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lunes, 4 de febrero de 2019

CUANDO EL DOLOR ES DEMASIADO GRANDE


A todos nos toca enfrentar alguna vez situaciones cargadas de dolor que percibimos descomunales, mayores a nuestra capacidad de resistencia. Teníamos unas expectativas y un sentido de la normalidad totalmente diferentes a lo que la realidad presenta: una muerte, una enfermedad, un descalabro, un fracaso, un desamor... Entonces, nuestro equilibrio cotidiano se pierde y no sabemos cómo reaccionar. Es como si estuviéramos en el punto donde descarga una gran cascada que nos hunde e impide respirar. Lo que aprendimos antes parece no servir, porque aunque nos esforzamos por “nadar”, no es igual que en la alberca de la vida diaria donde habíamos practicado. A esta vivencia se le da el nombre de “duelo”.

Vivir un gran dolor es delicado y riesgoso; podemos salir de él fortalecidos, o traumatizados; es decir, no superarlo nunca. Para recuperarnos, tendremos que pasar por las cinco etapas que describió Elizabeth Kübler-Ross, una psiquiatra suizo-estadounidense del siglo XX, y son: negación, ira, negociación, depresión y aceptación. No todas las personas las viven en este orden ni con la misma intensidad, puede que alguna de ellas le cueste más trabajo, pero si las pasa, se recupera; y si no, no.

Negación es decir: “No es cierto”. La usamos siempre que nos dan una mala noticia y exclamamos: “No”, “no puede ser”, “si apenas lo vi ayer”. Una persona que insiste en preparar el lugar en la mesa para alguien que murió, que limpia y conserva su recámara tal cual o dice que no tarda en llegar, está en negación. Igual quien perdió al amor de su vida y continúa esperando que le llame. Está en la etapa inicial del duelo aun si hubieran pasado años.
La segunda reacción es ira. “Estoy enojado con Dios (los médicos, la enfermera, los laboratorios, la cochina enfermedad, el que lo atropelló, la rebeldía del enfermo a tomar sus medicamentos...)“. Con la ira se buscan culpables para vengarse, y en ocasiones se dirige contra el doliente mismo: “Yo tuve la culpa”, “si al menos hubiera sido así o asá”. O contra el ser amado: “Te moriste por cobarde”, “me abandonaste por güilo”, “nada de lo que viví contigo valió la pena”. Se trata de la segunda etapa y el dolor se disfraza de rabia.

La tercera etapa es negociación: “Dios, podrías haberme llevado a mí primero”, “mejor que murió, ya sufría demasiado”, “haré un hospital para niños a fin que esta muerte tenga sentido”, “prometo ser bueno (listo, astuto, inteligente) de ahora en adelante”,  “más vale solo que mal acompañado”. En esta etapa ya se tiene más consciencia de la pérdida y se busca darle un significado para poder incluirla en la propia existencia.

La cuarta etapa es depresión, cuando la persona se permite sentir el dolor de su pérdida, la llora y comienza a sentir urgencia de hacer algo a favor de sí misma.
La quinta etapa es la aceptación. La persona se vuelve plenamente consciente de lo sucedido, sabe que le duele pero el dolor no la rebasa. Puede hablar y recordar sin la angustia y  desesperación de las primeras etapas.

Hay dos cosas muy valiosas en la descripción de Kübler-Ross. La primera es que al conocer estas etapas, la persona sabe que son fases de la curación y no piensa de sí misma que está volviéndose loca o es inadecuada por vivirlas. Tampoco lo piensa de otros, sino que comprende lo que sucede.

La segunda cosa importante es saber que, por ser etapas, pasarán y el gusto por la vida volverá. Es decir, que el dolor no va a ser para toda la vida.
“Psicología” es una columna abierta. Puedes participar con ideas, temas, preguntas o sugerencias en psicologa.dolores@gmail.com



