lunes, 14 de octubre de 2019

ACTUALIZACIONES


La Real Academia Española (RAE) decretó que las palabras “solo” y “este” ya no llevan acento escrito aun si se prestaran a confusión. Por supuesto que no es un asunto trascendental ni de vida o muerte, pero pone de manifiesto la molestia que uno siente  cuando alguien viene y le demuestra que una costumbre ya no sirve, aunque haya costado trabajo aprenderla. 

Un amigo mío dijo: “A mí sí me duele; tardé 5 o 6 años en aprender esa regla de ortografía a base de reglazos emocionales de la miss y la burla de mis compañeros. Igual me pasó con la fotografía: aprendí el proceso de revelar en laboratorio con un tenebroso cuarto oscuro y productos químicos tóxicos similares a los utilizados en Chernóbil,  ¿y para qué? Ahora la fotografía es digital. Nos llegó la modernidad y muchas cosas quedan atrás”.

Cierta señora mayor, con una legendaria incapacidad para adaptarse, sufría porque no lograba hacerse el ánimo a que Blockbuster y el Purgatorio hubieran dejado de existir. 

Es curioso lo que uno puede observar. Una Real Academia a la que asiste y patrocina el rey de España, desde otro continente nos da indicaciones acerca de cómo debemos escribir. Los que nos autodenominamos “cultos”, que en teoría deberíamos ser los más libres, nos “actualizamos en la modernidad” acatando las órdenes de ese rey y esos extranjeros eruditos en ortografía y sintaxis. No cabe duda que estamos acostumbrados a que nos manden y que alguien con autoridad nos indique lo correcto.  

Con las nuevas generaciones pasa lo opuesto: escriben “tqm” por “te quiero mucho”; “ntp” por “no te preocupes”; “grx”, por gracias; “pf” por “por favor”; “bff” por “mejores amigos”; “ntc” por “no te creas”; “idk” o “npi” por “no lo sé”; “x2” por “opino lo mismo”; “gfa” por “mamá o madre”; “nmms” y “alv” por “no” o “no me importa”. ¿Qué sentimos al respecto?

La gran mayoría nos ubicamos como conservadores. Defendemos lo establecido y protestamos contra estas “ofensas al buen lenguaje”, con miedo de que se acaben las buenas costumbres. Y si somos adoradores de la libertad y la evolución, nos alegra comprobar que dentro de un sistema tan rígido como es el idioma, sigue existiendo la innovación.

Con lo anterior no quiero decir que todo lo nuevo es mejor por el hecho de ser nuevo; también existe la involución. Lo que adoro es la libertad o capacidad para discernir, que nos otorga la consciencia.

La libertad y la creatividad tienen sus riesgos: uno nunca sabe qué rumbo van a tomar. Por eso muy poca gente se anima a ser creativa y verdaderamente libre; a los que piensan o actúan distinto, la sociedad les cae encima para castigarlos.

A mí, las abreviaturas de los chavos a veces me chocan y a veces siento admiración por ellas. No me hago la ilusión de que sean auténtica libertad; solo me dan la esperanza de que, por fascista que llegue a ser un ambiente, jamás podrá sofocar la libertad para siempre.

También se puede observar que en el disco duro del cerebro guardamos millares de datos; unos útiles y necesarios para sobrevivir en armonía, y otros inútiles, superfluos, nocivos o verdaderos virus del pensamiento. ¿Acaso alguien enfermó por ignorar la fecha en que nació Morelos?

¿Qué nos irá a pasar si nos encariñamos con lo conocido sin examinarlo, o desechamos lo nuevo por novedoso? Viviremos de repeticiones, como los robots. 

Aunque suene increíble, hay menos probabilidades de caer en el riesgo opuesto: encariñarse de lo nuevo sin examinarlo. A largo plazo, los jóvenes terminan cometiendo los mismos errores que ya cometió alguien antes. A pesar de tantos cambios, sigue siendo más difícil inventar cosas nuevas que repetir las conocidas. 

Me despido diciendo: “¡Xoxoxoxo!” ¿Sonó conocido o novedoso? ¿Correcto o incorrecto?

“Psicología” es una columna abierta. Puedes participar con ideas, temas, preguntas o sugerencias en psicologa.dolores@gmail.com , o al teléfono 7 63 02 51

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