Me siento culpable porque durante los últimos seis años de vida de mi madre me fui al D.F., según yo siguiendo el amor, pero además de que resultó falso como ella me lo advirtió, yo, por tratar de arreglar lo que no tenía remedio, a ella no le puse atención ni vine a verla, hasta que estuvo grave y murió. Mis hermanos me reprocharon, tal vez con razón, que la empujé a la muerte, ella nunca se hizo a la idea de que yo viviera con un hombre que tenía otra familia. Luego que mi mamá nos dejó, terminé con esa relación, pero no tengo tranquilidad y además no sé cómo explicarle a mi hija, ahora de 9 años, todo lo que pasó, por qué nos vinimos y nunca ha vuelto a ver a su papá. Mi pregunta es qué puedo yo hacer, porque la niña no tiene culpa de nada.
RESPUESTA
Te sientes culpable. La culpa mueve, nos pone inquietos. Los perezosos y los deprimidos son personas que no quieren tomar sus culpas. Permanecen paralizados, como casas sin energía eléctrica, en la que no funciona el refrigerador, la lavadora, la plancha… y tampoco se puede oír música o ver televisión. Al negar su culpabilidad, quedan aparentemente quietos, escondidos detrás de la impotencia y del sentirse víctimas. Pero no les es dado renunciar al poder que los arrastra. Porque lo tienen, es irrenunciablemente suyo, y lo usan -no puede ser de otra manera-, sólo que en su propia contra, para destruirse, ya que una culpa no resuelta conduce al auto castigo y a la expiación.
En cambio, las personas que toman su culpa, sin negarla ni evadirla, reciben con ella un poderoso manantial de energía; pueden reparar el daño, asumir su responsabilidad y crecer más grandes que el problema, superarlo.
Tú no niegas tu culpa, sólo te falta permitirle que sea el manantial de tu energía. ¿Qué quiero decir? Que por mucho que te hayas equivocado, inclusive si fuera cierto que empujabas a tu madre a la muerte, son este tipo de acciones fuertes y dolorosas las que más nos obligan a crecer, al menos para soportarlas. Y si abandonamos la necesidad de sentirnos perfectos o impecables, nos convierten en seres humanos seguros y valerosos, puesto que fuimos capaces de sobrevivir a algo que nos ocasionó gran dolor.
Pues bien, sobreviviste a dos penas grandes: la de desilusionarte de tu amor y la de que tu madre haya muerto. Puedes sobrevivir a más cosas. Puedes convertir tu culpa en la fuente de tu energía, y con ella, armada de este valor, reconocer que tu hija necesita de su padre. Puedes permitir que lo ame y tenga deseos de verlo. Puedes dejarla libre y sin la necesidad de ver las cosas como tú las ves. Creo que le harás bien si, en lugar de inculcarle que es hija de la culpa, le dices que lo es de aquel amor que una vez unió a sus padres y luego no pudo mantenerlos juntos, salvo dentro de ella, pues él y tú conviven en su cuerpo, donde jamás podrán separarse, pues ella es mitad tú y mitad su papá, conjuntados en una vida nueva y distinta. Serás lo suficientemente fuerte para respetar el derecho sagrado de tu hija de sentirse digna de la vida que recibió.
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