Somos la historia que nos contamos. Todo lo que vivimos ayer
o hace varios años es sólo un recuerdo. Si una maestra nos humillaba, si un
amigo nos traicionó, si un amor muy preciado se marchó, ya nada de eso existe,
es un pasado que está presente nada más en la memoria. Con recuerdos hilvanamos
una historia, un relato, lo convertimos en identidad, en opinión sobre nosotros
mismos, y concluimos: “Soy digno de admiración” o “soy una persona horrible”.
Solemos ser jueces severos con nosotros mismos. También podemos
ser amigos comprensivos y atentos al cuidado del propio bienestar, que tomamos
con amor las experiencias vividas -de toda clase- y las convertimos en fuentes
de crecimiento y satisfacción.
Los hechos no pueden ser cambiados, sucedieron tal como
sucedieron. Lo que podemos modificar es la manera de contemplarlos. En nuestro
poder está interpretar acontecimientos y
consecuencias de manera favorable o desfavorable, según hacia dónde dirigimos
la mirada. No es lo mismo pensar “en la escuela fui humillado como patito feo”,
que “sobreviví a experiencias difíciles y soy fuerte”.
Solemos intentar excluir un episodio que consideramos
horrible o vergonzoso y pretender olvidarlo como si nunca hubiera sucedido. Quitarlo
dejaría un hueco, un vacío en la trama, puesto que sucedió y forma parte de
nuestra historia. Esos eventos, inútilmente desechados porque no se van, si
acaso se olvidan, constituyen traumas, callos, tumores, verrugas, cuerpos
extraños que duelen y no pertenecen porque no les permitimos pertenecer. Son
incomprensiones de nuestra parte; podríamos pensar distinto y obtener alguna
utilidad de ellos.
Todo está en la mente. Allí viven los recuerdos y los
“ideales” de cómo deberían ser las cosas; son pensamientos. También, un público
imaginario que nos chifla o aplaude por la manera que representamos el papel
que nos tocó; la fantasía del “qué dirán”. Continuamente comparamos nuestros
recuerdos con esos ideales y nos solidarizamos con ese público inventado, para
alabarnos o despreciarnos. Sin embargo,
nada impide que seamos cada uno nuestro propio público y decidamos mirar qué
hay de rescatable en lo que hemos vivido.
Tomemos un ejemplo de la vida sexual, fuente de numerosos
y graves conflictos. Digamos que el ideal de equis persona prescribía que su
primer contacto sexual debería suceder pasados los veinte años de edad y
después de una serie de ceremonias que lo legitimaran, pero no fue así. Esta
persona está condenada a dos cosas: 1) sufrir vergüenza con el recuerdo de cómo
ocurrió, y 2) cada vez que éste venga a su memoria, su público imaginario la
condenará.
Podría ser distinto… si la persona decidiera regresar con
la mente a dicho acontecimiento, mirarlo tal como fue, asumirlo como parte de
su historia y optar por honrarlo y amarlo por el simple hecho de que es suyo y
le pertenece. “Te miro con amor porque quiero mirar con amor todo lo que es mío”.
Los hechos no cambian, lo que puede cambiar es la manera
de mirarlos. Cuando digo “mirar con amor” no me refiero a un sentimiento ni a
que se sienta ternura por algo que antes se detestaba. No. Me refiero a un acto
de voluntad en el que decido que voy a mirar con buenos ojos mi historia tal
como fue, renunciando a odiar una parte de mí y renunciando a castigarme por
algo que ya sólo existe en mi recuerdo. En cambio, en mi hoy que sí existe, lo
vivo de la mejor manera que puedo, también con amor, porque es mío.
“Psicología” es una columna abierta. Puedes participar
con ideas, temas, preguntas o sugerencias en psicologa.dolores@gmail.com , o en facebook.com/Psic-Ma-Dolores-Hernandez-Gonzalez
No hay comentarios:
Publicar un comentario