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lunes, 18 de noviembre de 2019

MANDE USTED


Cuando yo era niña, la buena educación incluía que nos enseñaran a contestar “mande usted” si nos llamaban o dirigían la palabra. Un simple “¿qué?” era mal visto y ameritaba una reprimenda: “¡Cómo qué, se dice mande usted!”. Mis primos y otros contemporáneos decían “mande”. Todavía, a veces, se escucha a alguien responder “mande” como señal de buena educación. ¿Tiene alguna importancia? 
Cierto empresario leonés fue a España, allá vivió una temporada y puso un restaurante con empleados españoles y algunos mexicanos. Los mexicanos (él incluido) contestaban “mande” y  los españoles “qué”. Los socios del empresario lo corregían: “No contestes así, suena servil. Yo no te hablo para mandarte nada. Se dice “qué” o “dime” o como sea, pero no “mande”.
¿Por qué a nosotros nos enseñaron así? ¿Qué origen tiene esta expresión? ¿Sería una manera de inculcarnos que la obediencia y la sumisión eran consideradas virtudes grandes y deseables? 

En pláticas con amigos nos hicimos estas preguntas. Hubo quienes se inclinaron a pensar que la costumbre quizá provenga de tiempos de la Colonia, cuando los españoles exigían a los indígenas una actitud de obediencia. Sin embargo, el “mande” no parecía un distintivo entre clases, pues personas de nivel socioeconómico elevado, privilegiadas de la fortuna y posibles descendientes de los conquistadores, también lo acostumbraban al contestar. E igual, en la escuela lo utilizaban los maestros unos con otros, con los padres de familia, y lo exigían de los alumnos. Quizá aludía a alguna autoridad superior. ¿El rey?, ¿el papa?, ¿el estado?, ¿la sociedad? 

Las cosas que le enseñan a uno de niño se quedan grabadas en lo profundo del inconsciente y las recuerda no como algo que aprendió sino como “cosas naturales”. Para cada persona, es normal lo que vio primero en casa. 

Si nos inculcaron el “mande”, alguna consecuencia debe tener en nuestra vida. Quizá nos parezca natural necesitar una autoridad que nos gobierne o diga lo que es correcto e incorrecto, bueno y malo, algo así como un rey, el papa, el estado, la sociedad, la ciencia o un gurú. Solo mediante el desarrollo valoraríamos el pensar por nosotros mismos.

Hoy, los jóvenes no contestan “mande”. ¿Sería deseable regresar a aquella costumbre? 

No es mejor lo antiguo por antiguo, ni lo nuevo por nuevo. Y la obediencia no me parece virtud sino vicio. Yo distingo mucho el colaborar del obedecer. 

Uno colabora cuando voluntariamente se suma a un proyecto y sabe seguir indicaciones de quien tiene la función de dirigir. En cambio, uno obedece cuando se somete de manera no voluntaria, ya sea porque no está pensando o porque se siente obligado a hacer algo que no quiere. Esto último de ninguna manera lo considero virtud, ni siquiera en los niños; en ellos sólo sería justificable si es protección necesaria de algún peligro. 

Tenemos poder y responsabilidad si nos damos cuenta de lo que elegimos; en cambio, obedecer o someterse sin siquiera notarlo nos deja en manos de otros, les entregamos nuestro poder. Siempre es mejor experimentarse uno dueño de sí mismo.

“Psicología” es una columna abierta. Puedes participar con ideas, temas, preguntas o sugerencias en psicologa.dolores@gmail.com





lunes, 30 de septiembre de 2019

OPINIÓN PÚBLICA Y SENTIDO COMÚN


“¿Qué fue primero, el huevo o la gallina?” A esta pregunta clásica se parece esta otra: ¿la inteligencia artificial copia a la natural o es al revés, comprendemos más la natural debido a la artificial?

Nuestro teléfono inteligente es capaz de reconocer a una persona o una cosa y darnos información sobre la imagen que capta. ¿Cómo lo hace? Un buen programador podría decirnos cuántos bits de información ocupa cualquier ordenador para reconocer una firma, una huella digital, un rostro o un objeto y con qué tipo de archivos debe comparar su consulta, a fin de darnos una respuesta. Antes de que funcione la inteligencia artificial, hubo un enorme trabajo de acumulación de datos.

Al parecer, las dos inteligencias, natural y artificial, utilizan los mismos elementos: una percepción, un procesador que compara el nuevo conjunto de datos con otros ya existentes, y un resultado que es “traducción” subjetiva del mundo. Por ejemplo: el ojo ve ondas luminosas de color anaranjado que tienen forma redonda,  las “traduce” en impulsos nerviosos que van al Sistema Nervioso, éste los compara con todo lo que ya conoce y determina: es “naranja”, “orange”, “laranja” o lo que haya aprendido antes, y nunca, leíste bien, nunca, puede estar totalmente seguro de que lo que percibió es exactamente lo que está ahí, pues queda un margen para el error. A lo mejor era una bombilla anaranjada o una zanahoria en forma de bola y no las distinguió bien. Luego, la persona investiga con otras que le responden “sí, es naranja” y entonces se siente segura de lo que vio, porque alguien más lo ve igual.

