En todas las familias ocurren sucesos que las hacen
estremecer. Por ejemplo, que uno de los padres muera cuando sus hijos son
todavía pequeños. Los familiares sobrevivientes, que se ven sometidos a estados
de angustia y dolor importantes, hacen todo cuanto está en su mano para
sobrevivir y volver a la normalidad, pero durante un tiempo quedan
incapacitados para darse entre sí el amor que necesitan, como lo necesitan. Su
tarea más importante es mantenerse en la vida. No pueden distraerse con otra
cosa, por urgente que sea. Más tarde, quizá sus hijos y nietos, que tal vez no
recuerden lo sucedido, sólo se dan cuenta de que viven emociones que no tienen
relación con la realidad que están viviendo: sienten desesperación aunque les
vaya bien, ira injustificada, culpa irracional y cualesquiera otras. Y se
preguntan: ¿Por qué no puedo disfrutar de mi bonanza, si tengo todo para ser
feliz?, ¿Por qué estoy constantemente enojado sin motivo?, ¿de qué me siento
culpable, si he tratado de obrar bien?
La respuestas pueden estar en las experiencias antiguas
de nuestra familia, pues nos configuran aunque hayan ocurrido antes que
naciéramos, porque nuestros padres nos dan no solamente lo que desean darnos,
sino lo que son, su propia historia, de la misma manera que nosotros les damos
a nuestros hijos lo que somos, es decir, nuestra historia. No es difícil
entender que una abuela que experimentó el dolor profundo de ser huérfana estaba
ensimismada, no pudo mirar a la hija tanto como ésta necesitaba y más bien buscó
en ella a la madre que perdió; esta hija crece y a su vez tiene hijos, pero no
puede mirarlos tanto como necesitan porque está ocupada siendo la madre de su
madre; estos hijos se convierten en padres y de alguna manera buscarán repetir
el destino de orfandad que recibieron sin pedirlo, tal vez negando la
paternidad, desentendiéndose de ella, sufriendo incapacidad para amar a los
hijos, viéndose obligados a vivir lejos de ellos, etc.; salvo que ocurra algo nuevo que restituya el orden y permita que la
familia quede libre de este destino adverso que nadie desea perpetuar, pero que
se ven empujados a reproducir.
La orfandad es sólo un ejemplo, puede haber una gran
variedad de eventos que se repiten una y otra vez dentro de la misma familia, durante
varias generaciones: abortos, muertes juveniles, accidentes, suicidios, migraciones,
reveses económicos, despojos de
herencias, cárcel justificada o injustificada, fracaso continuo e inexplicable,
segundos matrimonios, hijos perdidos y tantos más. Cada familia, si estudia su
historia, puede descubrir qué hay de recurrente entre generaciones.
Esto que expongo proviene de la teoría de Constelaciones
Familiares, técnica de reciente creación que es útil para hacer que ocurra algo nuevo dentro de un sistema familiar, de
manera que sus miembros puedan liberarse de lo que llamamos “emociones
adoptadas” y “destinos repetitivos”; es decir, de aquello que hemos tomado de
nuestras familias por el simple hecho de pertenecer a ellas. El objetivo de
Constelaciones Familiares, como en toda psicoterapia, es
lograr que la vida de cada persona sea la expresión libre, creativa y
armoniosa de su ser más profundo.
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