lunes, 4 de noviembre de 2019

EL LOBO Y LA OVEJA QUE LLEVAMOS DENTRO


Solemos creer que nuestra personalidad es algo fijo, siempre la misma, a pesar de tener miles de pruebas de que es flexible, cambiante, acomodaticia e influenciada por el medio ambiente. No es raro presenciar la mutación de un jefe adusto y mandón que en su casa sirve de caballito a su hijo o nieto y tolera que su mujer le grite; o al revés, el hombre o la mujer que con toda la gente muestra un carácter dulce y conciliador y con los suyos es agrio, enojón y exigente. Nosotros mismos nos sentimos distintos cuando estamos solos o acompañados, si vamos vestidos de bata y pantuflas o en traje de etiqueta, a pie o en auto. Me agrada la expresión de Carl G. Jung cuando se refería a “la polifonía del yo”. Somos polifónicos.

No existe eso de “tiene mucha personalidad” o “le falta personalidad”. La personalidad es el estilo peculiar de cada uno para adaptarse a sus circunstancias, y todos tenemos el nuestro. Dicho estilo, a veces sí y a veces no, coincide con la manera en que nos ven o con la idea que tenemos de cómo somos. Por ejemplo, podemos pensar que somos débiles o frágiles y estar soportando situaciones que requieren fuerza y resistencia, o lo opuesto; creernos fuertes y no animarnos a tomar determinado riesgo por temor. Son pensamientos y pertenecen al observador, quien se forma un juicio y cree que así es. Cada uno de nosotros somos también observadores de lo que hacemos y también emitimos juicios.

La mayoría de psicólogos está de acuerdo en que el concepto de personalidad es un “constructo hipotético inferido por los observadores”; es decir, lo que piensa y cree el que está mirando. Otros opinan que es un conjunto de hábitos a los que el individuo echa mano con mayor frecuencia. Están los que atribuyen la personalidad a la forma de educación; es decir, aprendizaje. Y luego, los que incluyen todo lo anterior.

El medio ambiente influye. Por ejemplo: Hay personas que generalmente son amables y en cuanto suben a un auto parecen adquirir la “personalidad” de Hulk: gritan “idiota”, “fíjate por dónde vas”, o utilizan el claxon de manera agresiva. Conducir les ocasiona estrés y temen ser víctimas de otros conductores. Conozco a amigas que saben conducir y nunca lo hacen. “Me dan nervios”, dicen. Un amigo que vino de la Ciudad de México me hizo la observación que tal vez la continuidad del caos ha permitido a los capitalinos poner mayor atención a la fluidez del tráfico que al estrés y parecen decir con su conducta “muévete, pero rápido”, “si cabes, pásale, no hay problema”, “a ver, uno, dos, tres, ya te fuiste”; en cambio, en León, donde los embotellamientos son de reciente aparición, las personas aún no aprendemos a ceder el paso y reclamamos si media cuadra adelante alguien se incorpora en la fila. Esto da la impresión de que somos poco amables al conducir. También se puede pensar que somos novatos en los atascos.

¿Te gustaría que en las calles hubiera puestos de control, como el alcoholímetro, que revisara si manejas de buen humor? Algo como: "¿ha dejado pasar a otros?, ¿va de buenas?, ¿escuchando música?, ¿no se la ha “refrescado” a nadie? Maravilloso, mi estimado, que tenga buen día."

En lo personal, yo preferiría tener mi propio “enojómetro” y bajarle de intensidad voluntariamente hasta donde me sienta feliz, porque opino que la mejor personalidad es aquella que nos permite ser felices y lo menos molestos posible para los demás, dentro de las variantes circunstancias de la vida. Y que qué bueno que la personalidad no es fija, así podemos moldearla a nuestra conveniencia personal y dejar que pasen un auto o dos para aligerar el tránsito.

“Psicología” es una columna abierta. Puedes participar con ideas, temas, preguntas o sugerencias en psicologa.dolores@gmail.com




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