Solemos creer que nuestra personalidad es algo fijo, siempre
la misma, a pesar de tener miles de pruebas de que es flexible, cambiante, acomodaticia
e influenciada por el medio ambiente. No es raro presenciar la mutación de un
jefe adusto y mandón que en su casa sirve de caballito a su hijo o nieto y
tolera que su mujer le grite; o al revés, el hombre o la mujer que con toda la
gente muestra un carácter dulce y conciliador y con los suyos es agrio, enojón
y exigente. Nosotros mismos nos sentimos distintos cuando estamos solos o
acompañados, si vamos vestidos de bata y pantuflas o en traje de etiqueta, a
pie o en auto. Me agrada la expresión de Carl G. Jung cuando se refería a “la
polifonía del yo”. Somos polifónicos.
No existe eso de “tiene mucha personalidad” o “le falta
personalidad”. La personalidad es el estilo peculiar de cada uno para adaptarse
a sus circunstancias, y todos tenemos el nuestro. Dicho estilo, a veces sí y a
veces no, coincide con la manera en que nos ven o con la idea que tenemos de
cómo somos. Por ejemplo, podemos pensar que somos débiles o frágiles y estar
soportando situaciones que requieren fuerza y resistencia, o lo opuesto;
creernos fuertes y no animarnos a tomar determinado riesgo por temor. Son pensamientos
y pertenecen al observador, quien se forma un juicio y cree que así es. Cada uno
de nosotros somos también observadores de lo que hacemos y también emitimos
juicios.
La mayoría de psicólogos está de acuerdo en que el
concepto de personalidad es un “constructo hipotético inferido por los
observadores”; es decir, lo que piensa y cree el que está mirando. Otros opinan
que es un conjunto de hábitos a los que el individuo echa mano con mayor
frecuencia. Están los que atribuyen la personalidad a la forma de educación; es
decir, aprendizaje. Y luego, los que incluyen todo lo anterior.
El medio ambiente influye. Por ejemplo: Hay personas que generalmente
son amables y en cuanto suben a un auto parecen adquirir la “personalidad” de
Hulk: gritan “idiota”, “fíjate por dónde vas”, o utilizan el claxon de manera
agresiva. Conducir les ocasiona estrés y temen ser víctimas de otros
conductores. Conozco a amigas que saben conducir y nunca lo hacen. “Me dan
nervios”, dicen. Un amigo que vino de la Ciudad de México me hizo la
observación que tal vez la continuidad del caos ha permitido a los capitalinos poner
mayor atención a la fluidez del tráfico que al estrés y parecen decir con su
conducta “muévete, pero rápido”, “si cabes, pásale, no hay problema”, “a ver,
uno, dos, tres, ya te fuiste”; en cambio, en León, donde los embotellamientos
son de reciente aparición, las personas aún no aprendemos a ceder el paso y
reclamamos si media cuadra adelante alguien se incorpora en la fila. Esto da la
impresión de que somos poco amables al conducir. También se puede pensar que
somos novatos en los atascos.
¿Te gustaría que en las calles hubiera puestos de control, como el
alcoholímetro, que revisara si manejas de buen humor? Algo como: "¿ha
dejado pasar a otros?, ¿va de buenas?, ¿escuchando música?, ¿no se la ha “refrescado”
a nadie? Maravilloso, mi estimado, que tenga buen día."
En lo personal, yo preferiría tener mi propio “enojómetro” y bajarle de
intensidad voluntariamente hasta donde me sienta feliz, porque opino que la mejor
personalidad es aquella que nos permite ser felices y lo menos molestos posible
para los demás, dentro de las variantes circunstancias de la vida.
Y que qué bueno que la personalidad no es fija, así podemos moldearla a nuestra
conveniencia personal y dejar que pasen un auto o dos para aligerar el
tránsito.
“Psicología” es una columna abierta. Puedes participar
con ideas, temas, preguntas o sugerencias en psicologa.dolores@gmail.com
No hay comentarios:
Publicar un comentario