A todos nos toca enfrentar alguna vez situaciones
cargadas de dolor que percibimos descomunales, mayores a nuestra capacidad de
resistencia. Teníamos unas expectativas y un sentido de la normalidad
totalmente diferentes a lo que la realidad presenta: una muerte, una
enfermedad, un descalabro, un fracaso, un desamor... Entonces, nuestro
equilibrio cotidiano se pierde y no sabemos cómo reaccionar. Es como si
estuviéramos en el punto donde descarga una gran cascada que nos hunde e impide
respirar. Lo que aprendimos antes parece no servir, porque aunque nos
esforzamos por “nadar”, no es igual que en la alberca de la vida diaria donde
habíamos practicado. A esta vivencia se le da el nombre de “duelo”.
Vivir un gran dolor es delicado y riesgoso; podemos salir
de él fortalecidos, o traumatizados; es decir, no superarlo nunca. Para
recuperarnos, tendremos que pasar por las cinco etapas que describió Elizabeth
Kübler-Ross, una psiquiatra suizo-estadounidense del siglo XX, y son: negación,
ira, negociación, depresión y aceptación. No todas las personas las viven en
este orden ni con la misma intensidad, puede que alguna de ellas le cueste más
trabajo, pero si las pasa, se recupera; y si no, no.
Negación es decir: “No es cierto”. La usamos siempre que
nos dan una mala noticia y exclamamos: “No”, “no puede ser”, “si apenas lo vi
ayer”. Una persona que insiste en preparar el lugar en la mesa para alguien que
murió, que limpia y conserva su recámara tal cual o dice que no tarda en
llegar, está en negación. Igual quien perdió al amor de su vida y continúa
esperando que le llame. Está en la etapa inicial del duelo aun si hubieran
pasado años.
La segunda reacción es ira. “Estoy enojado con Dios (los
médicos, la enfermera, los laboratorios, la cochina enfermedad, el que lo
atropelló, la rebeldía del enfermo a tomar sus medicamentos...)“. Con la ira se
buscan culpables para vengarse, y en ocasiones se dirige contra el doliente
mismo: “Yo tuve la culpa”, “si al menos hubiera sido así o asá”. O contra el
ser amado: “Te moriste por cobarde”, “me abandonaste por güilo”, “nada de lo
que viví contigo valió la pena”. Se trata de la segunda etapa y el dolor se
disfraza de rabia.
La tercera etapa es negociación: “Dios, podrías haberme llevado a mí primero”, “mejor que murió, ya sufría demasiado”, “haré un hospital para niños a fin que esta muerte tenga sentido”, “prometo ser bueno (listo, astuto, inteligente) de ahora en adelante”, “más vale solo que mal acompañado”. En esta etapa ya se tiene más consciencia de la pérdida y se busca darle un significado para poder incluirla en la propia existencia.
La cuarta etapa es depresión, cuando la persona se permite sentir el dolor de su pérdida, la llora y comienza a sentir urgencia de hacer algo a favor de sí misma.
La quinta etapa es la aceptación. La persona se vuelve
plenamente consciente de lo sucedido, sabe que le duele pero el dolor no la
rebasa. Puede hablar y recordar sin la angustia y desesperación de las primeras etapas.
Hay dos cosas muy valiosas en la descripción de Kübler-Ross. La primera es que al conocer estas etapas, la persona sabe que son fases de la curación y no piensa de sí misma que está volviéndose loca o es inadecuada por vivirlas. Tampoco lo piensa de otros, sino que comprende lo que sucede.
La segunda cosa importante es saber que, por ser etapas, pasarán y el gusto por la vida volverá. Es decir, que el dolor no va a ser para toda la vida.
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