El deseo de mejorar es innato e indestructible en el ser
humano. Personas próximas a morir suelen decir: “En cuanto yo mejore un poco voy
a...”.
El impulso a mejorar nos mantiene con vida y cuidando de
nosotros mismos; por él trabajamos en satisfacer nuestras necesidades
fisiológicas, vamos con el médico, tomamos una pastilla o un remedio de la
abuela. Por él pensamos en un mejor futuro y cuidamos nuestra situación
económica, nuestro prestigio, nuestras relaciones y el estado de nuestra
conciencia moral. Incluso un suicida pone fin a su vida para mejorar; que un
dolor termine o se acabe una situación que le parece insostenible. A veces, uno
hace cosas locas esperando mejorar, ya sea porque se le nubla el entendimiento o
porque no descubre otra opción más adecuada.
Los estudiosos de la conducta aceptan más cada día el
axioma de que para identificar la motivación profunda de un comportamiento o un
síntoma, se debe localizar la intención
positiva o deseo de mejorar.
Lo anterior contiene un cambio radical en la manera de
mirar y definir a los seres humanos. Hubo un tiempo en que se nos describía
como intrínsecamente crueles, corruptos, injustos e inclinados a lo indeseable.
Con frecuencia parecemos ser así, mas ello no es prueba de nuestra maldad
intrínseca, sino de la ceguera, tontería o nublazón del pensamiento que nos
hacen equivocar la escala de valores. “La bolsa o la vida” dice el asaltante que
aprecia más dicha bolsa que una existencia.
También es nublazón del pensamiento imaginar que
cualquier mejora de uno, se realiza a costa de otro. Un vecino se siente robado
porque su vecino estrenó camioneta; el empleado, porque a la compañera le
dieron un ascenso; el actor, porque otro actor recibió más aplausos... O alguien
argumenta que es infeliz porque otro no cambia: el adolescente dice que él no es
mejor porque sus padres no mejoran; los esposos desean que su pareja mejore
para poder mejorar; la suegra sufre y regaña porque la nuera no quiere mejorar;
los hijos o algún otro miembro de la familia se imponen sacrificios en su “deber”
de reformar a un cónyuge infiel o inestable, un progenitor rígido o desamorado,
un abuelo alcohólico, un hermano vago ¡para que la familia mejore!
Siempre deseamos la mejoría, pero quien basa dicha
mejoría en lo que otros hagan, vivirá angustia inútil, expectativas frustradas
y desilusiones. La verdadera mejoría se da en cada uno y para cada uno, de ahí
salta al exterior; lo cual no significa que necesariamente los demás van a
verse mejorados a causa mía aunque no tomen lo que yo ofrezco. Solo cada uno
puede hacer algo en beneficio de sí mismo.
“Psicología” es
una columna abierta. Puedes participar con ideas, temas, preguntas o
sugerencias en psicologa.dolores@gmail.com
No hay comentarios:
Publicar un comentario