¿Qué es la soberbia? Una lealtad a determinada creencia que
consideramos incuestionable; es decir, a un dogma personal, a una convicción.
Solemos pensar que solamente las religiones tienen dogmas, y no es así; todas
las personas protegemos nuestras convicciones.
Las convicciones son creencias intocables. Las adquirimos de
la historia personal y familiar, constituyen imágenes mentales y subjetivas de
cómo es y cómo debería ser el mundo. Nos está prohibido ponerlas en tela de
juicio. Si dudamos de ellas, nos sentimos culpables; si alguien pretende
discutirlas, nos percibimos ofendidos;
si no se cumplen tal como las pensamos, vivimos una “crisis existencial” u horrible
decepción respecto a algo que habíamos tenido como firme y duradero. No
soportamos el tambaleo de nuestras convicciones, quisiéramos regresar al “paraíso
perdido” de como eran las cosas antes del desengaño, porque creemos estar
volviéndonos locos, la desilusión nos abruma y no le encontramos sentido a la
vida ni a los acontecimientos.
Las convicciones a las que somos leales pueden ser
expresadas en paradigmas. Por ejemplo: “Amar es no tener que pedir perdón”,
“amar es darlo todo”, “el que ama no traiciona”, “quien ama se funde con el
amado hasta ser dos en uno”. La lista sería interminable, pero quien está
convencido de alguno de estos paradigmas, se siente sin poder para cambiarlos. Sabemos
que toda persona comete errores aunque ame y lo más funcional es decir “lo
siento”; la convencida no lo hará, tampoco perdonará, necesitaría abandonar la
lealtad a su creencia, es probable que prefiera pensar que ya no ama o que ya no
será amada y rompa la relación. La que lo da todo y luego se siente estafada,
sin derecho para poner límites, sigue dando por temor a perder el amor y no oirá
razones, se sentiría extremadamente mal consigo misma si fuera “más egoísta”. Y
la que traiciona o es traicionada no puede admitir que cada cabeza es un mundo
y la naturaleza es cambiante. O si se fundió con el ser amado hasta no saber
dónde comienza uno y termina el otro y se siente perdida, sin personalidad ni
derecho para tener ideas propias, si no deja de ser leal a su convicción,
preferirá morir antes que enfrentarse con la realidad de ella es individuo y el
amado también, separados uno del otro.
Más arriba dije que la persona soberbia ha fabricado una
imagen mental de cómo es o cómo debería ser el mundo, y se siente obligada a
ser leal a dicha imagen, por equivocada que ésta pudiera ser. La humildad, por
el contrario, sería la capacidad para ver las cosas como son. ¿Existe alguno de
nosotros, los humanos, que no tengamos convicciones? Ninguno; todos necesitamos
de nuestras imágenes mentales para manejarnos, de ahí que podamos sospechar que
todos tenemos nuestra dosis de soberbia; es decir, de error o falsedad, y lo
único que puede salvarnos de la obcecación es abrirnos a las ideas distintas,
escucharlas, examinarlas y abstenernos de condenar a los que no han podido
hacerlo. Por ejemplo: solemos reprobar al clero que obligó a Galileo Galilei a
retractarse, y no consideramos en qué medida el científico retaba las
convicciones, ejes del pensar de aquel tiempo, que atribuía a la Biblia la
verdad en todos los órdenes, en todos los terrenos y en todas las
circunstancias. Obviamente, cuestionar aquellas convicciones era punto menos
que imposible para los intelectuales de la época. Nosotros, siglos después,
cuando el pensamiento social ha evolucionado, nos sentimos con derecho para
juzgar duramente a quienes, con buena conciencia, se aferraron a la lealtad para
con sus convicciones. ¿Tú, querido lector, no crees que la humildad es una
virtud hermosa, y ayuda a la evolución de la humanidad?
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