Los humanos contamos historias acerca de lo que creemos y
sentimos y hacia dónde tenemos dirigida la mirada. Se trata de auténticos
relatos con protagonistas y antagonistas, escenarios, nudos y desenlaces,
descritos con muchas o con pocas palabras. Las siguientes son narrativas muy
breves:
“Se aprovechan de mi nobleza”, Chespirito.
“Dios es producto de la imaginación humana”, Hume.
“Primero es comer que ser cristiano”, refrán popular.
“Me amo y respeto a mí mismo”, Louise L. Hay.
Si observamos con detenimiento, cada expresión de éstas
nos permite conocer mucho de cómo es la persona que habla y qué piensa de sí
misma y de su mundo. Con base en lo que dice podemos hacer inferencias,
acertadas o no, acerca de cómo es su comportamiento en determinadas situaciones.
Cuando hablamos, estamos relatando nuestra experiencia
subjetiva, en relación con un mundo subjetivo, del cual hemos extraído
creencias subjetivas que crean en nosotros expectativas subjetivas. Cada uno de
nosotros es único.
Las narrativas son destino y no porque hayan sido
escritas por unos dioses misteriosos o porque se deban cumplir inexorablemente,
sino porque cada humano se esfuerza para que las suyas se hagan realidad, le
gusten o no y le convengan o no; hay ocasiones en que preferimos tener razón
(es decir, conservar una narrativa conocida) que proteger un amor, un dinero o
la salud.
La simple descripción de las narrativas las mantiene en
pié. También les da oportunidad de que sean reflexionadas y modificadas. En
este último caso, la persona puede obtener una narrativa nueva, luego se
encauzará en hacerla realidad.
Hay narrativas que son verdaderas maldiciones. Hechizos,
podríamos llamarlas, porque cuando su poseedor al fin tiene éxito en volverlas
realidad, nadie sale ganando. He aquí tres ejemplos:
“El matrimonio es la tumba del amor”.
“Piensa mal y acertarás”.
“De los parientes y el sol, mientras más lejos, mejor”.
Es difícil poner en duda las propias narrativas, y más
difícil aún que uno voluntariamente olvide lo que sabe, deje de basarse en la
experiencia y se mantenga abierto a algo nuevo. Hacerlo se llama método
fenomenológico: ver, oír, sentir, retener el juicio, intentar comprender el
sentido completo de lo que se muestra y permitir que la mente piense ideas
nuevas. De este proceso brotan la creatividad y la libertad, la cuales pueden
ser lo más hermoso y lo más detestable que produzca el ser humano; como
humanidad hemos inventado cosas maravillosas y horribles. Sin embargo,
necesitamos inventar si queremos evolucionar, o seríamos robots que repiten las
narrativas que otros nos contaron.
Cuando leemos un libro, nos ponemos en contacto con la
narrativa del autor, quien describe el mundo que ve o imagina y está en su
cabeza. Ahora yo me encuentro a punto de publicar un libro con cinco
narraciones de ficción y estoy consciente de que, no obstante ser invenciones, están
relacionadas con temas que traigo en mi mente. Cuando salga y le haga una
presentación, me encantará invitar a mis lectores.
“Psicología” es una columna abierta. Puedes participar
con ideas, temas, preguntas o sugerencias en psicologa.dolores@gmail.com
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