Este procedimiento parece simple y no lo es, porque llega a elaborar abstracciones sumamente sofisticadas. De él depende la cultura. Un gran número de personas aprende a percibir de manera similar. Eso basta para que dicho grupo se crea en posesión de la única verdad objetiva que existe en el universo, y se comporte en conformidad.

Tomemos como ejemplo la idea de “guerra” entendida como un grupo de humanos armados que se disponen a matar y vencer a otro grupo de humanos. A través de la Historia encontramos explicaciones muy dispares de este comportamiento: “La guerra es un recurso indispensable para obtener la paz”, “a la guerra se va por lealtad al propio rey (líder, Dios, presidente, etc.), “se va por patriotismo”, “se va en defensa de la propia dignidad”, “es la mayor irracionalidad del ser humano”...

Generalmente, las formas compartidas de percibir el mundo están compendiadas en lo que se ha dado en llamar “opinión pública” y también “sentido común”. Sin embargo, que mucha gente piense lo mismo no necesariamente significa que están en lo correcto. Dos ejemplos: a principios del siglo XX, incluso los muy jóvenes tenían por sagrado que “una mujer con pantalones no es mujer” y “la patria es primero que mi vida y la de mi familia”. Hoy, estas creencias han dejado de ser opinión pública o sentido común; los jóvenes actuales ni condenan a una mujer que usa pantalones ni están dispuestos a dar la vida por la patria. 

Al contemplar los grandes cambios de pensamiento que se dan entre grupos, naciones y épocas, y cómo dichos pensamientos influyen en la moral, siente uno la tentación de creer que nada es fijo y todo se puede programar, como en las computadoras. Pero hay algo que sí permanece: la capacidad del individuo humano para pensar por sí mismo y tener ideas nuevas, aunque discrepen del sentido común. 

Vayamos al extremo opuesto. Un buen número de personas crean ideas nuevas que discrepan del sentido común. ¿Que sus ideas sean nuevas garantiza que están en lo correcto? No, porque lo nuevo no forzosamente es mejor que lo antiguo. 

La cultura nos inculca millares de conceptos antiguos y nuevos, algunos muy buenos y otros nocivos que nos hacen distintos a los neandertales. Claro que hemos avanzado; pero no siempre hacia lo mejor. Nuestra sociedad está enferma. Tiene violencia, racismos, clasismos, ambición de poder, odios, envidias, celos, codicia y tantos otros síntomas que podríamos enumerar. Dichos síntomas o enfermedades están contenidos en la opinión pública y el sentido común. Sólo la capacidad que tenemos de pensar por nosotros mismos quizá nos libre de enfermar de lo mismo que la sociedad en que vivimos. 

“Psicología” es una columna abierta. Puedes participar con ideas, temas, preguntas o sugerencias en psicologa.dolores@gmail.com

