lunes, 19 de noviembre de 2012

TOMAR O RECHAZAR LA VIDA


En relación con la vida, podemos tener uno de estos movimientos básicos: de apertura y de retracción; o en unas zonas uno y en otras, el otro.

En el movimiento de apertura somos como los niños que quieren crecer, cumplir años, amar, ser amados, tener montones de amigos, ser populares, aprender, conocer el mundo; todo les interesa y todo les maravilla. Posiblemente a esto se refirió Jesucristo cuando dijo: “Si no os hacéis como los niños, no entraréis en el reino de los cielos”.

Con el movimiento de retracción somos como viejos acabados; o sea, que creen que ya crecieron todo lo que pueden tolerar; odian cumplir años, están decepcionados del amor,  esconden su cuerpo y sus arrugas, se encierran en casa, tienen pocos o ningún amigo, esperan que nadie los quiera y ser un estorbo, el futuro los aterroriza, añoran el pasado y desdeñan el presente.

Cada uno de estos dos movimientos puede ser una programación aprendida en la niñez, o el resultado de modificaciones introducidas más tarde, a través de la experiencia. He escuchado a personas que dicen: “Yo era muy alegre, y se me quitó”. También lo opuesto: “Yo me deprimía, y ahora me siento feliz”. Esto significa que dichos movimientos son modificables.

Observando nuestras actitudes y reacciones, podemos saber si nos encontramos orientados hacia la apertura o la retracción; es decir, hacia la salud o la enfermedad. La vida nos hace constantes invitaciones a vivirla, ya sea a través de éxitos, atoramientos o decepciones.

En la apertura, un éxito se toma con alegría y naturalidad y se agradece; en la retracción, no se le toma y se le buscan defectos para justificar por qué no fue aceptado: no es suficiente, no era lo que me había propuesto, nadie lo tomó en cuenta, me da una imagen indeseable… Por ejemplo: alguien recibe una herencia. Puede alegrarse, disfrutarla y agradecerla, y también puede decir: qué poquito me dejó, esperaba más; son bienes muy feos, ni para venderlos están bien; ahora todos me tienen envidia y piensan mal de mí; si me vuelvo rico voy a corromperme; y tantas expresiones más de no aceptación del regalo que ofreció la vida.

En la apertura, un atoramiento es un reto; en la retracción, una prueba más de lo mal que está el mundo, los humanos y uno mismo. Continuando con el ejemplo de la herencia, digamos que se prolonga el juicio y ésta no puede llegar a las manos del heredero, quien puede pensar: tendré la oportunidad de aprender algo sobre leyes; ahora me ejercito en resistir y sobreponerme a una dificultad; o también: tengo mala suerte; todos son unos tramposos que quieren despojarme; el mundo está corrompido; yo soy un tonto que no sabe hacer bien las cosas.

En la apertura, la decepción es una iluminación que acerca a la realidad; en la retracción, un hecho que confirma que es mejor mantenerse alejado y no exponerse al dolor del desencanto.  En nuestro ejemplo de la herencia, imaginemos que se descubre que no existía o que la persona fue excluida por el testador. Puede pensar: Estoy viva y fuerte, he vivido sin ella y puedo seguir haciéndolo; ahora tengo oportunidad de saber si amaba al muerto o solamente a sus cosas; o también: ya sabía que no hay qué esperar nada de nadie;  es mejor no hacerse ilusiones que luego se rompen; vale más solo que mal acompañado.

La apertura a la vida significa estar disponible para los acontecimientos que ésta presenta, de cualquier índole, sin sentirse excepcional ni víctima de una injusticia, y decir como Amado Nervo: ¡Vida, nada me debes! ¡Vida, estamos en paz! La buena noticia es que esto puede aprenderse.

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