Impartiendo un taller de prosperidad, apliqué un
ejercicio para estudiar la propia actitud frente al dinero. Consistía en que
cada participante arriesgara una pequeña cantidad del suyo y, según el turno, pidiera
a sus compañeros le regalaran o regalarles el importe que libremente decidieran.
Al terminar el ejercicio, cada uno contó lo que tenía para saber si al final
ganó o perdió. Los resultados fueron que mientras algunos habían aumentado su
“patrimonio”, otros terminaron con las manos casi vacías. Una participante en
particular, se quedó sin un centavo.
-No tienes prosperidad –le dije-, por el momento eres
indigente.
-No es así –respondió-. Yo le doy todo al Universo y Él
me surte.
Aunque estuve de acuerdo con tal actitud de fe y entrega,
también pensé que la enorme mayoría de nosotros no estamos sintonizados a una
altura tan grande, y nos ubicamos en el proceso de dar y recibir entre humanos.
Después conversamos acerca de las experiencias de cada uno y dónde se había sentido más cómodo,
dando o recibiendo, y por qué es imposible sólo dar o sólo recibir. El que sólo
da, pronto se agota; y el que sólo recibe, termina abusando de los demás.
También pudimos contemplar que, en los intercambios de
todo tipo, subyacen dos paradigmas inconscientes: 1) El llamado de suma cero (+1-1=0), en el que se piensa
que donde uno gana, otro pierde; y 2) El de suma
más dos o de ganar ganar (+1+1=+2),
en éste se supone que ambos ganarán en el intercambio. Dichos paradigmas, suma cero y suma más dos, tienen implicaciones en la propia actitud y en la
sociedad. Veámoslas con detenimiento.
En el suma cero,
la persona cree que los recursos son limitados y en sus pensamientos no entra la
creación de otros nuevos. Es como repartir rebanadas de un pastel ya cocinado: si
es entre pocos, las rebanadas son más grandes, pero si se comparte con nuevos
comensales, los primeros ven reducidas sus porciones; por lo tanto, sería mejor
repartir la riqueza entre unos pocos y excluir a los demás. En este mismo
paradigma, dicha riqueza es vista como exclusión y estafa de los menos
favorecidos; si alguien está rico, es porque ha despojado a sus semejantes. Si
el vecino compró coche nuevo, de alguna manera me ha hecho daño; es injusto que
él esté bien y yo siga igual, yo tendría derecho a una partecita de lo que él
disfruta. Este paradigma subyace en las concepciones políticas donde se
necesita un repartidor justo que nos dé a
todos por igual.
En el paradigma suma
más dos subyace la creencia de
que la riqueza se crea constantemente y se distribuye mediante los intercambios;
es decir, si yo quiero un intercambio, debo aportar algo en pago y también
ganar, y lo mismo el otro. Ambos ganamos aunque uno gane más, y me quedo
contento. Si me parece que voy a perder, no realizo la transacción. Si compro
pan o un pastel, doy al panadero una cantidad como pago de su trabajo y el de
los que participaron, y yo recibo un alimento que necesito y del que no tengo
que sembrar el trigo, cosecharlo y cocinarlo. En este paradigma no existe el ¿me regalas?, ni la palabra gratis; siempre hay un pago y una
ganancia. El filántropo que da, recibe a cambio un aplauso y un aumento de su
ego, puesto que cada quién sabe qué cosas quiere intercambiar para obtener
cuáles otras. En el plano político, no habría regalos ni subsidios ni apoyos
distintos al de brindar una oportunidad para trabajar y producir, que luego
debe pagarse. La justicia se entendería como nadie vive de gorra ni a expensas del trabajo de otro, salvo los
niños cuyos padres trabajan para darles de comer.
En el ejercicio en cuestión se aplicaba el paradigma de suma cero, porque los recursos
circulantes se limitaban a lo que cada participante aportó y el capital variaba
pidiendo o regalando; el resultado era que unos se enriquecían a costa de los
otros. Para que hubiera sido suma más dos
tendrían que haberse incluido el trabajo y la creatividad.
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