lunes, 2 de julio de 2012

EL PERDÓN


Alguien me llamó pidiendo que escribiera acerca del perdón y prometí hacerlo. “Lee la columna del próximo martes”, le dije. Doy preferencia a las consultas telefónicas, porque sólo a través del diario puedo hacerles llegar mi respuesta; en cambio, cuando se trata de un email, basta con un clic y mi contestación les llega.

Yo redacto en domingo el artículo que saldrá publicado el martes. Este domingo tengo en la mente  las votaciones, los votantes y los candidatos, también el compromiso de escribir sobre el perdón. Sé lo que voy a decir: que para mí perdonar es contarnos una versión nueva, distinta y verdadera del evento que nos está lastimando, de manera que no nos deje reducidos al papel de víctimas. ¿Por qué?, ¿acaso es malo ser víctima?  Para el amor propio, sí. También para la propia salud mental. Las víctimas son víctimas porque no pudieron defenderse, y tampoco sacar provecho de los acontecimientos. Si alguien me arroja una piedra y con ella me lastima una mano o un pie, me siento víctima; pero si descubro que dicha piedra es un diamante con el que me volveré rica, me siento afortunada.  Es decir, que si puedo encontrar la ganancia de haber vivido determinado evento, la interpretación del mismo cambia radicalmente. Generalmente, esta ganancia es en desarrollo humano y espiritual.

Dije más arriba que mi mente estaba en las urnas. Formada en fila para votar se me ocurrió pensar en si tengo algo qué perdonarle a nuestra historia, y me respondí: “¡Sí, muchas cosas! Ha sido sangrienta y en numerosos aspectos desafortunada; por ella tenemos pobreza, abusos, asesinatos, saqueos, muertes, corrupción…”, la lista iba extendiéndose. No sé si yo sea la única mexicana que en algún momento se ha sentido víctima de las decisiones de nuestros compatriotas, presentes y pasados. ¿Cómo perdonar?, ¿a quién o quiénes perdonar?

Pasé a votar, salí y seguí pensando: ¿Cómo puedo contarme la historia de mi Patria de manera que, siendo verdadera, me permita sentir afortunada de lo que me toca vivir en ella? Porque no me creo con derecho ni de pensar: “Hidalgo, Morelos, Guerrero, Iturbide, Juárez, Díaz, Madero, Carranza, Zapata, Villa y todos los que hicieron guerras, ¡yo los perdono!”. ¿De qué? Ellos dieron su vida (viviéndola o muriendo) por lo que creían. ¿Acaso yo soy deudora con ellos, inclusive de los que considero equivocados, porque ayudaron a configurar el tiempo que es mi tiempo, cuando yo ni siquiera había nacido? Sé que debo vivir con lo que soy, con lo que tengo, hoy. Se me atoraba el pensamiento y cambié a los más recientes y conocidos. ¿Me sentiría capaz de decirles en mi alma, honesta y verdaderamente, “Calderón, Fox , Cedillo, Salinas, De la Madrid… ¡yo los perdono!”? No. En primer lugar, no tengo autoridad; en segundo, ninguno de ellos está pidiendo mi perdón; sería ridículo presentarme ¿a dónde? y decir: “¡Los he perdonado!”

¿Y qué hay de sentirme afortunada?  Sé que mientras no me sea posible  contemplar y tomar con veracidad algo de la historia de México que sea beneficioso para mi desarrollo personal, estaré enredada en mil sentimientos que sólo me distraen de la felicidad. Necesito ver, agradecer, no ser víctima. De pronto me contemplo como una planta de grandes hojas cuya maceta es mi familia, y la sangre de los antepasados el abono del que ahora me alimento, y digo: ¡Gracias! ¿Será suficiente? Estimado lector, ayúdame a encontrar formas de contar la historia, que beneficien nuestro desarrollo humano y espiritual. Manda tus ideas a  psicologa.dolores@gmail.com o al teléfono 7 63 47 28


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