Con la palabra “autoritario” solemos evocar la imagen de
una persona mandona que exige sumisión y obediencia. No siempre ponemos
atención en que dicha persona necesita a quienes mandar. Los dominados y sometidos
forman parte de esta danza y también son autoritarios, en el sentido de que
comparten la manera de pensar; el autoritarismo es una visión vertical y
jerárquica de las interacciones humanas.
De acuerdo con lo anterior, autoritario no es aquel que tiene
autoridad, sino los que profesan la creencia de que los humanos necesitamos
dominarnos unos a los otros. Aquí el énfasis va en “necesitamos”, pues no se
refiere a convenios voluntarios sino a la calidad de las personas; unas
superiores y otras inferiores, nacidas para estar arriba o abajo, mandar o
someterse.
El sueño de todo autoritario es ser el que manda, estar
arriba y forzar a otros a hacer lo que él diga, ya sea mediante un rango o a
través de la manipulación. Así esté subido en un pequeño tabique, eso le es
suficiente para sentirse autorizado a maltratar a los que puede. Quizá sea un
simple portero de dos viviendas, traiga placa de policía o tenga una empresa;
habla grueso, impone su capricho y utiliza a otros para sus fines, aunque solo
se trate de inflar su ego: “Por aquí usted no pasa”, “no sabe con quién
está hablando”.
La persona autoritaria está convencida de que se necesita
un líder, caudillo o persona autorizada que indique lo permitido o prohibido.
Se adhiere a lo que este diga. Se somete y lucha para que otros también se
sometan. No cree en el valor del individuo. Nada de libres pensadores autónomos
que se arroguen el derecho de opinar por sí mismos o sentirse responsables de
su propio bienestar. Suele decir: “¿En base a qué autoridad opinas así?, ¿en la
tuya propia? ¡Bah, eso vale muy poco! Aquí las cosas son así”.
Puesto que una comunidad autoritaria está convencida de
necesitar un líder fuerte, lo crea. Luego, lo adora, le atribuye
características sobrehumanas, lo defiende contra los disidentes que no quieren
rendirle pleitesía y finalmente cataloga a estos como malos, enemigos a los que
hay que destruir (en las familias autoritarias, el desobediente es “oveja
negra”).
No es extraño que en muchos países hayan existido
gobiernos totalitarios, encabezados por un líder al que otros autoritarios
siguen ciegamente, por mucho que sufran sus respectivos pueblos.
Mussolini usó por primera vez el término
"totalitarismo" y lo expresó en el eslogan "todo en el estado,
todo para el estado, nada fuera del estado, nada contra el
estado".
Un refrán popular asegura que “de músico, poeta y loco,
todos tenemos un poco”. Podríamos añadir: de autoritario, también, por la
influencia cultural.
Hoy que estamos en cuarentena, cada uno podemos descubrir
qué tan autoritarios somos y cuál es la motivación de nuestra conducta,
preguntándonos: ¿Me quedo en casa voluntariamente, porque considero es lo mejor
para mí o para otros, o porque me amenazan con una multa? Y cuando veo a los
que salen y siguen trabajando, ¿confío en que tienen motivos importantes, o me
gustaría que alguien los recluyera por la fuerza, como en los países que los
han obligado a palos?
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