Este domingo se conmemoró a todos los padres, presentes y
ausentes, honrados y vituperados, reconocidos e ignorados, amados y
despreciados. Todos ellos han contribuido a pasar la vida, que la humanidad
continúe existiendo y que sea como es. En ese día, muchas personas pudieron
abrazar a su padre y decirle “felicidades”, congratulándose mutuamente por el
hecho de compartir caminos. Para otras, fue un día de nostalgia por esa figura
importante que tal vez ya no está en el planeta o no se encuentra presente.
La fiesta del padre de ninguna manera tiene en nuestro
país el mismo peso que la fiesta de la madre. Debería tenerlo, pero demasiadas
circunstancias ocasionan que no sea así, y en el horizonte no se percibe un
cambio en este sentido; la reciente glorificación y reconocimiento de la mujer
(por cierto muy merecida) parece opacar el brillo del hombre. Parece. En
realidad, él sigue con su brillo propio, se le reconozca o no.
A veces creo que los padres mismos no asumen su propia
importancia y se sienten incómodos al recibir la honra que les toca. Muy pocos
dirían al hijo con orgullo: “No sólo tu madre te llevó en su cuerpo, antes yo te
llevé en mis testículos”. Es que el pensamiento cultural acerca de tener sexo
alcanza a salpicar la figura paterna; en occidente, durante siglos, antes que
las relaciones sexuales fueran glorificadas, se las consideraba algo depravado
y secreto de lo que nadie podía sentirse orgulloso ni presumir. Todavía puede
ser que personas piensen que este tema no debería ser mencionado en un
periódico. Pero es un tema digno. A alguien que dijera: “Yo no tengo papá”,
podríamos responder sin temor a equivocarnos: “¡Por supuesto que lo tienes, que
no esté presente es otro asunto!”.
Se le conmemore o no, la importancia social del padre es
indiscutible, en cualquier sentido que se la vea. Él es el contrapeso que
libera al hijo del poder de la madre, lo saca del nido y lo introduce en el
“mundo de afuera”, ya sea laboral, relacional, intelectual, político... Es
falso que una mujer pueda ser a la vez padre y madre. Lo intentará, si no le
queda otro remedio, pero le será imposible llenar eficazmente el hueco que deja
vacante el otro progenitor. Su poder de madre se volverá poco menos que
invencible, o estallará bajo la enorme presión de desempeñar un doble papel.
Nuestra sociedad está absolutamente necesitada de buenos
papás que guíen y acompañen al hijo, sobre todo en su difícil transición de
niño a adulto, sin dejarse deslumbrar por teorías que afirman que da igual ser
hombre que mujer, padre o madre. No es igual; los hombres nunca van a parir ni
a convertirse en mamás; siempre serán lo que ya son. Precisamente la aportación
de sus características masculinas de vigor físico, racionalidad, visión amplia
y objetiva, así como la necesidad de encontrar realización afuera de su cuerpo,
en lo que hacen, material, visible y perdurable, lo que sociedad y familia
precisan. Esto de ninguna manera significa que ellos no tienen vida interior,
ni que sean torpes en labores perecederas como cuidar o alimentar que también
son importantes.
A veces me pregunto si la confusión actual respecto de
los sexos no responde a la ausencia, lejanía, timidez o falta de confianza de
los hombres al sentirse poco reconocidos, como está poniéndose de moda. Mucho
se ha dicho que “el siglo XXI es el siglo de la mujer”, ¿y el hombre qué, lo
dejamos fuera del tiempo? Hace falta con urgencia que el hombre solidario (no
el macho dominante que pretende ser servido y siempre sacar ventaja) tome su lugar
y defienda su territorio; que no desaparezca de la escuela, la fábrica, la
oficina, la universidad, la vida pública, los mítines, las discusiones
filosóficas y psicológicas. Es triste comprobar que cuando se convoca para
algo, la gran mayoría de asistentes son mujeres. ¡Hombres, no se vayan! ¿Dónde
están?
“Psicología” es una columna abierta. Puedes participar
con ideas, temas, preguntas o sugerencias en psicologa.dolores@gmail.com
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