En relación
con la vida, podemos tener uno de estos movimientos básicos: de apertura y de
retracción; o en unas zonas uno y en otras, el otro.
En el movimiento
de apertura somos como los niños que
quieren crecer, cumplir años, amar, ser amados, tener montones de amigos, ser
populares, aprender, conocer el mundo; todo les interesa y todo les maravilla.
Posiblemente a esto se refirió Jesucristo cuando dijo: “Si no os hacéis como
los niños, no entraréis en el reino de los cielos”.
Con el
movimiento de retracción somos como
viejos acabados; o sea, que creen que ya crecieron todo lo que pueden tolerar; odian
cumplir años, están decepcionados del amor,
esconden su cuerpo y sus arrugas, se encierran en casa, tienen pocos o
ningún amigo, esperan que nadie los quiera y ser un estorbo, el futuro los
aterroriza, añoran el pasado y desdeñan el presente.
Cada uno de
estos dos movimientos puede ser una programación aprendida en la niñez, o el resultado
de modificaciones introducidas más tarde, a través de la experiencia. He
escuchado a personas que dicen: “Yo era muy alegre, y se me quitó”. También lo
opuesto: “Yo me deprimía, y ahora me siento feliz”. Esto significa que dichos
movimientos son modificables.
Observando
nuestras actitudes y reacciones, podemos saber si nos encontramos orientados hacia
la apertura o la retracción; es decir, hacia la salud o la enfermedad. La vida
nos hace constantes invitaciones a vivirla, ya sea a través de éxitos,
atoramientos o decepciones.
En la
apertura, un éxito se toma con alegría y naturalidad y se agradece; en la
retracción, no se le toma y se le buscan defectos para justificar por qué no fue
aceptado: no es suficiente, no era lo que me había propuesto, nadie lo tomó en
cuenta, me da una imagen indeseable… Por ejemplo: alguien recibe una herencia.
Puede alegrarse, disfrutarla y agradecerla, y también puede decir: qué poquito
me dejó, esperaba más; son bienes muy feos, ni para venderlos están bien; ahora
todos me tienen envidia y piensan mal de mí; si me vuelvo rico voy a
corromperme; y tantas expresiones más de no aceptación del regalo que ofreció
la vida.
En la
apertura, un atoramiento es un reto; en la retracción, una prueba más de lo mal
que está el mundo, los humanos y uno mismo. Continuando con el ejemplo de la
herencia, digamos que se prolonga el juicio y ésta no puede llegar a las manos
del heredero, quien puede pensar: tendré la oportunidad de aprender algo sobre
leyes; ahora me ejercito en resistir y sobreponerme a una dificultad; o
también: tengo mala suerte; todos son unos tramposos que quieren despojarme; el
mundo está corrompido; yo soy un tonto que no sabe hacer bien las cosas.
En la
apertura, la decepción es una iluminación que acerca a la realidad; en la
retracción, un hecho que confirma que es mejor mantenerse alejado y no
exponerse al dolor del desencanto. En
nuestro ejemplo de la herencia, imaginemos que se descubre que no existía o que
la persona fue excluida por el testador. Puede pensar: Estoy viva y fuerte, he
vivido sin ella y puedo seguir haciéndolo; ahora tengo oportunidad de saber si
amaba al muerto o solamente a sus cosas; o también: ya sabía que no hay qué
esperar nada de nadie; es mejor no
hacerse ilusiones que luego se rompen; vale más solo que mal acompañado.
La apertura
a la vida significa estar disponible para los acontecimientos que ésta presenta,
de cualquier índole, sin sentirse excepcional ni víctima de una injusticia, y decir
como Amado Nervo: ¡Vida, nada me debes! ¡Vida, estamos
en paz! La buena noticia
es que esto puede
aprenderse.
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