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lunes, 1 de febrero de 2016



EXPERIENCIA DE UNA LECTORA
Comparto con gratitud lo que una lectora de mi último libro me hizo llegar.

Leí el libro “Subí al tren sin conocer el destino” y fue el inicio de una vivencia esperanzadora. La autora nos induce a un paraíso deseado, ése que aparece en nuestros sueños más idealistas, donde se desvanecen las sospechas de ser devorados por gusanos y absorbidos como abono en la tierra, para ser transformadas en un mundo paralelo y cercano.
Durante 99 páginas, el cielo, el purgatorio y el infierno nos incitan a redescubrir y palpar nuestros cinco sentidos de una forma mágica y natural, para finalmente enlazarlos a nuestra esencia espiritual. Volar, viajar, desaparecer y estar, son capacidades natas del alma inmortal.
Abrí el libro y misteriosamente morí junto con la protagonista. Me observé dentro de un ataúd, sentí el miedo de verme inerte, escuché las palabras de su despedida como mías, el dolor de la partida y la incertidumbre de despertar en una anónima realidad. Me reconocí con el control humano, esta “extraordinaria” necesidad de creer que somos eternamente terrenales, control que nos lleva a abrazar ideas “convincentes” y alejarnos de la verdadera eternidad, que se encuentra dentro de un universo extenso, conformado por redes amorosas y brillantes que se encienden, explotan y se apagan, para forman parte del continuo movimiento de la vida.
Las páginas de “Subí al tren sin conocer el destino” me mostraron un cielo sin bardas en el que todos cabemos, para comprender que los ladrones y los dadores forman parte del equilibrio humano, aun cuando los primeros sean repugnantes, aun cuando ellos aniquilen nuestras verdades entrañables.
Desde la distancia observé la necedad humana como una absurda compañera, tan absurda que nos obliga a replantearla y entenderla como un valor cultural y psicológico; una herencia que ni en la tierra ni en el cielo nos será útil jamás.
La autora de “Subí al tren sin conocer el destino”, nos acerca a hombres y mujeres del pasado; sabios, ignorantes, muertos que siguen vivos, con la finalidad de regalarnos, de una manera sencilla y admirable, la sabiduría y la esencia de sus enseñanzas.
La lectura del libro es un regalo que no pedí y disfruté, libro que nos reencuentra con nuestra esencia, con los cariños más profundos y con el entendimiento de un Dios atemporal que habita de formas inimaginadas en el círculo de la vida, que no es otra cosa más que la oportunidad de amarnos para trascender de manera natural, a nuestro temido o anhelado paraíso.

Eugenia Padilla Moreno.   Enero 2016.
 

martes, 14 de mayo de 2013

LA SOBERBIA

Si alguien nos dijera: “Tienes mucha soberbia”, lo percibiríamos como un enemigo que nos juzga y nos considera engreídos sin base, que piensa que nos damos una importancia que no tenemos. Al escuchar esta palabra aplicada a nosotros, retrocedemos en busca de argumentos que confirmen lo correcto de nuestra actitud u opinión, nos reafirmamos en lo que pensábamos y posiblemente soltemos un torrente de palabrería en nuestra defensa.

¿Qué es la soberbia? Una lealtad a determinada creencia que consideramos incuestionable; es decir, a un dogma personal, a una convicción. Solemos pensar que solamente las religiones tienen dogmas, y no es así; todas las personas protegemos nuestras convicciones.

Las convicciones son creencias intocables. Las adquirimos de la historia personal y familiar, constituyen imágenes mentales y subjetivas de cómo es y cómo debería ser el mundo. Nos está prohibido ponerlas en tela de juicio. Si dudamos de ellas, nos sentimos culpables; si alguien pretende discutirlas, nos percibimos ofendidos;  si no se cumplen tal como las pensamos,  vivimos una “crisis existencial” u horrible decepción respecto a algo que habíamos tenido como firme y duradero. No soportamos el tambaleo de nuestras convicciones, quisiéramos regresar al “paraíso perdido” de como eran las cosas antes del desengaño, porque creemos estar volviéndonos locos, la desilusión nos abruma y no le encontramos sentido a la vida ni a los acontecimientos.

Las convicciones a las que somos leales pueden ser expresadas en paradigmas. Por ejemplo: “Amar es no tener que pedir perdón”, “amar es darlo todo”, “el que ama no traiciona”, “quien ama se funde con el amado hasta ser dos en uno”. La lista sería interminable, pero quien está convencido de alguno de estos paradigmas, se siente sin poder para cambiarlos. Sabemos que toda persona comete errores aunque ame y lo más funcional es decir “lo siento”; la convencida no lo hará, tampoco perdonará, necesitaría abandonar la lealtad a su creencia, es probable que prefiera pensar que ya no ama o que ya no será amada y rompa la relación. La que lo da todo y luego se siente estafada, sin derecho para poner límites, sigue dando por temor a perder el amor y no oirá razones, se sentiría extremadamente mal consigo misma si fuera “más egoísta”. Y la que traiciona o es traicionada no puede admitir que cada cabeza es un mundo y la naturaleza es cambiante. O si se fundió con el ser amado hasta no saber dónde comienza uno y termina el otro y se siente perdida, sin personalidad ni derecho para tener ideas propias, si no deja de ser leal a su convicción, preferirá morir antes que enfrentarse con la realidad de ella es individuo y el amado también, separados uno del otro.

Más arriba dije que la persona soberbia ha fabricado una imagen mental de cómo es o cómo debería ser el mundo, y se siente obligada a ser leal a dicha imagen, por equivocada que ésta pudiera ser. La humildad, por el contrario, sería la capacidad para ver las cosas como son. ¿Existe alguno de nosotros, los humanos, que no tengamos convicciones? Ninguno; todos necesitamos de nuestras imágenes mentales para manejarnos, de ahí que podamos sospechar que todos tenemos nuestra dosis de soberbia; es decir, de error o falsedad, y lo único que puede salvarnos de la obcecación es abrirnos a las ideas distintas, escucharlas, examinarlas y abstenernos de condenar a los que no han podido hacerlo. Por ejemplo: solemos reprobar al clero que obligó a Galileo Galilei a retractarse, y no consideramos en qué medida el científico retaba las convicciones, ejes del pensar de aquel tiempo, que atribuía a la Biblia la verdad en todos los órdenes, en todos los terrenos y en todas las circunstancias. Obviamente, cuestionar aquellas convicciones era punto menos que imposible para los intelectuales de la época. Nosotros, siglos después, cuando el pensamiento social ha evolucionado, nos sentimos con derecho para juzgar duramente a quienes, con buena conciencia, se aferraron a la lealtad para con sus convicciones. ¿Tú, querido lector, no crees que la humildad es una virtud hermosa, y ayuda a la evolución de la humanidad?

“Psicología” es una columna abierta. Puedes participar con ideas, temas, preguntas o sugerencias en psicologa.dolores@gmail.com , o en facebook.com/Pascua Constelaciones Familiares.