No es lo mismo ser culpable que ser responsable. Estas
dos son visiones distintas sobre un hecho y dan resultados opuestos. El culpable
se repliega buscando el secreto y el castigo; el responsable crece y madura
cada vez que se hace dueño de sus actos.
Todos alguna vez hemos experimentado la culpa. Ésta es
como una deuda, un desequilibrio, y nos apremia a volver al supuesto equilibrio
que teníamos antes de un hecho que cometimos y nos desagrada, por las razones
que fueren.
La culpa duele y avergüenza. Por tratar de evitarla,
negamos que existe: “No es mi culpa”, “yo no tuve la culpa”, “la culpa es de
los que me aconsejaron”, “fue un accidente, yo no quería”, “me vi forzado”, “la
vida tuvo la culpa”. Pero por más que la neguemos, la culpa sigue viva,
actuando y empujándonos a buscar el equilibrio, a veces a través del castigo.
Las pérdidas más dolorosas son aquellas en las que nos
queda culpa. Alguien querido muere y, mal que bien, uno puede sobrevivir, salvo
si la culpa lo impide. Entonces la persona busca un castigo en el sufrimiento,
la tristeza, la depresión y hasta la falta de sentido de la vida. Pero ninguna
expiación tiene la virtud de devolvernos la paz.
La única manera de vencer a la culpa es hacerse uno
responsable. “Sí, yo lo hice, así lo decidí porque en aquel momento me pareció
buena idea. Respondo por las consecuencias”.
Responsable es el que responde. ¿A qué? A las
circunstancias y exigencias de la vida y a las consecuencias de las propias
elecciones.
Elegir no siempre es fácil. Todos nos hemos visto alguna
vez en la necesidad de tomar decisiones que nos desagradan, debido a que un
conflicto de intereses ocasiona que si elegimos “x” perdemos “y” o viceversa.
Como cuando un amigo muy querido se enamora de la propia novia, un empleado
eficiente y al que le hemos tomado afecto nos roba, alguien que apreciamos nos
exige complicidad en un acto peligroso y no queremos exponernos, la empresa en
la que trabajamos nos exige despedir a determinado número de trabajadores, un
amigo nos solicita en préstamo el dinero que necesitamos para la despensa, y múltiples
circunstancias más.
Por lo general, este tipo de elecciones ocasionan culpa,
así como otros sentimientos, entre ellos frustración e impotencia, tanto más
grandes cuanta mayor es la dificultad para equiparar la pérdida evitada con la
ganancia resultante. Quizá el amigo que se distancia del amigo para conservar a
la propia novia duda si valdrá la pena renunciar a esa amistad en pos de un
amor que no es cien por ciento seguro. Una decisión así puede resultar más
confusa que la de despedir al empleado que robando rompe su lealtad y pone en
peligro un capital. En este segundo caso es más fácil calibrar las pérdidas y
ganancias; hay una pérdida (la eficiencia del empleado) contra dos o más
ganancias (preservar el capital y alejarse de una persona desleal); por lo
tanto, la culpa es menor.
Nuevamente, la culpa se vence haciéndose responsable.
“Sí, lo hice, me distancié de este amigo por mi voluntad y porque lo juzgué
conveniente”.
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