se concentra en encontrar una manera de lastimar al adversario, dejando sin “combustible” cualquier otra actividad. ¿El resultado? Quizás se logre un buen round, un latigazo que deje al otro sin sentido e incapacitado para revirar, ¿y luego? Con frecuencia, los ex enamorados se convierten en “peores enemigos”, enfrascados en destruirse mutuamente, y los hijos, que son mitad un progenitor y mitad el otro, interiorizan la guerra como parte de su identidad. Sin querer, adoptan el conflicto como método para sus relaciones.
La resistencia consiste en negar los hechos, decir que no han ocurrido o que no debieron ocurrir -a pesar de que son hechos-, aferrándose a los ideales y pretendiendo que éstos se hagan realidades. En un divorcio, el último ideal que se suelta es el de “lo que pudo haber sido y no fue”, que en general se piensa así: 1) envejecer juntos, 2) dentro de una familia sólida y armoniosa, y 3) en el mismo domicilio. Los ex enamorados se culpan mutuamente de no haber podido lograr todo lo anterior, sufren y hacen sufrir. Les resulta imposible observar que los incisos 1) y 2) son indestructibles: ellos envejecerán juntos y unidos dentro de cada hijo en el que se consolidó el amor de los dos, y siempre serán familia, los padres continuarán siendo padres y los hijos serán hijos; sólo la pareja estará en distinto domicilio y dejará de mostrarse el amor físicamente.
Tener paz no significa que la persona ignore que hubo guerra, ni que permanezca inmutable ante la pérdida de los ideales; se refiere a rendirse ante la evidencia y asimilar que la vida tiene sus propios vericuetos. Es reconciliarse con el destino, hacer inventario de lo que todavía sirve y con ello forjar un futuro vivible. La paz trae consigo la capacidad de seguir amando y trabajando por un mundo bueno, donde los humanos podamos decirnos unos a otros que apreciamos la mutua presencia y compañía, y enseñar a tus hijos a tenerlo. Te deseo paz.