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lunes, 3 de agosto de 2020



3 OPTIMIZAR NUESTRA SALUD MENTAL EN TIEMPOS DE PANDEMIA Parte 3

Es un placer reencontrarnos y continuar con el tema “optimizar”; es decir, buscar la mejor forma de hacer algo con los mejores resultados, en esta pandemia. 

En artículos anteriores hablamos de las tareas que todo humano realiza en su vida y describimos desde la infancia hasta la adolescencia. Hoy terminaremos el tema y veremos las etapas 6, 7 y 8, desde el muy difícil cambio que constituye el paso de adolescente a adulto joven, hasta la vejez.

Etapa 6. De 20 a 30 años, joven Adulto. En la actualidad es posible que sea de los 25 a los 35 años. Tarea: Intimidad versus aislamiento. El psiconálisis lo llama momento de la genitalidad, y consiste en la capacidad de desarrollar una relación sexual saludable, con un partícipe amado, con quien pueda y quiera compartir con confianza mutua y regular los ciclos de vida de procreación,  trabajo y ocio. Es el paso del “yo soy” al “nosotros somos”. Su virtud es el amor. 

El reverso de esta situación es el aislamiento afectivo, distanciamiento, individualismo, egocentrismo sexual y psicosocial o ambos; no querer amar ni “sacrificarse” en el ejercicio profesional. 

El confinamiento y el desempleo afectan a los de esta etapa en el sentido de exigirles el doble de esfuerzo que en circunstancias “normales”. Optimizar aquí significa no perder de vista el amor. Es posible que de esta contingencia salga una generación de adultos especialmente fuertes, solidarios y de gran confianza en sí mismos, por haber superado la adversidad. 

Etapa 7. Adulto: de 30 a 50 años. En la actualidad, posiblemente hasta los 65 años. Tarea: generatividad versus estancamiento. La generatividad es, fundamentalmente, el cuidado y la inversión en las nuevas generaciones; la formación de los propios hijos, los hijos de otros y la sociedad. Es la etapa de la productividad y creatividad, del desarrollo de nuevos productos por el trabajo, la ciencia y la tecnología, y de nuevas ideas para el bienestar de las nuevas generaciones. Esto representa la fuerza de desarrollo de la vida humana, o su extinción. 

Siempre que la fuerza generativa fracasa, surge un sentimiento de estancamiento, depresión y narcisismo que imposibilitan la eficiencia del amor (vida matrimonial) y del trabajo (profesión). Puede desembocar en autoritarismo, por el uso exagerado del poder generativo al tratar de imponer las propias ideologías en la vida familiar y profesional. 

Optimizar, en esta edad, consiste en conocer y comprender las necesidades y tareas humanas de cada etapa y coadyuvar para que sean logradas, fortalecer el sentido de la vida y la esperanza, incrementar hábitos de vida saludable y mantenerse fuertes  interna y externamente. La virtud de esta etapa es el cuidado solícito.

Etapa 8. Después de los 50 años según Erickson; actualmente, la “tercera edad”. Tarea: integridad versus desesperación. Integridad significa la aceptación de sí mismo, del propio estilo y de la historia personal (con sus procesos psicosexual y psicosocial) como contribución significativa a la humanidad. De aquí surge la combinación emocional de confianza y autonomía, tanto para sí  como para las nuevas generaciones, ante las cuales se presenta como modelo por la vida vivida y por la muerte que tiene que enfrentar. La experiencia que resume su trabajo es la del amor universal y su virtud es la sabiduría, que recuerda el saber acumulado durante toda su historia, la capacidad de juicio maduro y justo, y la comprensión de los significados de la vida. 

La falta, pérdida o debilidad de la integración se manifiesta en el sentimiento de desesperanza, el temor a la muerte, el desdén y el dogmatismo coercitivo. 

Optimizar, en esta edad y contingencia  sanitaria, significa que la persona envejece con sabiduría y dignidad, es capaz de mantenerse conectada sin salir de casa y experimenta el confinamiento como un momento de calma y reflexión, sabe esperar y tolerar confiando en que esta crisis va a pasar y la vida vendrá con nuevos dividendos.

Agradezco la colaboración de la  Psic. Irma Campos Escalante, directora del Instituto de Desarrollo Humano de León, A.C.

“Psicología” es una columna abierta. Puedes participar con ideas, temas, preguntas o sugerencias en psicologa.dolores@gmail.com




lunes, 10 de febrero de 2020

UN HIJO VUELVE A CASA

Mucho antes, hubo una despedida cuando el hijo (él o ella) se fue del hogar por matrimonio o para emanciparse. Los papás debieron pasar una temporada de adaptación extrañándole, deseándole éxito y felicidad desde el corazón, recordando episodios de la infancia o más recientes para consolarse de que ya creció y le llegó el momento de abandonar el nido. Luego, crearon rutinas para una nueva normalidad. Y un día, ese hijo o esa hija regresa a casa pidiendo quedarse. Ya no es lo mismo para nadie.

