En nuestro occidental imaginario colectivo, Navidad es
una fiesta de paz, amor y renacimiento. En ella el alma expresa su íntima y
profunda necesidad de sentirse cada uno en armonía con sus seres amados y los
demás humanos.
El romántico ideal de ser buenos, amables y honestos unos
con otros es un deseo auténtico de nuestra alma. También es auténtica la urgencia
interior de que exista un mundo nuevo y distinto donde los humanos convivamos
respetándonos y amándonos, sin peleas, envidias, rencores y resentimientos.
A todos nos gustaría que esto fuera realizable.
Lo deseamos mucho. Tanto, que la mayoría hacemos un gran
esfuerzo para lograrlo aunque sea por sólo una noche. Por eso es tan popular la
Navidad, porque nos permite entrever lo hermoso que sería esto y hacernos la
ilusión de lograrlo. Paz, armonía y renacimiento son deseos del alma. Nadie se
enoja si le dicen: “Feliz Navidad”.
Fuera del alma, la realidad del mundo cotidiano es menos
benévola; tenemos gente que nos cae bien y que nos cae mal; confiamos en unos
pocos y desconfiamos de muchos más; con algunas personas y en algunos días somos
amorosos, pero con otras y en determinados días las interacciones son incómodas,
a veces dolorosas e incluso insoportables.
En el fondo quisiéramos que la Navidad sí fuera mágica y como por hechizo se nos borraran recuerdos, problemas y rencillas. Que al menos
temporalmente fuéramos las personas maravillosas que querríamos ser y miráramos
a los demás tan estupendos como también ellos quisieran ser. Mas no serán la
fecha y las circunstancias quienes lograrán tal portento, sino la decisión
personal de escuchar al alma y secundarla al decir “sólo por hoy” o “a partir del día de hoy”.
Es famoso el incidente ocurrido durante la primera guerra
mundial en que soldados de bandos enemigos entonaron villancicos juntos y se
olvidaron que estaban ahí para matarse unos a otros. Abandonaron sus trincheras,
se desearon mutuamente feliz Navidad y hasta disfrutaron un juego de futbol.
¡Inolvidable! ¡Único en la historia! Pero eso no significó que habían
traicionado a sus respectivos ejércitos ni que se hicieron promesas de ya no
dispararse entre sí. Pasó la tregua que ellos mismos habían decretado y se
reanudó el fuego. ¿Eran hipócritas? No, sólo escucharon los deseos más íntimos
de su alma y estos no podían cumplirse de manera universal y para siempre; los
cumplieron en pequeño. Seguramente, el recuerdo de lo acontecido esa noche los
acompañó durante sus vidas.
Muchas de nuestras peleas son como aquella guerra; nos casi
matamos por defender los intereses de otros, o tal vez nuestros, y al igual que
aquellos soldados enemigos que cantaron juntos y se dieron las manos porque
escucharon las voces de paz y concordia provenientes de su alma, nosotros
podemos sentirnos bien si nos permitimos atenderla y, al menos como tregua, nos
permitimos extender nuestros brazos y recibir en ellos también a personas que
nos gustaría amar pero que nos han lastimado o hecho algún daño, o que detestamos.
Es de un simbolismo fascinante que la Navidad se celebre en
el renacimiento del sol, cuando éste comienza a crecer y a brindar más luz en
días más largos. Fue muy acertado hacer que el cumpleaños del Niño Dios coincidiera
con el abrirse de la naturaleza a una nueva vida y a un nuevo ciclo. Si lo
permitimos, también sería el aniversario de que nuestros corazones se abrieron
a la paz, la armonía y el renacimiento que brotan de nuestro interior como
deseos profundos. Feliz Navidad deseo a todos mis lectores.
“Psicología” es una columna abierta. Puedes participar
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