lunes, 7 de mayo de 2018

LA HISTORIA QUE NOS CONTAMOS


Somos la historia que nos contamos. Todo lo que vivimos ayer o hace varios años es sólo un recuerdo. Si una maestra nos humillaba, si un amigo nos traicionó, si un amor muy preciado se marchó, ya nada de eso existe, es un pasado que está presente nada más en la memoria. Con recuerdos hilvanamos una historia, un relato, lo convertimos en identidad, en opinión sobre nosotros mismos, y concluimos: “Soy digno de admiración” o “soy una persona horrible”.

Solemos ser jueces severos con nosotros mismos. También podemos ser amigos comprensivos y atentos al cuidado del propio bienestar, que tomamos con amor las experiencias vividas -de toda clase- y las convertimos en fuentes de crecimiento y satisfacción. 

Los hechos no pueden ser cambiados, sucedieron tal como sucedieron. Lo que podemos modificar es la manera de contemplarlos. En nuestro poder está interpretar  acontecimientos y consecuencias de manera favorable o desfavorable, según hacia dónde dirigimos la mirada. No es lo mismo pensar “en la escuela fui humillado como patito feo”, que “sobreviví a experiencias difíciles y soy fuerte”.

Solemos intentar excluir un episodio que consideramos horrible o vergonzoso y pretender olvidarlo como si nunca hubiera sucedido. Quitarlo dejaría un hueco, un vacío en la trama, puesto que sucedió y forma parte de nuestra historia. Esos eventos, inútilmente desechados porque no se van, si acaso se olvidan, constituyen traumas, callos, tumores, verrugas, cuerpos extraños que duelen y no pertenecen porque no les permitimos pertenecer. Son incomprensiones de nuestra parte; podríamos pensar distinto y obtener alguna utilidad de ellos.

Todo está en la mente. Allí viven los recuerdos y los “ideales” de cómo deberían ser las cosas; son pensamientos. También, un público imaginario que nos chifla o aplaude por la manera que representamos el papel que nos tocó; la fantasía del “qué dirán”. Continuamente comparamos nuestros recuerdos con esos ideales y nos solidarizamos con ese público inventado, para alabarnos o despreciarnos.  Sin embargo, nada impide que seamos cada uno nuestro propio público y decidamos mirar qué hay de rescatable en lo que hemos vivido.

Tomemos un ejemplo de la vida sexual, fuente de numerosos y graves conflictos. Digamos que el ideal de equis persona prescribía que su primer contacto sexual debería suceder pasados los veinte años de edad y después de una serie de ceremonias que lo legitimaran, pero no fue así. Esta persona está condenada a dos cosas: 1) sufrir vergüenza con el recuerdo de cómo ocurrió, y 2) cada vez que éste venga a su memoria, su público imaginario la condenará. 

Podría ser distinto… si la persona decidiera regresar con la mente a dicho acontecimiento, mirarlo tal como fue, asumirlo como parte de su historia y optar por honrarlo y amarlo por el simple hecho de que es suyo y le pertenece. “Te miro con amor porque quiero mirar con amor  todo lo que es mío”. 

Los hechos no cambian, lo que puede cambiar es la manera de mirarlos. Cuando digo “mirar con amor” no me refiero a un sentimiento ni a que se sienta ternura por algo que antes se detestaba. No. Me refiero a un acto de voluntad en el que decido que voy a mirar con buenos ojos mi historia tal como fue, renunciando a odiar una parte de mí y renunciando a castigarme por algo que ya sólo existe en mi recuerdo. En cambio, en mi hoy que sí existe, lo vivo de la mejor manera que puedo, también con amor, porque es mío.

“Psicología” es una columna abierta. Puedes participar con ideas, temas, preguntas o sugerencias en psicologa.dolores@gmail.com ,  o en facebook.com/Psic-Ma-Dolores-Hernandez-Gonzalez



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