Me contaba una señora viuda cuyo hijo llegó una noche, después de 7 años de haberse marchado, a pedir hospedaje. Lo acompañaba la novia. Y él no le pedía permiso; le exigía ser recibido con atenciones. “Soy tu hijo, ¿no?”, era su argumento. Él y la novia necesitaban cenar y dormirían en el cuarto que era el suyo antes de irse. “Me deja como fuera de la realidad”, decía la señora. “Él no pide ayuda, no se disculpa, no da las gracias, no admite normas”. 

¿Qué hacer cuando un hijo adulto regresa a casa y pide volver a ser hijo de familia? Quizá lo primero es no olvidar que ya es adulto y, por lo tanto, responsable de sí mismo. Acogerlo como se haría con una criatura de 8 años sería faltarle al respeto. 

A un adulto no lo mantienen sus padres ni le atienden las necesidades de higiene, alimentación y vivienda. Tampoco toman decisiones por él: “Deberías trabajar en tal cosa”. 

Con un adulto se hacen convenios. “Ofrezco que permanezcas aquí hasta tal fecha y te tocaría colaborar con esto y esto en los gastos de la casa”. “Aquí las normas las pongo yo y son esta y esta, ¿puedes adaptarte?”. “El espacio que puedo brindarte es tal; estos otros espacios son míos, calcula si puedes comprometerte a respetarlos”...

La mayoría de los padres sienten lo anterior demasiado agresivo, aun si se utilizaran palabras más suaves. Igual los hijos. Por lo general, ni unos ni otros se atreven a tratar estos temas tan básicos con claridad y los conflictos llegan pronto, por trivialidades como la hora de levantarse, usar el baño, qué cosas comer o a qué personas recibir. Los papás piensan: “Viene mi hijo, o mi hija, triste, herido, desilusionado, tal vez sintiéndose derrotado, y no quiero ponerle más carga sobre sus hombros. Es hora de tomarlo entre mis brazos y consolarlo”. Y sí, hay que tomarlo entre los brazos y consolarlo, pero no ayuda olvidar que se trata de un adulto y necesita enfrentar las exigencias de la vida. Eso suele doler.

Uno de los grandes errores de los padres consiste en querer proteger al hijo de los sufrimientos que trae la vida. Error imposible: se le protege de un tipo de sufrimiento y surge otro. El hecho mismo de considerarlo incapaz de ser fuerte le da un mensaje de debilidad: “Yo lo hago por ti porque tú no podrías”. Y los mensajes de los padres son rotundos, el hijo los asimila sin darse cuenta y cree: “Es cierto que no puedo”. Entonces, no puede.

En mi libro “Lo mejor de lo peor” dedico un capítulo entero a los problemas. Los llamo “retos”. La vida nos reta a crecer, sobrevivir, mantenernos sanos, crear algo en favor de la humanidad y conferirle un sentido a nuestra vida, porque si no le damos nosotros mismos el sentido, la vida parece inocua, sin finalidad. Generalmente, encontrar solución a los problemas que se nos presentan nos hace sentir que importamos. 

Cada problema trae escrito el nombre de su destinatario y nadie que no sea el dueño puede solucionarlo. Esto incluye a los padres respecto a sus hijos adultos. Las tareas de crecer y desarrollarse son como la de comer; cada uno debe alimentarse de buen grado. Si no lo hiciera, en vano le inyectarían nutrientes a la fuerza; ha de llegar el momento en que coma por sí mismo. Sería extremadamente triste que sobreviviera por años con alimentación artificial.
“Psicología” es una columna abierta. Puedes participar con ideas, temas, preguntas o sugerencias en psicologa.dolores@gmail.com 







lunes, 19 de noviembre de 2018

PORNOGRAFÍA


Mi esposo y yo tenemos 22 años de casados. Un día él perdió su teléfono y compró otro. Después me lo encontré y se me hizo raro que el nuevo aparecía en línea y escribiendo en horas de trabajo. Luego, que voy viendo sus direcciones de pura pornografía. Pero él lo negó. Sentí molestia, coraje y angustia y le dije “búscame a mí, ahora yo ya tengo más tiempo”. Yo nunca lo buscaba porque no me gusta ser la que empieza. Él más antes tuvo problemas de erección, ya no, en eso estamos mejor, pero me frustra que no me diga la verdad y me da miedo que se le haga como su droga. ¿Me recomienda llevarlo con un psiquiatra?

