domingo, 23 de diciembre de 2018

NAVIDAD


En nuestro occidental imaginario colectivo, Navidad es una fiesta de paz, amor y renacimiento. En ella el alma expresa su íntima y profunda necesidad de sentirse cada uno en armonía con sus seres amados y los demás humanos. 

El romántico ideal de ser buenos, amables y honestos unos con otros es un deseo auténtico de nuestra alma. También es auténtica la urgencia interior de que exista un mundo nuevo y distinto donde los humanos convivamos respetándonos y amándonos, sin peleas, envidias, rencores y resentimientos. 

A todos nos gustaría que esto fuera realizable. 

Lo deseamos mucho. Tanto, que la mayoría hacemos un gran esfuerzo para lograrlo aunque sea por sólo una noche. Por eso es tan popular la Navidad, porque nos permite entrever lo hermoso que sería esto y hacernos la ilusión de lograrlo. Paz, armonía y renacimiento son deseos del alma. Nadie se enoja si le dicen: “Feliz Navidad”.

Fuera del alma, la realidad del mundo cotidiano es menos benévola; tenemos gente que nos cae bien y que nos cae mal; confiamos en unos pocos y desconfiamos de muchos más; con algunas personas y en algunos días somos amorosos, pero con otras y en determinados días las interacciones son incómodas, a veces dolorosas e incluso insoportables. 

En el fondo quisiéramos que la Navidad sí fuera mágica y como por hechizo se nos borraran recuerdos, problemas y rencillas. Que al menos temporalmente fuéramos las personas maravillosas que querríamos ser y miráramos a los demás tan estupendos como también ellos quisieran ser. Mas no serán la fecha y las circunstancias quienes lograrán tal portento, sino la decisión personal de escuchar al alma y secundarla al decir “sólo por hoy” o “a  partir del día de hoy”.

Es famoso el incidente ocurrido durante la primera guerra mundial en que soldados de bandos enemigos entonaron villancicos juntos y se olvidaron que estaban ahí para matarse unos a otros. Abandonaron sus trincheras, se desearon mutuamente feliz Navidad y hasta disfrutaron un juego de futbol. ¡Inolvidable! ¡Único en la historia! Pero eso no significó que habían traicionado a sus respectivos ejércitos ni que se hicieron promesas de ya no dispararse entre sí. Pasó la tregua que ellos mismos habían decretado y se reanudó el fuego. ¿Eran hipócritas? No, sólo escucharon los deseos más íntimos de su alma y estos no podían cumplirse de manera universal y para siempre; los cumplieron en pequeño. Seguramente, el recuerdo de lo acontecido esa noche los acompañó durante sus vidas.

Muchas de nuestras peleas son como aquella guerra; nos casi matamos por defender los intereses de otros, o tal vez nuestros, y al igual que aquellos soldados enemigos que cantaron juntos y se dieron las manos porque escucharon las voces de paz y concordia provenientes de su alma, nosotros podemos sentirnos bien si nos permitimos atenderla y, al menos como tregua, nos permitimos extender nuestros brazos y recibir en ellos también a personas que nos gustaría amar pero que nos han lastimado o hecho algún daño, o que detestamos.

Es de un simbolismo fascinante que la Navidad se celebre en el renacimiento del sol, cuando éste comienza a crecer y a brindar más luz en días más largos. Fue muy acertado hacer que el cumpleaños del Niño Dios coincidiera con el abrirse de la naturaleza a una nueva vida y a un nuevo ciclo. Si lo permitimos, también sería el aniversario de que nuestros corazones se abrieron a la paz, la armonía y el renacimiento que brotan de nuestro interior como deseos profundos. Feliz Navidad deseo a todos mis lectores.

“Psicología” es una columna abierta. Puedes participar con ideas, temas, preguntas o sugerencias en psicologa.dolores@gmail.com 

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