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lunes, 12 de noviembre de 2018

MASTURBACIÓN


Pido un consejo para con mi hijo de 13 años que seguido amanece con su ropa sucia, yo creo que se la pasa toqueteándose. Me preocupa que agarre ese vicio.

OPINIÓN

Tu pregunta es sobre un tema tabú en nuestra cultura occidental. También los tabúes se aprenden.

Los humanos hemos tenido que aprenderlo todo y siempre a base de repeticiones. Aprendemos toda la vida. De bebés tardamos mucho en localizar nuestras manos y mucho más en saber que tenemos dos y no una ni cuatro. Debimos aprender a usarlas y a diferenciar entre las sensaciones de cuando tocábamos la cuna, el sonajero, la otra mano, el pie, la barriga, la oreja o a otra persona. Mayor complejidad tuvo aprender a sentarnos. Luego, hacer solitos. Después, caminar. Más tarde, hablar, lo cual nos exigió distinguir entre hacer gorgoritos y producir determinados sonidos propios del idioma. Y seguimos aprendiendo: un cantante asiste a clases de canto para ejercitar sus cuerdas vocales, un deportista entrena, un actor ensaya. Siempre aprendemos, cosas excelentes, buenas, útiles, inútiles, tontas, nocivas... Así conformamos nuestra personalidad. La repetición de un evento hace más predecible que éste vuelva a suceder. 

Cada aprendizaje es un reto. Todo niño aprende a identificar las ganas de ir al baño. Debe saber por dónde salen la orina y el excremento y qué músculos hay que activar a fin de no ensuciar su ropa, solo entonces aprende a hacer pipí y popó en el lugar adecuado. Si es varón, realiza miles de ejercicios variados orinando sobre animales, cosas anchas y angostas o desde alturas, y compite con otros varones a ver quién lanza el chorro más lejos. Su necesidad de aprender lo hace querer conocer bien esta función. Está diferenciando las sensaciones y, también, calibrando su propia capacidad y límites; tarde o temprano descubrirá que no puede enviar el chorro a 100 metros.

Durante este entrenamiento, el varoncito aprende a “saber” si su cuerpo es bonito, feo, digno de aprecio, detestable, vergonzoso, etc., según la información que haya recibido y que no necesariamente fue hablada. Podría ser que lo regañaran diciéndole: “Muchacho cochino, tápate eso tan feo”. Todo lo aprende. Puede darse el caso de que él concluya que sería mejor que no tuviera pene, o que este sirve sólo para orinar, o sabrá Dios qué.

Durante este montón de repeticiones distintas, las neuronas trabajan en registrar y mecanizar todo a fin de que la persona no tenga que detenerse en cada fracción de movimiento y ordenar a los músculos lo que deben hacer. De lo mecanizado se encarga el subconsciente. Tenemos montones y montones de aprendizajes guardados que no necesariamente reconocemos ni recordamos conscientemente.

El aprendizaje nunca termina. Se completa uno y llega otro. Más complicado que el control de esfínteres es, en los varones, aprender a conocer las diversas funciones de su pene, como la de eyacular. Él va a necesitar explorar su pene, jugar con él, estimularlo, descubrir cómo lo siente cuando está flácido, medio erecto o en plena erección, cómo es eyacular y de qué maneras puede posponer esta acción para hacerla no de cualquier manera y en cualquier parte ni a cualquier hora. Y que cuando suceda, para él sea placentera. Para eso necesita repetición, práctica. No es necesario que el chico sepa intelectualmente lo que sucede, sino que suceda. Hay chicos que necesitan millares de repeticiones para ponerse en forma y a cargo de su buen funcionamiento sexual.

Durante una eyaculación, secreciones uretrales y prostáticas, junto con el esperma, deben salir por el meato urinario. Para esto, antes deben haberse cerrado el esfínter interior de la vejiga y el exterior de la orina. Si estos mecanismos fallan, puede ser que no haya eyaculación, que la haya pero sin esperma, o que ésta vaya a parar a la vejiga y salga con la orina. 

Suena extraño, pero hay hombres que no han aprendido a eyacular, que les duele hacerlo, que no pueden controlar el tiempo y se corren demasiado rápido, o que sienten fobia de que su pene esté “encerrado” en una vagina. Tienen “pendiente” ese aprendizaje.

Los seres humanos somos un maravilloso equipo de aprender. Lo aprendemos todo. Y creo que tú ya sabes la respuesta a tu pregunta, la tienes en tu corazón y sólo necesitas reconocerla.

