lunes, 2 de noviembre de 2020

LOS MUERTOS

Todos tenemos a personas amadas que ya no están aquí. Dejarlas ir es muy difícil. El día de muertos parece reunirnos con ellas de nuevo al recordarlas con mayor intensidad, visitar sus tumbas, preparar los platillos que preferían, comprarles flores, regalarles una misa, mirar sus fotografías y tantos otros detalles con que honramos sus memorias. Los muertos ya traspasaron una puerta que nosotros deberemos cruzar algún día y que cada uno la imaginamos distinto. La idea que nos formamos de esa puerta y lo que sigue después suele ayudarnos a vivir mejor o más mal, aun a sabiendas de que lo que creemos saber del más allá no puede ser demostrado; son solo anhelos, aspiraciones, creencias o realidades que se niegan a brindar pruebas empíricas de su existencia. Para la persona que cree en que su ser querido muerto sigue aquí de manera invisible, lo acompaña a todas partes, lo escucha, lo cuida y le concede favores, el no poder verlo y solo sentirlo es menos desgarrador que para quien cree que su ser amado se ha convertido en nada y jamás lo volverá a encontrar. Personas me han dicho: “Claro que me gustaría creer en otra vida, pero no puedo”. Y es verdad, no pueden. En mi interior lamento verlas privadas de ese consuelo. La fe suele ser un regalo que recibimos a través de nuestros padres o alguien muy querido. A veces nos llega mediante una experiencia desoladora. También personas me han dicho: “Ese consuelo es falso, ¡menuda sorpresa van a llevarse los crédulos cuando lleguen y no hay nada!”. Entonces yo pienso y a veces lo digo: “No habrá sorpresa. Si, como dicen, no hay nada, ninguna consciencia estará allá para decepcionarse; sin embargo, la creencia les sirvió de consuelo en vida. Y si, en cambio, hay algo, no existe motivo para decepcionarse”. Otras personas, que dicen amar la objetividad, aseguran: “No acepto basar mi vida en mitos y mentiras”. Con ellas no digo nada, solo pienso: “Nuestras vidas están basadas en millares de mitos y creencias que crearon personas que ya no están en el planeta y que jamás podremos demostrar como ciertos, pero nos sometemos a ellos sin chistar”. Por ejemplo: ¿por qué está prohibido comer carne de gato o de caballo?, ¿en qué es mejor que los hombres traigan el cabello más recortado que las mujeres?, ¿es más acertado el idioma español donde el sol es masculino, o el francés en que es femenino?, ¿las fronteras son provechosas para los humanos en el lugar donde están trazadas? La lista de creencias a las que nos sometemos es inacabable. Recibir en el pensamiento con amor el recuerdo de nuestros seres queridos siempre ejerce alguna influencia en nosotros. Influencian al sentirnos pertenecientes a algo más grande que la muerte, influencia de gratitud por lo vivido con ellos, de comprobación de la vitalidad del propio corazón que fue capaz de amarlos, de reconocimiento de que a pesar de la brevedad de la existencia es posible hacer cosas trascendentales (nuestro propio cuerpo, por ejemplo), convencimiento de que podemos mantenerlos vivos mediante la memoria y la propia vida. Los muertos nos anteceden. El lazo de amor que lograron crear durante su existencia necesita ser perpetuado o tal vez perfeccionado en la nuestra. Sugiero un brindis en honor de los que hicieron un lugar para los que todavía estamos aquí. ¡Salud! “Psicología” es una columna abierta. Puedes participar con ideas, temas, preguntas o sugerencias en psicologa.dolores@gmail.com

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