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lunes, 15 de noviembre de 2021

LO POSITIVO Y NEGATIVO DE LA CULTURA

Si hubiéramos nacido en tiempos de la esclavitud y como dueños de esclavos, posiblemente creeríamos que estar arriba y mandar era nuestro derecho de nacimiento; en cambio, si nos hubiera tocado ser esclavos, tal vez pensaríamos que debíamos ser leales con nuestros amos y nos convenía obedecerlos con gusto para conseguir su benevolencia. Probablemente esto nos hubiera sucedido, salvo si nuestros padres pensaban distinto. La cultura nos moldea, conforma nuestra manera de pensar, hablar, vestir, comer, interactuar, tener expectativas, distinguir el bien del mal y saber cuál es nuestro lugar, todo esto de acuerdo con el criterio cultural. Podemos llegar a creer tan profundamente lo que nos inculcaron que lo consideremos natural y esperemos que todos los humanos piensen lo mismo que nosotros, como cuando todos creían que la autoridad de los reyes era divina porque Dios los había investido de dicha autoridad, y los vasallos se sentían obligados a conciencia a acatar sus órdenes. Hoy esa creencia no forma parte de nuestra cultura. No de la mexicana, donde no nos inculcaron veneración por los reyes ni por los títulos nobiliarios. La cultura nos socializa y esto tiene su parte positiva y su parte dañina. Lo positivo: La cultura nos enseña a pertenecer y nos entrega millones de soluciones inventadas por otros para que las aprovechemos: el idioma, la escritura, bibliotecas, escuelas, universidades (y ahora Google), división del trabajo, organizaciones sociales, buenos modales, dinero para los intercambios, luz eléctrica, agua corriente, drenajes, tecnología, etc., etc. Lo dañino: la cultura nos obliga a pertenecer y, por lo tanto, a cargar con los problemas que generaciones anteriores no lograron solucionar, como la violencia, la corrupción, la injusticia y los montones de sentimientos conflictivos que nuestros ancestros generaron durante sus vidas. Por ejemplo: una madre, una abuela, un padre o un abuelo, cualquiera de ellos, abandonó a su familia y esta pasó necesidades; luego, sus descendientes miran con desconfianza a todas las mujeres o a todos los hombres, según haya sido el fugitivo, aunque las circunstancias actuales no sean las mismas. O las vendettas donde los descendientes se sienten obligados a “restaurar el honor” de la familia asesinando a alguien. O por siglos se discrimina a las mujeres y sus descendientes toman aquel coraje para defenderse o vengarse aun antes de ser agredidas. Es difícil liberarse de los mandatos culturales nocivos puesto que no los vemos como tales. A veces los consideramos “nuestros principios” o, sin llegar a tanto, simplemente nos salen del interior sin darnos cuenta, como cuando ofendemos a alguien llamándolo “indio” aunque sepamos que todos somos mestizos. No son raros los casos en que soltamos una expresión como esta y nos preguntamos por qué dijimos tal cosa si no pensamos de esa manera. La explicación puede ser que proviene de nuestra cultura y estaba grabada en nuestro inconsciente, pero no habíamos tenido oportunidad de corregir la grabación. Las culturas evolucionan constantemente por obra de los humanos. Cada uno de nosotros corregimos, agregamos o quitamos pensamientos, creencias, hábitos y expectativas de ese acervo cultural que no sabemos dónde se guarda pero lo experimentamos todos los días. Eso sí, mientras más distinto sea nuestro pensamiento del que profesa el grupo, más riesgo corremos de ser considerados tontos o locos. Se dice que cuando todo un grupo está equivocado, el individuo que menciona la verdad es reo de muerte. ¿Un ejemplo? Galileo Galilei, quien prefirió salvar su vida retractándose de su descubrimiento. Sin embargo, de todas maneras logró un cambio en la humanidad, aunque no le haya tocado verlo. Nosotros todos estamos logrando cambios en la humanidad. Ahora, mientras sigamos respirando, es nuestro tiempo. Nada de lo que hagamos o pensemos es inútil o trivial, todo quita o agrega algo a la evolución del género humano. “Psicología” es una columna abierta. Puedes participar con ideas, temas, preguntas o sugerencias en psicologa.dolores@gmail.com

lunes, 29 de marzo de 2021

Mi libro nuevo: "Los secretos hacen ruido"

