lunes, 17 de junio de 2019

DÍA DE LOS PAPÁS


Este domingo se conmemoró a todos los padres, presentes y ausentes, honrados y vituperados, reconocidos e ignorados, amados y despreciados. Todos ellos han contribuido a pasar la vida, que la humanidad continúe existiendo y que sea como es. En ese día, muchas personas pudieron abrazar a su padre y decirle “felicidades”, congratulándose mutuamente por el hecho de compartir caminos. Para otras, fue un día de nostalgia por esa figura importante que tal vez ya no está en el planeta o no se encuentra presente.

La fiesta del padre de ninguna manera tiene en nuestro país el mismo peso que la fiesta de la madre. Debería tenerlo, pero demasiadas circunstancias ocasionan que no sea así, y en el horizonte no se percibe un cambio en este sentido; la reciente glorificación y reconocimiento de la mujer (por cierto muy merecida) parece opacar el brillo del hombre. Parece. En realidad, él sigue con su brillo propio, se le reconozca o no.

A veces creo que los padres mismos no asumen su propia importancia y se sienten incómodos al recibir la honra que les toca. Muy pocos dirían al hijo con orgullo: “No sólo tu madre te llevó en su cuerpo, antes yo te llevé en mis testículos”. Es que el pensamiento cultural acerca de tener sexo alcanza a salpicar la figura paterna; en occidente, durante siglos, antes que las relaciones sexuales fueran glorificadas, se las consideraba algo depravado y secreto de lo que nadie podía sentirse orgulloso ni presumir. Todavía puede ser que personas piensen que este tema no debería ser mencionado en un periódico. Pero es un tema digno. A alguien que dijera: “Yo no tengo papá”, podríamos responder sin temor a equivocarnos: “¡Por supuesto que lo tienes, que no esté presente es otro asunto!”. 

Se le conmemore o no, la importancia social del padre es indiscutible, en cualquier sentido que se la vea. Él es el contrapeso que libera al hijo del poder de la madre, lo saca del nido y lo introduce en el “mundo de afuera”, ya sea laboral, relacional, intelectual, político... Es falso que una mujer pueda ser a la vez padre y madre. Lo intentará, si no le queda otro remedio, pero le será imposible llenar eficazmente el hueco que deja vacante el otro progenitor. Su poder de madre se volverá poco menos que invencible, o estallará bajo la enorme presión de desempeñar un doble papel.

Nuestra sociedad está absolutamente necesitada de buenos papás que guíen y acompañen al hijo, sobre todo en su difícil transición de niño a adulto, sin dejarse deslumbrar por teorías que afirman que da igual ser hombre que mujer, padre o madre. No es igual; los hombres nunca van a parir ni a convertirse en mamás; siempre serán lo que ya son. Precisamente la aportación de sus características masculinas de vigor físico, racionalidad, visión amplia y objetiva, así como la necesidad de encontrar realización afuera de su cuerpo, en lo que hacen, material, visible y perdurable, lo que sociedad y familia precisan. Esto de ninguna manera significa que ellos no tienen vida interior, ni que sean torpes en labores perecederas como cuidar o alimentar que también son importantes. 

A veces me pregunto si la confusión actual respecto de los sexos no responde a la ausencia, lejanía, timidez o falta de confianza de los hombres al sentirse poco reconocidos, como está poniéndose de moda. Mucho se ha dicho que “el siglo XXI es el siglo de la mujer”, ¿y el hombre qué, lo dejamos fuera del tiempo? Hace falta con urgencia que el hombre solidario (no el macho dominante que pretende ser servido y siempre sacar ventaja) tome su lugar y defienda su territorio; que no desaparezca de la escuela, la fábrica, la oficina, la universidad, la vida pública, los mítines, las discusiones filosóficas y psicológicas. Es triste comprobar que cuando se convoca para algo, la gran mayoría de asistentes son mujeres. ¡Hombres, no se vayan! ¿Dónde están?

“Psicología” es una columna abierta. Puedes participar con ideas, temas, preguntas o sugerencias en psicologa.dolores@gmail.com


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