OPINIÓN

Estoy entendiendo que ustedes dos habían sido bastante “secos” durante 22 años e imagino que las cosas sucedieron así: él se dio cuenta que estaba teniendo problemas de erección y se buscó un método para probar si siempre o no siempre. Debió practicar algunas veces y descubrir algo. Andaba en busca de una solución que lo rehabilitara ante tus ojos y los suyos. Tomó sobre sí la tarea de encontrar dicha solución pero no podía decirte su método porque no sabía cómo reaccionarías.

Tienes el mérito de que, cuando lo descubriste, reaccionaste de la mejor manera posible diciéndole: “Búscame a mí”. Afortunadamente se encontraron, después de tantos años.
La opinión que voy a darte no te va a gustar y tampoco le gustará a mucha gente. Yo creo que debes agradecerle a la pornografía que tu esposo la viera, que tú lo descubrieras y que, a causa de ella, tú hayas decidido a buscarlo a pesar de que no te gustaba ser la primera, y al final, que él te respondiera bien en este sentido.

¿Lo anterior significa que yo recomiendo la pornografía para solucionar problemas sexuales? De ninguna manera; sería como recetar aspirina para todo tipo de problemas físicos. Que haya habido un buen resultado en este caso particular dependió de la buena disposición de tu esposo y de la tuya;  ambos deseaban estar bien. Estoy suponiendo esto último porque la gente no se pone bien si no quiere estar bien, y ustedes mejoraron.

¿Están solucionados todos sus problemas de pareja? No; pero tampoco es imposible que estén en vías de solución, porque cuando alguien se abre al aprendizaje, aprende lo que desea aprender. Los hechos indican que ustedes desean aprender a convivir bien, o no habrían reaccionado tan positivamente hacia estar mejor.

Por otro lado, es evidente que tienes miedo que él continúe por ese camino y deseas hacer algo para detenerlo e impedírselo. No puedes hacer nada. Él es un adulto que tomará esa decisión en el momento oportuno. O no la tomará. Tú ya hiciste lo que podías hacer, decirle que te buscara a ti. Más allá no llega tu poder. Es una ilusión pensar que tenemos poder para hacer que otros cambien. Si uno se pone muy estricto, el otro opta por hacer en secreto lo que quiere hacer. Felicidades por su nueva etapa. 

Me causa gracia que preguntes: “¿Me recomienda llevarlo con un psiquiatra?”. A un niño se le lleva a comprar un helado; a un adulto se le pregunta y se le pide opinión. Él no va a hacer lo que tú quieras. Y si acaso lo hiciera, se encargaría de demostrarte que la medida es inútil.

“Psicología” es una columna abierta. Puedes participar con ideas, temas, preguntas o sugerencias en psicologa.dolores@gmail.com 



martes, 27 de junio de 2017

LO MARAVILLOSO DE SER VIEJO




En días pasados me reuní con algunas compañeras a desayunar. Después de la charla, cuando nos despedimos, me sentía extremadamente feliz de ser vieja.

Platicamos sabroso. Constatamos que no para todos los viejos es maravilloso serlo; tienen puesta su mirada en el pasado; sufren demasiado por haber dejado atrás los años de juventud, la piel tersa, los músculos poderosos, el protagonismo social, las carreras y angustias de los múltiples dilemas por solucionar. No se hacen el ánimo a aceptar el tiempo extra que se les concede para vivir para sí mismos y hacer todo y sólo lo que les gusta.

Un viejo feliz ha preparado su felicidad pagando precios muy altos. Ha trabajado duramente en sí mismo y continúa haciéndolo. Sus pensamientos son más o menos así:

Muy bellas la adolescencia y la juventud, pero ya pasaron. Pagué el precio y seguí con lo que seguía (tarde o temprano me alegré de que otros adolescentes y jóvenes llegaran a ocupar mi lugar y desplazaran mi música, mis modas, mis héroes…).

Hermosa la edad adulta, pero ya se fue. Pagué y sigo pagando el precio agridulce de ver a los hijos crecidos, haciéndose cargo de lo suyo, en un mundo que es demasiado diferente a aquel mío, en donde yo estaba a cargo. 

“Eso ya no se usa”, me dicen. Pago el precio y callo, respeto que hagan las cosas de otro modo, el suyo, incluso cuando creo que no funcionará. Me hago a un lado. ¡Muy caro! Sufro con el desplazamiento y debo ocuparme en reparar mi corazón, porque lo necesito alegre y funcional. Comprendo que ahora sólo soy protagonista de mi propia vida. Me dedico a buscar cómo hacerla bella y fecunda.

Encantador y comodísimo ser hijo, pero he pasado a ser la generación vieja de la familia, la de padres y abuelos. ¡Qué alto precio! Mis papás me miran desde el cielo. Ya no pretendo reclamarles nada, muchas de sus conductas se aclararon en mi mente cuando me vi forzada a tomar el “lugar de honor” o “departamento de quejas”. 

