lunes, 3 de junio de 2019

LAS NARRATIVAS


Los humanos contamos historias acerca de lo que creemos y sentimos y hacia dónde tenemos dirigida la mirada. Se trata de auténticos relatos con protagonistas y antagonistas, escenarios, nudos y desenlaces, descritos con muchas o con pocas palabras. Las siguientes son narrativas muy breves:

“Se aprovechan de mi nobleza”, Chespirito.

“Dios es producto de la imaginación humana”, Hume.

“Primero es comer que ser cristiano”, refrán popular.

“Me amo y respeto a mí mismo”, Louise L. Hay.

Si observamos con detenimiento, cada expresión de éstas nos permite conocer mucho de cómo es la persona que habla y qué piensa de sí misma y de su mundo. Con base en lo que dice podemos hacer inferencias, acertadas o no, acerca de cómo es su comportamiento en determinadas situaciones. 

Cuando hablamos, estamos relatando nuestra experiencia subjetiva, en relación con un mundo subjetivo, del cual hemos extraído creencias subjetivas que crean en nosotros expectativas subjetivas. Cada uno de nosotros es único.

Las narrativas son destino y no porque hayan sido escritas por unos dioses misteriosos o porque se deban cumplir inexorablemente, sino porque cada humano se esfuerza para que las suyas se hagan realidad, le gusten o no y le convengan o no; hay ocasiones en que preferimos tener razón (es decir, conservar una narrativa conocida) que proteger un amor, un dinero o la salud.

La simple descripción de las narrativas las mantiene en pié. También les da oportunidad de que sean reflexionadas y modificadas. En este último caso, la persona puede obtener una narrativa nueva, luego se encauzará en hacerla realidad. 

Hay narrativas que son verdaderas maldiciones. Hechizos, podríamos llamarlas, porque cuando su poseedor al fin tiene éxito en volverlas realidad, nadie sale ganando. He aquí tres ejemplos:

“El matrimonio es la tumba del amor”.

“Piensa mal y acertarás”.

“De los parientes y el sol, mientras más lejos, mejor”.

Es difícil poner en duda las propias narrativas, y más difícil aún que uno voluntariamente olvide lo que sabe, deje de basarse en la experiencia y se mantenga abierto a algo nuevo. Hacerlo se llama método fenomenológico: ver, oír, sentir, retener el juicio, intentar comprender el sentido completo de lo que se muestra y permitir que la mente piense ideas nuevas. De este proceso brotan la creatividad y la libertad, la cuales pueden ser lo más hermoso y lo más detestable que produzca el ser humano; como humanidad hemos inventado cosas maravillosas y horribles. Sin embargo, necesitamos inventar si queremos evolucionar, o seríamos robots que repiten las narrativas que otros nos contaron.

Cuando leemos un libro, nos ponemos en contacto con la narrativa del autor, quien describe el mundo que ve o imagina y está en su cabeza. Ahora yo me encuentro a punto de publicar un libro con cinco narraciones de ficción y estoy consciente de que, no obstante ser invenciones, están relacionadas con temas que traigo en mi mente. Cuando salga y le haga una presentación, me encantará invitar a mis lectores.

“Psicología” es una columna abierta. Puedes participar con ideas, temas, preguntas o sugerencias en psicologa.dolores@gmail.com


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