VACACIONES
Al menos por
tres días y para casi todos, la Semana Santa es tiempo de descanso laboral. Nos
preparamos con gusto a disfrutarlo y cada uno decidimos qué haremos durante ese
tiempo que nos pertenece solo a nosotros. Es una oportunidad para saber qué es
lo que más nos gusta o importa. ¿Reunirnos con la familia?, ¿con amigos?, ¿con
Dios?, ¿con el alcohol?, ¿con nosotros mismos?, ¿con la Naturaleza? De
cualquier manera, viviremos experiencias de relación: consigo mismo, con
semejantes, con el medio ambiente o con la divinidad. Y esta experiencia no nos
dejará como estábamos.
Unas
vacaciones nos transforman, salimos de ellas con algo nuevo, para bien o para
mal, dependiendo de lo que ansiábamos vivir, si pudimos vivirlo y si el haberlo
vivido nos pareció satisfactorio, o un desencanto. Quizá preparamos un viaje en
grupo, en él nos acercamos unos a los otros y volvemos con el alma nutrida de
caricias verbales o no verbales, o lo contrario: la cercanía resultó excesiva,
el demasiado tiempo juntos nos llevó a conocer facetas ocultas propias o de
nuestros acompañantes, rompemos las relaciones y volvemos sin dirigirnos la
palabra. He conocido a personas que luego de un viaje no quieren saber nada de
parientes o de antiguos amigos, a veces por años.
Unas
vacaciones Nos muestran qué tanta capacidad tenemos para el gozo, la paz y la
calma que proporciona la falta de rutinas, o si necesitamos una rígida
estructuración del tiempo y sentirnos con multitud de cosas por hacer, porque
sin ellas nos percibimos como un tren sin ferrovía, en peligro de una
catástrofe.
Las vacaciones
nos desaceleran; no hay lonches y mochilas de niños que preparar bajo la
presión de que si llegan tarde les cerrarán la puerta de la escuela, ni tenemos
que checar tarjeta a la entrada del trabajo; sin embargo, no siempre les
permitimos desacelerarnos. Entonces nos es imposible despertar más tarde y
necesitamos presionar a todos y a nosotros mismos, porque a lo mejor no
hallamos mesa en el zoológico o si no nos levantamos de madrugada nos
perderemos la diversión; nos imponemos un itinerario tan apretado que ni el
patrón más negrero nos cargaría. Una vez terminada la vacación, nos encontramos
más estresados y agotados que al comenzarla.
Las vacaciones
pueden ponernos en contacto con Dios; tenemos tiempo para orar, meditar,
asistir a los servicios de nuestra comunidad religiosa… También aquí podemos
hacer grandes descubrimientos y saber si acostumbramos sentirnos respaldados
por La Fuerza, o nos percibimos antagónicos a Ella, quizá perseguidos,
amenazados, abandonados o indiferentes; si podemos considerar como oración cada
paso, cada respiro, cada placer o dolor, cada intercambio con nuestros hermanos
humanos… o creemos que la oración es un proceso arduo y difícil, que tal vez
con nosotros no va.
Las vacaciones
nos dan algo que no nos deja como estábamos. Deseo a todos felices e
inolvidables vacaciones.
“Psicología”
es una columna abierta. Puedes participar con ideas, temas, preguntas o
sugerencias en psicologa.dolores@gmail.com , o en facebook.com/Pascua Constelaciones Familiares.
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