Bienvenido a mi blog. Soy mujer, divorciada, madre, abuela y también psicóloga. Deseo que encuentres algo que te guste.
lunes, 23 de noviembre de 2020
EL PROPIO CUERPO
Cuando nacemos, nos es dado un cuerpo pequeñito, de bebé, dispuesto a vivir, crecer y adquirir múltiples habilidades. Es nuestro “pasaporte” para permanecer en el planeta. Cuando deje de funcionar, abandonaremos el mundo de los vivos. ¿Qué tanto cuidado y amor deberá merecernos este “pasaporte”? Todo el que podamos. Amarlo forma parte de nuestra autoestima, pues aun si creyéramos que no somos solo cuerpo, él seguiría siendo el centro de operaciones donde se realiza todo pensamiento, palabra u obra que sean nuestros.
Es triste que en ocasiones no podamos amar a nuestro cuerpo y decimos: “Detesto mi nariz”, “odio esta barriga”, “¡qué pies tan horrorosos me tocaron!”. U olvidamos nutrirlo, darle agua, ir al baño, ejercitarlo, mantenerlo limpio y acicalado, dormir el tiempo necesario, abrigarlo, ponerle ropa cómoda. Por el contrario, en ocasiones le ponemos corsés que no lo dejan respirar, lo sometemos a dietas de hambre, lo obligamos a ingerir venenos como comidas chatarra o drogas, a trabajar aunque esté cansado, o lo sometemos a torturas que no le agradan.
Como pasaporte para estar aquí, sería excelente que lo amáramos incondicionalmente, tal como es, aunque hubiera nacido con una pierna torcida o sin ella, con los ojos bizcos, una joroba o cualquier otro defecto físico. Y con amor procurarle todos aquellos cuidados, aditamentos, prótesis, cirugías o lo que sirva para que esté lo más confortable posible. Y aquí viene la primera pregunta (hoy me propongo dejar más interrogantes que respuestas): ¿Cuál es el criterio límite para hacerle cambios a nuestro “pasaporte”?
De pasada quiero recordar lo que he repetido en otras ocasiones: sin amor, el intelecto puede llegar a grandes aberraciones. Continuemos.
La morena quiere ser rubia, la de pelo rizado se alacia; la gorda sueña con estar flaca y el flaco con verse musculoso; los chaparros usan tacones y los altos se joroban para estar al nivel de los demás. La lista puede extenderse. ¿Cuál es el criterio de estos cambios?, ¿son falta de amor por el propio cuerpo o simple diversión? ¿Quizá sean maneras de conseguir ser amados por otros? ¿Ayudan a la salud corporal o la estropean?
En teoría, deberíamos tener amor al cuerpo todos los días hasta el final de nuestras vidas. En la práctica, solemos pensar: “lo amaré cuando adelgace”, “cuando deje de temblar y estar nervioso”, “cuando sea atractivo y consiga novia (novio, esposo, amante)”, “cuando tenga un hijo”, “cuando se le quite el acné”. ¿El amor por el propio cuerpo es una decisión de “me amo hoy tal como soy”, o debe ser un sentimiento como cuando nos enamoramos?
Vi en Netflix la serie “Cien días para enamorarnos”. Allí, entre otros temas, una adolescente se aplana los senos en secreto con una venda apretada. “No me gustan, los odio”, exclama cuando es descubierta. La expresión no me pareció de gran amor por el cuerpo. Seguí viéndola. Más adelante, la chica declara que no le gusta ser mujer, y posteriormente se autodefine “trans”. La serie muestra los conflictos que su afirmación desencadena, unos la aceptan y otros la agreden, pero en ningún momento se menciona el asunto del amor por el propio cuerpo. La serie tampoco muestra la serie de intervenciones quirúrgicas y medicamentosas a que ese cuerpo sería sometido para un eventual cambio de sexo. ¿Es amor?
Queda, pues, una cuestión importante: ¿Sí, o no, es verdad que nuestro “pasaporte” para estar vivos merece amor incondicional, o que nos sentiríamos mejor si le pusiéramos condiciones para amarlo?
“Psicología” es una columna abierta. Puedes participar con ideas, temas, preguntas o sugerencias en psicologa.dolores@gmail.com
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
No hay comentarios:
Publicar un comentario