Cuando yo era niña, la buena educación incluía que nos
enseñaran a contestar “mande usted” si nos llamaban o dirigían la palabra. Un
simple “¿qué?” era mal visto y ameritaba una reprimenda: “¡Cómo qué, se dice
mande usted!”. Mis primos y otros contemporáneos decían “mande”. Todavía, a
veces, se escucha a alguien responder “mande” como señal de buena educación. ¿Tiene
alguna importancia?
Cierto empresario leonés fue a España, allá vivió una temporada y puso un restaurante con empleados
españoles y algunos mexicanos. Los mexicanos (él incluido) contestaban “mande”
y los españoles “qué”. Los socios del empresario lo corregían:
“No contestes así, suena servil. Yo no te hablo
para mandarte nada. Se dice “qué” o “dime” o como sea, pero no “mande”.
¿Por qué a nosotros nos enseñaron así? ¿Qué origen tiene esta expresión? ¿Sería una
manera de inculcarnos que la obediencia y la sumisión eran consideradas
virtudes grandes y deseables?
En pláticas con amigos nos hicimos estas preguntas. Hubo
quienes se inclinaron a pensar que la costumbre quizá provenga de tiempos de la
Colonia, cuando los españoles exigían a los indígenas una actitud de obediencia.
Sin embargo, el “mande” no parecía un distintivo entre clases, pues personas de
nivel socioeconómico elevado, privilegiadas de la fortuna y posibles descendientes de
los conquistadores, también lo acostumbraban al contestar. E igual, en la
escuela lo utilizaban los maestros unos con otros, con los padres de familia, y
lo exigían de los alumnos. Quizá aludía a alguna autoridad superior. ¿El rey?,
¿el papa?, ¿el estado?, ¿la sociedad?
Las cosas que le enseñan a uno de niño se quedan grabadas
en lo profundo del inconsciente y las recuerda no como algo que aprendió sino
como “cosas naturales”. Para cada persona, es normal lo que vio primero en
casa.
Si nos inculcaron el “mande”, alguna consecuencia debe
tener en nuestra vida. Quizá nos parezca natural necesitar una autoridad que
nos gobierne o diga lo que es correcto e incorrecto, bueno y malo, algo así
como un rey, el papa, el estado, la sociedad, la ciencia o un gurú. Solo mediante
el desarrollo valoraríamos el pensar por nosotros mismos.
Hoy, los jóvenes no contestan “mande”. ¿Sería deseable
regresar a aquella costumbre?
No es mejor lo antiguo por antiguo, ni lo nuevo por
nuevo. Y la obediencia no me parece virtud sino vicio. Yo distingo mucho el
colaborar del obedecer.
Uno colabora cuando voluntariamente se suma a un proyecto
y sabe seguir indicaciones de quien tiene la función de dirigir. En cambio, uno
obedece cuando se somete de manera no voluntaria, ya sea porque no está
pensando o porque se siente obligado a hacer algo que no quiere. Esto último de
ninguna manera lo considero virtud, ni siquiera en los niños; en ellos sólo
sería justificable si es protección necesaria de algún peligro.
Tenemos poder y responsabilidad si nos damos cuenta de lo
que elegimos; en cambio, obedecer o someterse sin siquiera notarlo nos deja en
manos de otros, les entregamos nuestro poder. Siempre es mejor experimentarse
uno dueño de sí mismo.
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