Me han preguntado si es malsano para los niños alentarles
la ilusión de recibir regalos de los Santos Reyes, el Niño Dios o Santa Claus,
ya que llega el día en que descubren la verdad y algunos sufren, se sienten
engañados e incluso resentidos porque se les indujo a creer en algo que no era
exactamente verdad.
Generalmente, mi respuesta es la siguiente: este engaño
es de los más pequeños e inocuos; existen miles de otros grandes y pesados que
nadie se atreve a contradecir, porque la complicidad de creer en lo que ordena
la cultura, tal como ésta lo sanciona, se da en todas partes. Además, nos hace
pertenecer. Piénsese en cualquier tema que sea tabú y comprobarán que prefieren
no tocarlo y ni siquiera mencionarlo. ¿Un ejemplo? Hasta hace poco, la
virginidad de la mujer al momento de casarse.
Los humanos amamos la verdad y nos molesta la mentira. Si
hay algo que nos hace sentir muy mal es tener que reconocer que estábamos
equivocados. Hay quienes prefieren romper una relación o cometer un crimen
antes que admitir que no tenían razón. Y mientras más fuerte, vistosa o pública
sea la defensa de una idea, más trabajo da renunciar a ella y más ciegos nos
volvemos para ideas opuestas o diferentes. Es irónico y una paradoja que el
amor por la verdad sea la base que sustenta cualquier fanatismo.
Divaguemos un poco. Circulan en red memes con imágenes
ambiguas y un reto: ¿Qué ves, una joven o una vieja? En otro, de un árbol con las ramas secas: ¿Puedes
descubrir los rostros? Y si uno ve a la vieja deja de ver a la joven. Y si
descubre los rostros en el tronco, las ramas y las raíces, deja de ver el árbol.
Si vuelve a ver a la joven deja de ver a la vieja, o al árbol y deja de ver los
rostros. Una cosa a la vez. Así trabaja
el cerebro; no puede examinar imágenes o ideas antagónicas al mismo tiempo,
sino que se enfoca en una y luego en la otra, a veces a una velocidad
fantástica.
Lo anterior da una característica a nuestro acto de
pensar; necesitamos los opuestos y los diferentes. Son opuestos: claro-oscuro,
grande-pequeño, verdadero-falso, blanco-negro, bueno-malo. Son diferentes: nosotros-ellos,
patrón-empleado, rico-pobre, niño-adolescente-adulto-joven-viejo.
El cerebro sí puede recibir y obedecer la orden de
integrar los opuestos y los diferentes de alguna manera, y para hacerlo debe
crear algo nuevo; una nueva imagen o una nueva idea, y ésta también será susceptible
de ser opuesta o diferente a otra. Por ejemplo: de claro-oscuro puede darse
atardecer, o gris. Y de nosotros-ellos la de ser vecinos, o humanos. Son ideas
nuevas y distintas.
Es por demás intentar ser creativos y permanecer
analizando una sola idea; necesitamos otras distintas para que el cerebro se
esfuerce, comprenda las similitudes y las diferencias y las integre en algo
nuevo. Mucha gente presume de tener sólo una clase de lecturas o mirar sólo una
clase de películas, pero eso inhibe la creatividad y retarda la evolución de la
humanidad. Algunos padres de familia, maestros y gobiernos censuran y prohíben
determinadas formas de arte; pero sin exponerse uno a ideas y pensamientos que
le duelen (por ser distintos a los acostumbrados) corre el riesgo de volverse
fanático.
Para terminar. En mi opinión, proteger a los niños de la desilusión
que sufrirán cuando se enteren de determinadas verdades no siempre les ayuda.
Claro que hay formas y formas de hacérselas saber y de apoyarlos en su
desilusión, pero a nadie le hace daño ejercitarse en el desengaño. A este tema
dedico un capítulo completo en mi libro “Lo mejor de lo peor”, de Trillas.
“Psicología” es una columna abierta. Puedes participar
con ideas, temas, preguntas o sugerencias en psicologa.dolores@gmail.com ,
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