lunes, 22 de agosto de 2016

AMBICIOSOS Y CONFORMISTAS



El tema de hoy está inspirado en las proezas de las Olimpíadas y en aquellos educadores que tienen como lema para sus educandos “te preparo para ser el mejor”.
Es difícil pensar en algo más fuerte y absorbente para un niño o joven que aceptar la obligación de obtener medallas de oro o dieces de calificación, pero nada menos. Plata o bronce no bastan. Nueve, ocho o siete, tampoco. En la tele se vieron lágrimas de deportistas que aspiraban a obtener medalla de oro y debieron “conformarse” con la de plata. Estoy segura que no vimos muchas más lágrimas y decepciones de otros competidores que ni siquiera estuvieron en pantalla. La similitud me hizo recordar las numerosas ocasiones en que México ha participado en campeonatos y no regresa convertido en campeón. La gente comenta decepcionada: “Como siempre, ya merito”.
Si miramos con atención, para alguien que acepta el reto de “ser el mejor” nada es suficiente, puesto que el actual campeón mundial de cualquier disciplina va a ser derrotado por el próximo campeón mundial  y éste por el que le sigue, ¿y luego? ¿Qué sucederá con su persona cuando ya no sea el mejor? ¿Encontrará otro campo en el que vuelva a serlo? ¿Cómo juzgará su propia vida si nunca regresa a ser número uno? ¿Cuáles serán sus actitudes en el caso de que sí regrese?
Continuaré con el tema como si no sospechara que es un tema tabú; nuestra cultura descansa sobre él y otros igualmente intocables. Anticipo a los lectores que lo considero un caso de “doble vínculo”, término técnico que significa situación esquizofrenizante o generadora de locura.
Deslumbra contemplar los grandes logros de esta época en todos los campos: deportivos, científicos, tecnológicos, artísticos, de acumulación de riqueza, de calidad de vida, etc. Mirándolos, uno no puede menos que volverse hacia sí mismo y su medio ambiente, comparar y ambicionar, parecido a cuando vemos que el vecino compró un gran auto de lujo e interiormente desearíamos hacer lo mismo.
He aquí los mandatos que nos endilga nuestra cultura y que yo considero “doble vínculo”. Por un lado, predica la inmoralidad de que unos posean mucho y otros nada o casi nada; y por otro, nos desprecia si somos de los que no poseen, llamándonos conformistas y otros epítetos más desagradables, como si dijera: “debes ser de los mejores. Los mejores son malos o están mal”.
El resultado de este doble mensaje yuxtapuesto es la culpabilidad. Culpabilidad si somos de los afortunados que tienen lo que otros no pueden alcanzar y más culpabilidad aún si nos negamos a renunciar a nuestros privilegios a fin de combatir la pobreza, la ignorancia o cualquier otro tipo de carencias; pero también culpabilidad y otros adjetivos como baja autoestima si fracasamos en “ser el mejor”; es decir, si no conseguimos medallas de oro o campeonatos, no hacemos grandes descubrimientos científicos, no creamos tecnología avanzada ni obras de arte mundialmente famosas, no poseemos acciones de las compañías trasnacionales, no hemos dado la vuelta al mundo y visitado hoteles y restaurantes de cinco estrellas, etc., etc., sino que, por el contrario, nuestra calidad de vida es en muchos puntos deficiente, comparada con la abundancia que admiramos y despreciamos a un tiempo.
¿Por qué escribo sobre el tema si espero que sea puesto en duda? Precisamente, para incitar la duda. Siguiendo con la mención del “doble vínculo”, el primer paso para quedar libre de él consiste en descubrir su perfidia; es decir, darse cuenta de que no deja escapatoria, uno se va a sentir mal si lo obedece y mal si no lo obedece. Si se esfuerza para ser el mejor, le espera una vida de esfuerzo frenético y obsesivo que desemboca en desencanto; si uno opta por no esforzarse tanto le llegará la duda acerca de si es un mediocre o un fracasado.
Pregunta para el lector: ¿qué papel desempeñarían aquí la ampliación de la conciencia (darse cuenta), la libertad y la autonomía?
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lunes, 2 de marzo de 2015

LA EXPERIENCIA DE ESCRIBIR


Hoy por la tarde presentaré mi novela “El que se fue a la villa”. El anfitrión del evento será el Periódico a.m., pues ha brindado sus instalaciones para el efecto. Muchas gracias. Siento su solidaridad para con quienes colaboramos en él, escribiendo.

Para mí, el escribir ha sido una excelente experiencia y psicoterapia. Sacar de mi cabeza una idea, ponerla afuera, en el papel, contemplarla y modificarla hasta que encuentre un buen acomodo, es forzarme a evolucionar. Quizá en algunos años, el acomodo que me pareció bueno ya no me lo parezca, muy bien; cambiamos de pensamientos y creencias poco a poco, en la medida que vamos pudiendo. Y cuando el libro está terminado, presentarlo ante quienes quieran leerlo es como decir: “Yo pienso así”. Esto me proporciona cierta autonomía y la necesidad de fortalecer mi propia seguridad, para resistir las críticas, en ocasiones formidables. También flexibilidad, porque no se trata de afianzarse ciegamente en lo dicho, sino escuchar y permitir que el pensamiento evolucione con el intercambio de ideas. Un libro es siempre un detonador: lanza una visión y recibe multitud de respuestas como: “Cierto”, “no estoy de acuerdo”, “faltaría pensar también en esto o aquello”…

 Otra ventaja que escribir me ha proporcionado es contar con un grupo de escritores para compartir, sentirme entre iguales, estimulada y fortalecida. Terminar un capítulo o un libro me hace exclamar: “Lo hice”. Una tarea terminada, la que sea, es siempre motivo de satisfacción. El grupo ayuda a no rendirse.

Por otro lado, estoy convencida que las personas somos, cada una, como la historia que nos contamos acerca de nosotras mismas. Cambiamos cuando aprendemos a contarnos una nueva trama que podemos creer, distinta de las acostumbradas. Ésta puede ser trágica: “Yo antes era muy alegre, pero ya no”, “vamos de mal en peor”…; y también optimista: “Era un desastre y hoy me siento plena”, “cada día estoy mejor y mejor”… Las historias que nos contamos se modifican constantemente.

Escribiendo o no, las personas cooperamos con nuestra inspiración en la tarea de construir el mundo en que vivimos. Imagino la inspiración como su significado literal de llenar los pulmones; aspiramos un bocado del aire o del conocimiento de la época, lo llevamos al interior, luego, al exhalarlo, entregamos y compartimos con los demás las elaboraciones de nuestro pensamiento. Tú, querido lector, ¿has pensado en escribir un libro, o artículos pequeños para Internet? No importa que todo mundo escriba, estarás compartiendo algo de tu alma. Ignoras en quién tendrá resonancia. Es bonito. Te invito a hacerlo.

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