Pasó el 10 de mayo. Tuvimos oportunidad de festejar a
mamá y decirle cuánto la queremos. En cada casa hubo motivo suficiente para
estar de fiesta, porque todos y cada uno tenemos a nuestra madre, viva o
muerta. Es ella, no podemos tener a otra. Por eso decimos, sin temor a
equivocarnos, que para cada cual, la suya es la mejor mamá del mundo; haber
nacido el hijo o hija de su seno la hace única. ¿Y las madres adoptivas, qué?
¿No merecen la misma fiesta? Por merecimiento, sí, quizá más y con un mayor
amor y gratitud, porque dieron al hijo lo que la madre biológica no pudo darle,
sean cuales fueren las circunstancias. Pero no me estoy refiriendo al
merecimiento, sino a la vida. Cada vez que una mujer engendra, gesta y pare a
un ser humano, es un día de fiesta que pone de manifiesto el misterio que nos
hace preguntar: ¿qué es estar vivos?, ¿podemos nosotros crear la vida y darla a
otro ser, o solamente la comunicamos, ateniéndonos a las leyes que ella misma
impone?
Mamá es destino. Papá también. No podríamos ser lo que
somos naciendo de otros padres; los genomas de ellos nos conforman, 50% mamá y
50% papá. Así estamos configurados. Que lo festejemos con gusto o no, es otro
cantar. Y si después el destino determinó que fueran ellos quienes nos cuidaran
y educaran, qué bueno. Pero a veces determina lo contrario, y aquí emergen las
figuras maravillosas de la madre y el padre adoptivos, que toman un genoma
ajeno y lo cuidan como si fuera propio. Son muestras de que el ser humano
también puede ser magnífico y generoso.
He oído opiniones de que para ser madre o padre no basta
con engendrar y parir, que también cuenta lo que le sigue: las noches sin
dormir, el amor, el apoyo, el alimento, la vivienda digna, la educación… Estas
cosas hacen falta para ser padres responsables y amorosos, pero no se necesitan
para ser padres a secas. Es más fácil corresponder con amor, respeto y gratitud
a los primeros; pero a los segundos, a
los padres a secas ¡qué cantidad enorme de sentimientos encontrados en el hijo,
que no lo dejan vivir bien y en paz! El hijo no pidió que ellos fueran los
ingredientes de su propio genoma y la puerta que lo trajo a la vida, pero por
más que diga: “¡Esa no es mi madre, no se lo merece!”, o “¡Ese no es mi padre,
reniego de cualquier cosa que me venga de él!”, sólo dice palabras. Palabras
llenas de dolor y de toda clase de emociones, pero palabras al fin. Los hechos
son que su madre y su padre son parte de su destino, y que tomándolos tal como
son, toma la vida tal como le toca y puede evitarse infinidad de dolores de
cabeza. Amará su sí mismo y hará
muchas cosas buenas y hermosas en el planeta. Lo contrario, resistirse a tomar
a mamá o a papá tal como son y a la vida tal como se la dieron, al precio que
al hijo le cuesta y a los padres les costó, resistirse, digo, es pretender
modificar un pasado que ya no está en manos de nadie ni puede ser cambiado; es
cargar una carga imposible de llevar; es llenarse de inconformidad y
resentimiento y contribuir a que el planeta los tenga aún más, ¡como si le
faltaran! Festejar la vida es festejar que nacimos y estamos vivos.
“Psicología” es una columna abierta. Puedes participar
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