Aquella novia con la que me
casé, procreé dos hijos y pensé envejecer juntos, ya no existe, hace siete años
tuvo un cambio de orientación sexual y el consiguiente quebranto de nuestra
unión; su pareja es una lesbiana rica y su terapeuta, que aprueba esta
relación, su íntima amiga. Yo hace tres meses que no veo a mi hijo, de nueve
años, desde la mañana siguiente a la noche en que éste llegó llorando a tocar a
mi puerta, pidiéndome quedarse conmigo. Su madre golpeaba mi portón con una
piedra formando un escándalo y el niño me decía: “Papá, ¿por qué me tocó esta
mamá?, ¿por qué me tocó esta vida? ¡Yo no tengo la culpa! Papá, yo soy tímido
con los malos. Papá, ya no quiero ir a esa escuela, tú me metes a otra, por
favor, papá”. Le di de cenar, lo acompañé a hacer la tarea, se durmió (yo no,
hasta la fecha tengo insomnio), lo llevé a la escuela y cuando fui a recogerlo,
no me lo entregaron. Su madre cambió de domicilio para evitar que el niño vuelva
a escapar. Pienso que para un padre, el ver a su hijo no es un derecho, ¡es un
deber!
Creo
que estás consciente de la extremada dificultad para emitir una opinión y que ésta
necesariamente será incompleta.
En
tu relato muestras tu amor y preocupación por tu hijo; también: desencanto,
sentido de haber sido traicionado, desprecio por la trayectoria de tu ex mujer,
coraje contra la terapeuta que aprueba esta relación lésbica, impotencia para
hacerla que cambie, desesperación por no ver a tu hijo, sensación de ser
víctima de una injusticia, convicción de que ella está utilizando al niño para
castigarte, terror de que ella siga haciéndole un daño irreparable… podría
continuar describiendo los contenidos de tu corazón, pero voy a centrarme en el
elemento más débil de la tríada: el niño, que depende de la herencia y de la experiencia
para desarrollarse bien.
Por
herencia, él es 50% tú y 50% su madre; ustedes están en su interior y no hay
manera de modificarlo. Tu hijo es la encarnación del amor que existía entre ustedes
en el momento de la concepción, cuando olvidaron todo para estar juntos; de ese
amor nació y lo inmortaliza, aun si antes o después se convirtieran en enemigos.
Y la experiencia: padre y madre son el principal medio ambiente del hijo: pueden
vivir juntos o separados y llevarse bien o mal. El hijo es receptivo y configura
su personalidad internalizando la paz o la guerra, de modo que un 50% suyo ama u
odia al otro 50%, dando lugar a una buena autoestima, o a una mala. Los
problemas escolares y sociales toman significado de la manera como ustedes los
interpreten, sus reacciones son la plataforma de lanzamiento de toda actividad
mental del niño, ahora y en el futuro. Los contenidos de tu corazón, y los de
la madre, son el medio ambiente que el niño interioriza, sin que pueda
evitarlo.
Tu papel de padre es
fundamental para tu hijo. Así como su madre le proporciona una imagen de sí y
de cómo debe relacionarse consigo mismo, tú serás quien lo invite a tomar el
riesgo de abandonar el nido e introducirse -con o sin éxito- en el mundo
exterior, social y de trabajo. También le enseñarás en qué consiste ser varón y
de qué manera se relacionan los hombres con las mujeres. Esto jamás podrá
enseñarlo una madre; nosotras no sabemos lo que es ser hombre, siempre los
vemos desde afuera.
Temo que sientas que
mi opinión se anduvo por las ramas, porque en ningún momento me referí a los
“cómo hacer”. Si deseas aprender estos “cómo”, te invito al Diplomado en
Constelaciones Familiares. Dura dos años y está configurado para lograr
reconciliaciones profundas consigo mismo y en la propia familia.
“Psicología” es una columna abierta. Puedes participar
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