“Psicología” es una columna abierta. Puedes participar con ideas, temas, preguntas o sugerencias en psicologa.dolores@gmail.com , o al teléfono 7 63 02 51


lunes, 25 de abril de 2011

NIÑOS PRECOCES

Mi nieta de tres años se queda a veces a dormir conmigo. Me sorprende de muchas maneras, pero me impactó descubrirla haciendo movimientos raros, como de hombre teniendo relaciones. Ya la había visto que se montaba en algún sillón o se ponía un cojín entre las piernitas, y esta vez se subió a mi pierna. Le pregunté: ¿Eso qué es? Dijo: Te estoy dando masaje. ¿Quién te enseñó? Mi tía Tal. Es una niña de seis años. ¿Y a ella quién le enseñó? Mi tío Cual. Otro niño de diez, ambos de la familia de mi nuera. Van mucho para allá. No he sabido qué hacer, porque si le digo a mi nuera no me va a creer y posiblemente se enoje, y mi hijo es tan explosivo que temo su reacción. ¿Habrá que llevar a la niña a tratamiento?
RESPUESTA
Te felicito por tu prudencia. No armaste impulsivamente un lío. Estás detenida, tomándote tu tiempo, pensando cuál será la mejor manera de manejar el asunto. A veces, un evento así pone de manifiesto nuestros miedos y queremos “acabar con esto para siempre”, como si fuera posible y deseable: “Hay que darles un castigo ejemplar”, “que ya no se junte con esos niños”, “¿A quién le pongo una demanda, ante cuál autoridad?”, “¿qué clase de tendencias traerá esta niña?”.
La reacción de los adultos frente al descubrimiento infantil de las zonas erógenas es de capital importancia, pues da pautas de comportamiento al futuro adulto. Hace la interpretación básica del significado de los impulsos sexuales, que están presentes toda la vida.
Cierto que los niños de ahora nos sorprenden, parecen traer chips integrados que antes no existían, o que funcionaban con mayor sigilo. Tu nieta, absolutamente sin malicia, siente la confianza suficiente para preguntarte con acciones: “Mira, abuela, otros niños y yo descubrimos esto. ¿Qué opinas?”. Es imposible dejarla sin respuesta, pues incluso el no contestar contiene una visión, como si dijeras: “Perfecto, sigue adelante”, o: “Arréglatelas sola, aquí no hay permiso para hablar de eso”.
¿Qué se debe cuidar? Sobre todo la relación de la niña consigo misma y con su familia: sus padres, primos, tíos y abuelos. En este caso, fue algo que ocurrió entre la pequeña y tú, y tú eres la adulta. Te toca poner los puntos sobre las íes. Invitar a otros a que participen puede afectar la interacción entre ustedes dos y con la familia. Necesitas poner límites, hablar de modales e introducir los conceptos de “espacio vital”, “respeto”, “auto control” y “tiempo y lugar”, con palabras y actitudes que ella pueda entender.
Lo anterior significa que así como no se debe entrar en una casa ajena sin ser invitada, tampoco es adecuado “ofrecer masajes” si la otra persona no quiere. Puedes decir algo como: “Eso no me gustó. Estoy de acuerdo que te sientes en mis piernas si vas a estar quietecita. Siempre y cuando yo quiera. No será buen momento cuando estoy en la computadora o haciendo la comida, y si quisieras que a fuerza, me enojaría y te pondría mala cara”. Respecto a modales y auto control: “En la familia tratamos de ser bien educados, no eructamos en la mesa ni subimos los pies a los asientos del coche. Cuando queremos hacer pipí o popó, vamos al baño y dejamos todo limpio. Hay adultos y niños que son mal educados y no les importa: rayan las bancas en misa, corretean y atropellan a los clientes en el restaurante, se comen los mocos enfrente de todos o hacen movimientos como esos que no me gustaron, sin fijarse en quién los ve y qué imagen dan”. También: “Tú no hagas lo que hacen los niños mal educados, y si alguno sigue o te quiere obligar, puedes decirle “no” con firmeza, y comunicar a tus papás lo que sucede”.
Lo anterior es sólo un ejemplo, no debe ser puesto en práctica textualmente. Tú conoces mejor a tu familia y sus circunstancias, confía en tu buen juicio y haz lo que tu amor te dicte. Posiblemente evitarás que lleven a la niña con el especialista a esa edad tan temprana, ella podría interpretar de mil maneras el hecho de “necesitar” tratamiento, cuando en realidad sólo está creciendo en un mundo alocado.