“Mamá, papá, tu no debiste…”. Pago. Comprendo que mis hijos son más jóvenes y aún conservan la ilusión/anhelo de que sus padres les entregáramos la vida resuelta. No los condeno. Tampoco trato de convencerlos. Ni de consolarlos. Sólo espero. La vida sola se encargará de darles sabiduría, si saben pagar los precios. Tendrán una vejez maravillosa, o tal vez no; algunos viejos opinan que es horrible ser viejo.

Lo maravilloso de ser viejo es haber terminado con los deberes y vivir a placer lo que a uno le gusta. Es saber cómo recibir con buen humor la vida como viene. Es creer en pocas cosas y no tener interés en defenderlas. Es asimilar que la propia opinión no surte efecto sobre nadie y si acaso lo hace, es apresurarse a liberar al hijo o a quien la escucha para que sea capaz de hacer lo que desea hacer. 

¡Qué maravilloso es ser viejo!

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lunes, 4 de abril de 2016

DAR LAS GRACIAS



Es difícil exagerar la importancia de saber dar las gracias. ¿Gracias a quién? A la fuente de un beneficio: los padres, los hijos, la pareja, los amigos, los vecinos, el jefe, el gobierno, el franelero, los campesinos, los maestros, los científicos, la naturaleza, la vida, Dios…
Para ser agradecido se requiere humildad. La humildad es la verdad. El humilde sabe que necesita de los demás; el no humilde sufre humillación cuando tiene que pedir y recibir. “¿Yo qué te pido?”, dice la soberbia. “Quiero hacerlo yo solo”, dice el niño que comienza a caminar, olvidando que a su alrededor hay manos solícitas cuidando sus pasos. Y cuando logra trepar a la silla o subir el escalón, no dice “gracias, mamá” o “gracias, papá”, espera ser felicitado por su proeza y no le reconoce méritos a nadie, sólo a él. Eso está bien en los primeros años de vida, pero después, hay que reconocer el continuo intercambio que nos hace humanos. Ninguno de los raros ejemplares de salvajes que se han descubierto, crecidos sin familiares, tipo Tarzán, lograron el buen desarrollo de su potencial.
Las personas agradecidas tienen los ojos muy abiertos y ven; las no agradecidas prefieren cerrarlos y no darse cuenta de lo que reciben. Peor si  tampoco quieran darse cuenta de su falta de gratitud, entonces recurren a la arrogancia y critican el don, encontrando en él todos los defectos posibles; se les sirve una comida y la encuentran fría, grasosa, agria, fuera de hora, en platos feos, mal presentada, en un mantel de pésimo gusto, etc., etc.
¿Por qué nos resulta difícil dar las gracias? “No me gusta deberle nada a nadie”, solemos decir y está bien, siempre y cuando reconozcamos el bien recibido y correspondamos a él, o por lo menos expresemos gratitud. Lo contrario es como sacar una prenda del almacén y no pagar su precio. Es arrogancia, merecimiento infundado. Cuando alguien cae preso de la arrogancia, prefiere robar, sufrir, sentirse víctima, pasar necesidades o cualquier cosa desagradable, pero no agradecer. Me ha tocado escuchar a  divorciados que no recuerdan con gratitud un solo momento agradable de su ex pareja, no le dicen por ti supe lo que es encariñarse, estar casado, ser padre o madre… he oído a hijos que hablan pestes de sus padres y jamás aceptan una llamada, un apoyo o una idea de ellos para no tener que reconocer que también les dieron cosas buenas…  a ex empleados que detestan antiguos empleos y compañeros de trabajo como si la convivencia no les hubiera servido de nada. Y tienen razón, los regalos que no se toman son inútiles. No se toman para no tener que dar las gracias.
El adulto seguro de sí acepta y recibe con gratitud cuanto la vida le da. La prosperidad está íntimamente relacionada con saber recibir, ser recipiente y tener recipiente en donde guardar lo que uno aprecia. Sin recipiente, puede uno sacarse la lotería y en poco tiempo estar más pobre que antes o heredar una fortuna y dejar que se le escurra entre los dedos. No importa el tamaño del don, se irá si no se le toma, se le guarda, se le corresponde y agradece. Cada uno de nosotros puede saber si es buen recipiente imaginando primero que recibe de golpe muchos millones y enseguida pillando los pensamientos que se le vienen a la mente: yo lo daría a los pobres, ayudaría a mucha gente, me dedicaría a gastarlo, me dedicaría a viajes, diversiones, vino, mujeres y canto, me volvería vicioso, cambiaría de amistades… o me alegraría y daría las gracias.
También podemos saber si somos agradecidos si apreciamos lo que la vida nos va dando: amores, amigos, un domicilio, un hogar, compañeros de trabajo, cosas simples y cotidianas… opuesto a ver todo tan defectuoso que no tengamos motivo para dar las gracias.
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