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martes, 13 de mayo de 2014

LA FIESTA DE LA VIDA


Pasó el 10 de mayo. Tuvimos oportunidad de festejar a mamá y decirle cuánto la queremos. En cada casa hubo motivo suficiente para estar de fiesta, porque todos y cada uno tenemos a nuestra madre, viva o muerta. Es ella, no podemos tener a otra. Por eso decimos, sin temor a equivocarnos, que para cada cual, la suya es la mejor mamá del mundo; haber nacido el hijo o hija de su seno la hace única. ¿Y las madres adoptivas, qué? ¿No merecen la misma fiesta? Por merecimiento, sí, quizá más y con un mayor amor y gratitud, porque dieron al hijo lo que la madre biológica no pudo darle, sean cuales fueren las circunstancias. Pero no me estoy refiriendo al merecimiento, sino a la vida. Cada vez que una mujer engendra, gesta y pare a un ser humano, es un día de fiesta que pone de manifiesto el misterio que nos hace preguntar: ¿qué es estar vivos?, ¿podemos nosotros crear la vida y darla a otro ser, o solamente la comunicamos, ateniéndonos a las leyes que ella misma impone?

Mamá es destino. Papá también. No podríamos ser lo que somos naciendo de otros padres; los genomas de ellos nos conforman, 50% mamá y 50% papá. Así estamos configurados. Que lo festejemos con gusto o no, es otro cantar. Y si después el destino determinó que fueran ellos quienes nos cuidaran y educaran, qué bueno. Pero a veces determina lo contrario, y aquí emergen las figuras maravillosas de la madre y el padre adoptivos, que toman un genoma ajeno y lo cuidan como si fuera propio. Son muestras de que el ser humano también puede ser magnífico y generoso.

He oído opiniones de que para ser madre o padre no basta con engendrar y parir, que también cuenta lo que le sigue: las noches sin dormir, el amor, el apoyo, el alimento, la vivienda digna, la educación… Estas cosas hacen falta para ser padres responsables y amorosos, pero no se necesitan para ser padres a secas. Es más fácil corresponder con amor, respeto y gratitud a los primeros; pero  a los segundos, a los padres a secas ¡qué cantidad enorme de sentimientos encontrados en el hijo, que no lo dejan vivir bien y en paz! El hijo no pidió que ellos fueran los ingredientes de su propio genoma y la puerta que lo trajo a la vida, pero por más que diga: “¡Esa no es mi madre, no se lo merece!”, o “¡Ese no es mi padre, reniego de cualquier cosa que me venga de él!”, sólo dice palabras. Palabras llenas de dolor y de toda clase de emociones, pero palabras al fin. Los hechos son que su madre y su padre son parte de su destino, y que tomándolos tal como son, toma la vida tal como le toca y puede evitarse infinidad de dolores de cabeza. Amará su sí mismo y hará muchas cosas buenas y hermosas en el planeta. Lo contrario, resistirse a tomar a mamá o a papá tal como son y a la vida tal como se la dieron, al precio que al hijo le cuesta y a los padres les costó, resistirse, digo, es pretender modificar un pasado que ya no está en manos de nadie ni puede ser cambiado; es cargar una carga imposible de llevar; es llenarse de inconformidad y resentimiento y contribuir a que el planeta los tenga aún más, ¡como si le faltaran! Festejar la vida es festejar que nacimos y estamos vivos.

“Psicología” es una columna abierta. Puedes participar con ideas, temas, preguntas o sugerencias en psicologa.dolores@gmail.com , o en facebook.com/Pascua Constelaciones Familiares.