Hola a todos. Les anuncio que al fin ha salido mi nuevo libro. Se llama “Los secretos hacen ruido”. ><. A mi libro lo entretuvo la pandemia . Todo se entretuvo con la pandemia, pero ahí vamos poco a poco haciéndonos el ánimo y retomando actividades de manera distinta. ¡Ojalá podamos continuar recuperándonos de este paréntesis de vida que a todos nos ha afectado!><. Regreso a mi libro. Es novela. Está inspirada en una sociedad como la nuestra, que parece abrirse y no abrirse a las modas de pensamientos y luego, ante los cambios de la vida, encuentra una manera peculiar y no siempre “ortodoxa” de adaptarse y sobrevivir. Siempre para sobrevivir. ><. El tema es la pertenencia y lo que a veces somos capaces de hacer u omitir los humanos con tal de sentirnos aceptados, pertenecientes. Narra lo que sucede en un matrimonio arreglado a conveniencia que dura mucho más de lo que nadie podría imaginar y está a punto de celebrar sus Bodas de Plata, o a lo mejor no. Tiene 3 hijos, Víctor de 24 años, Monserrat de 19 y Román de 8. Toda la trama dura dos semanas, en lo que definen si la relación se desbarata o perdura. Los hijos están fuertemente implicados y esta decisión los conflictúa. ><. Espero que este libro sea bien recibido por el público y les agrade su lectura.><. El libro pronto estará en todas las principales librerías. Por el momento, ya se encuentra en Librería Minerva de la calle 20 de Enero 332, en Fondo de Cultura Económica de la calle Farallón 416, y en Distribuidora Papiros en Centro Comercial los Paraísos 110. ><. Por este mismo medio les haré saber las fechas de las presentaciones. Aprovecho para agradecer el apoyo que siempre he recibido tanto con mis libros como en esta columna. Muchas gracias.><.

lunes, 23 de mayo de 2016

MAESTROS DE VIDA



¿Qué éramos cuando nacimos? Bebés, por supuesto, pero ¿teníamos algún conocimiento, o ninguno? Las opiniones al respecto son diversas, desde la famosa “tábula rasa” que considera al recién nacido como una pizarra limpia, sin estrenar y disponible, hasta quienes afirman que ya contiene la historia completa de la evolución, de la humanidad o de su familia. Ni siquiera hay un acuerdo universal acerca de cuáles características deben ser consideradas naturales y cuáles aprendidas, ni sobre la definición y alcance del aprendizaje, sus métodos y procesos; sin embargo, hay un punto en el que todas las teorías coinciden: el ser humano aprende constantemente.
Para aprender hemos tenido maestros de vida desde que nacimos y los tendremos mientras permanezcamos en el planeta; me refiero a todas las personas con quienes interactuamos. De éstas, algunas nos han dado o exigido más que otras. Fue suficiente que nuestros padres, familiares, maestros y amigos hablaran el idioma para que adquiriéramos una herramienta indispensable de comunicación y pertenencia; que interactuaran entre ellos, con nosotros y con otras personas para que introyectáramos su código cultural de valores y creencias… Pero nunca fuimos pasivos; es decir, al mismo tiempo que recibíamos, íbamos construyendo en nuestra mente un mundo que no es idéntico al de quienes fungían como maestros, porque elaborábamos nuestras propias conclusiones.
El aprendizaje transforma. Ciertamente no estoy considerando maestros sólo a aquellos que atiborran la memoria de datos, ni sólo a personas bondadosas y bienintencionadas que desean lo mejor para nosotros, sino a todos los que con su manera de ser han favorecido que nos veamos en la necesidad de imaginar un desenlace distinto y modificar las premisas que poseíamos antes. Sus lecciones a veces nos gustan y a veces no; para cualquiera es inolvidable la experiencia de que alguien, con su trato, le enseñe a mejorar su autoestima; pero también es inolvidable la experiencia de verse excluido, traicionado o defraudado. En ambos casos, los personajes que intervinieron fueron maestros de vida, y también en ambos, la lección pudo quedar pendiente de ser aprovechada; es decir, no se la tomó como lección o se la dejó aumentando el cúmulo de datos ya existentes en la memoria que no provocan cambios significativos en la manera de percibir y manejar el mundo interiorizado. Digamos que ni el primero mejoró su autoestima ni el segundo adquirió recursos nuevos para recuperar su estabilidad.
En lenguaje puramente ideal, sería deseable que cada aprendizaje del ser humano lo capacitara para ser paulatinamente más armonioso consigo mismo y con los otros. No siempre sucede así; hay experiencias que lo vuelven más arisco y amargado. Esto no significa que no haya aprendido; sí aprendió, pero no a su favor ni lo que necesitaba para su bienestar.
Si consideramos que cada ser humano somos responsables y guardianes de nuestro bienestar, es obvio que necesitamos vigilar nuestros aprendizajes y hacer algo para que éstos nos conduzcan a más y no menos armonía con nosotros mismos y con nuestro medio ambiente, el cual incluye a otros seres humanos.  En la vida existe lo adverso. Todo aquello que nos ocasiona aflicción, sufrimiento y malestar está indicando que hay una lección pendiente de asimilar y que requerimos de un aprendizaje nuevo para convertirla en sabiduría. La dicha es un arte y se construye.
“Psicología” es una columna abierta. Puedes participar con ideas, temas, preguntas o sugerencias en psicologa.dolores@gmail.com , al teléfono 7 63 02 51 o en facebook.com/Pascua Constelaciones Familiares.