lunes, 4 de abril de 2016

DAR LAS GRACIAS



Es difícil exagerar la importancia de saber dar las gracias. ¿Gracias a quién? A la fuente de un beneficio: los padres, los hijos, la pareja, los amigos, los vecinos, el jefe, el gobierno, el franelero, los campesinos, los maestros, los científicos, la naturaleza, la vida, Dios…
Para ser agradecido se requiere humildad. La humildad es la verdad. El humilde sabe que necesita de los demás; el no humilde sufre humillación cuando tiene que pedir y recibir. “¿Yo qué te pido?”, dice la soberbia. “Quiero hacerlo yo solo”, dice el niño que comienza a caminar, olvidando que a su alrededor hay manos solícitas cuidando sus pasos. Y cuando logra trepar a la silla o subir el escalón, no dice “gracias, mamá” o “gracias, papá”, espera ser felicitado por su proeza y no le reconoce méritos a nadie, sólo a él. Eso está bien en los primeros años de vida, pero después, hay que reconocer el continuo intercambio que nos hace humanos. Ninguno de los raros ejemplares de salvajes que se han descubierto, crecidos sin familiares, tipo Tarzán, lograron el buen desarrollo de su potencial.
Las personas agradecidas tienen los ojos muy abiertos y ven; las no agradecidas prefieren cerrarlos y no darse cuenta de lo que reciben. Peor si  tampoco quieran darse cuenta de su falta de gratitud, entonces recurren a la arrogancia y critican el don, encontrando en él todos los defectos posibles; se les sirve una comida y la encuentran fría, grasosa, agria, fuera de hora, en platos feos, mal presentada, en un mantel de pésimo gusto, etc., etc.
¿Por qué nos resulta difícil dar las gracias? “No me gusta deberle nada a nadie”, solemos decir y está bien, siempre y cuando reconozcamos el bien recibido y correspondamos a él, o por lo menos expresemos gratitud. Lo contrario es como sacar una prenda del almacén y no pagar su precio. Es arrogancia, merecimiento infundado. Cuando alguien cae preso de la arrogancia, prefiere robar, sufrir, sentirse víctima, pasar necesidades o cualquier cosa desagradable, pero no agradecer. Me ha tocado escuchar a  divorciados que no recuerdan con gratitud un solo momento agradable de su ex pareja, no le dicen por ti supe lo que es encariñarse, estar casado, ser padre o madre… he oído a hijos que hablan pestes de sus padres y jamás aceptan una llamada, un apoyo o una idea de ellos para no tener que reconocer que también les dieron cosas buenas…  a ex empleados que detestan antiguos empleos y compañeros de trabajo como si la convivencia no les hubiera servido de nada. Y tienen razón, los regalos que no se toman son inútiles. No se toman para no tener que dar las gracias.
El adulto seguro de sí acepta y recibe con gratitud cuanto la vida le da. La prosperidad está íntimamente relacionada con saber recibir, ser recipiente y tener recipiente en donde guardar lo que uno aprecia. Sin recipiente, puede uno sacarse la lotería y en poco tiempo estar más pobre que antes o heredar una fortuna y dejar que se le escurra entre los dedos. No importa el tamaño del don, se irá si no se le toma, se le guarda, se le corresponde y agradece. Cada uno de nosotros puede saber si es buen recipiente imaginando primero que recibe de golpe muchos millones y enseguida pillando los pensamientos que se le vienen a la mente: yo lo daría a los pobres, ayudaría a mucha gente, me dedicaría a gastarlo, me dedicaría a viajes, diversiones, vino, mujeres y canto, me volvería vicioso, cambiaría de amistades… o me alegraría y daría las gracias.
También podemos saber si somos agradecidos si apreciamos lo que la vida nos va dando: amores, amigos, un domicilio, un hogar, compañeros de trabajo, cosas simples y cotidianas… opuesto a ver todo tan defectuoso que no tengamos motivo para dar las gracias.
“Psicología” es una columna abierta. Puedes participar con ideas, temas, preguntas o sugerencias en psicologa.dolores@gmail.com , o en facebook.com/Pascua Constelaciones Familiares.


martes, 21 de julio de 2015

SIENTO UN VACÍO



¿Por qué todo el tiempo siento como que algo me falta? Con mi familia estoy bien, mi esposo bien, mis hijos bien, de dinero bien, salgo y voy a fiestas pero aunque me divierto, siento un hueco que no me deja y así es todo el tiempo, ¿por qué será?

OPINIÓN

Tu pregunta es muy basta y puede tener muchísimas respuestas. Te daré unas pocas, tú las sientes y ves si alguna resuena en tu alma.
¿Te gustaría ser famosa?, ¿que la gente hablara de ti y te admirara? Si así fuera, ¿con cuál tipo de famosos te identificarías? Lady Gaga, Madona, la madre Teresa, el Papa Francisco, algún científico, un político, el Chapo… O quizás menos famosa, pero sí reconocida, que tus familiares y amigos te dijeran “qué bien lo haces”, “me buena suerte que tú seas tú”. O todavía más íntimo, que te miraras en el espejo y pudieras decir a tu imagen: “Te quiero para siempre, hagas lo que hagas y pase lo que pase”. ¿Podría esto llenar tu hueco?
Otra posibilidad: Tú sabes que los humanos somos seres inacabados y en movimiento; logramos éxito en un proyecto y estamos disponibles para el siguiente. ¿Tienes un proyecto nuevo o alguno en marcha, que exija todas tus capacidades y adquirir otras nuevas? ¿Crees que algo así de exigente podría proporcionarte una sensación de plenitud, de decirte a ti misma “doy todo de mí y sigo creciendo”?
A ver esta teoría: dicho hueco da testimonio de tus ansias de infinito, las cuales no se ven colmadas hasta que vuelves tu mirada a Dios y lo tomas en tu vida como lo trascendental y básico, aquello “en Quien somos, nos movemos y existimos”. ¿Cómo es tu vida espiritual?, ¿estás en búsqueda de conocer la voluntad divina y cumplirla? ¿Crees que entregándote  más a Dios se colmaría tu hueco?
Ahora interpretemos literalmente el hueco como una información precisa de tu interior que dice: “algo falta”, algo que te toca tomar y no has tomado. ¿Cómo qué? Por ejemplo, tu destino: tus padres, tu historia, la historia de tu familia, un excluido o determinadas circunstancias que te niegas a asimilar. Generalmente negamos o rechazamos cosas difíciles; una culpa, un padre o una madre crueles o inaccesibles, un hijo con discapacidad, pobreza extrema, pérdidas de seres queridos, de una fortuna, de la salud, de algo muy deseado, o cualquier evento que sentimos superior a nuestras fuerzas. El destino lo da la vida y está ahí, sin que dependa de nuestra aceptación o rechazo; rebelarnos contra él sólo nos ocasiona desperdicio de energía y la información de que no estamos plenos o completos. Debe ser tomado con el corazón; quiero decir que no basta con pensar “ahora me hago el ánimo”, sino que se necesita amarlo. No es fácil, tampoco imposible. Ya alguien dijo que el camino más largo es el que va de la cabeza al corazón.
Te invito a que tomes el Diplomado de Constelaciones Familiares, sirve precisamente para esto, ver, reconocer e incluir lo que hemos excluido y forma parte de nosotros.
“Psicología” es una columna abierta. Puedes participar con ideas, temas, preguntas o sugerencias en psicologa.dolores@gmail.com  o en facebook.com/Pascua Constelaciones Familiares.