Alguien me llamó pidiendo que escribiera acerca del
perdón y prometí hacerlo. “Lee la columna del próximo martes”, le dije. Doy
preferencia a las consultas telefónicas, porque sólo a través del diario puedo
hacerles llegar mi respuesta; en cambio, cuando se trata de un email, basta con
un clic y mi contestación les llega.
Yo redacto en domingo el artículo que saldrá publicado el
martes. Este domingo tengo en la mente
las votaciones, los votantes y los candidatos, también el compromiso de
escribir sobre el perdón. Sé lo que voy a decir: que para mí perdonar es contarnos
una versión nueva, distinta y verdadera
del evento que nos está lastimando, de manera que no nos deje reducidos al
papel de víctimas. ¿Por qué?, ¿acaso es malo ser víctima? Para el amor propio, sí. También para la
propia salud mental. Las víctimas son víctimas porque no pudieron defenderse, y
tampoco sacar provecho de los acontecimientos. Si alguien me arroja una piedra
y con ella me lastima una mano o un pie, me siento víctima; pero si descubro
que dicha piedra es un diamante con el que me volveré rica, me siento
afortunada. Es decir, que si puedo
encontrar la ganancia de haber vivido determinado evento, la interpretación del
mismo cambia radicalmente. Generalmente, esta ganancia es en desarrollo humano
y espiritual.
Dije más arriba que mi mente estaba en las urnas. Formada
en fila para votar se me ocurrió pensar en si tengo algo qué perdonarle a
nuestra historia, y me respondí: “¡Sí, muchas cosas! Ha sido sangrienta y en numerosos
aspectos desafortunada; por ella tenemos pobreza, abusos, asesinatos, saqueos,
muertes, corrupción…”, la lista iba extendiéndose. No sé si yo sea la única
mexicana que en algún momento se ha sentido víctima de las decisiones de
nuestros compatriotas, presentes y pasados. ¿Cómo perdonar?, ¿a quién o quiénes
perdonar?
Pasé a votar, salí y seguí pensando: ¿Cómo puedo contarme
la historia de mi Patria de manera que, siendo
verdadera, me permita sentir afortunada de lo que me toca vivir en ella?
Porque no me creo con derecho ni de pensar: “Hidalgo, Morelos, Guerrero, Iturbide,
Juárez, Díaz, Madero, Carranza, Zapata, Villa y todos los que hicieron guerras,
¡yo los perdono!”. ¿De qué? Ellos dieron su vida (viviéndola o muriendo) por lo
que creían. ¿Acaso yo soy deudora con ellos, inclusive de los que considero
equivocados, porque ayudaron a configurar el tiempo que es mi tiempo, cuando yo
ni siquiera había nacido? Sé que debo vivir con lo que soy, con lo que tengo,
hoy. Se me atoraba el pensamiento y cambié a los más recientes y conocidos. ¿Me
sentiría capaz de decirles en mi alma, honesta y verdaderamente, “Calderón, Fox
, Cedillo, Salinas, De la Madrid… ¡yo los perdono!”? No. En primer lugar, no
tengo autoridad; en segundo, ninguno de ellos está pidiendo mi perdón; sería
ridículo presentarme ¿a dónde? y decir: “¡Los he perdonado!”
¿Y qué hay de sentirme afortunada? Sé que mientras no me sea posible contemplar y tomar con veracidad algo de la historia de México que sea beneficioso
para mi desarrollo personal, estaré enredada en mil sentimientos que sólo me
distraen de la felicidad. Necesito ver, agradecer, no ser víctima. De pronto me
contemplo como una planta de grandes hojas cuya maceta es mi familia, y la
sangre de los antepasados el abono del que ahora me alimento, y digo: ¡Gracias!
¿Será suficiente? Estimado lector, ayúdame a encontrar formas de contar la
historia, que beneficien nuestro desarrollo humano y espiritual. Manda tus
ideas a psicologa.dolores@gmail.com o al teléfono 7 63 47 28
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