martes, 15 de abril de 2014


VACACIONES

Al menos por tres días y para casi todos, la Semana Santa es tiempo de descanso laboral. Nos preparamos con gusto a disfrutarlo y cada uno decidimos qué haremos durante ese tiempo que nos pertenece solo a nosotros. Es una oportunidad para saber qué es lo que más nos gusta o importa. ¿Reunirnos con la familia?, ¿con amigos?, ¿con Dios?, ¿con el alcohol?, ¿con nosotros mismos?, ¿con la Naturaleza? De cualquier manera, viviremos experiencias de relación: consigo mismo, con semejantes, con el medio ambiente o con la divinidad. Y esta experiencia no nos dejará como estábamos.

Unas vacaciones nos transforman, salimos de ellas con algo nuevo, para bien o para mal, dependiendo de lo que ansiábamos vivir, si pudimos vivirlo y si el haberlo vivido nos pareció satisfactorio, o un desencanto. Quizá preparamos un viaje en grupo, en él nos acercamos unos a los otros y volvemos con el alma nutrida de caricias verbales o no verbales, o lo contrario: la cercanía resultó excesiva, el demasiado tiempo juntos nos llevó a conocer facetas ocultas propias o de nuestros acompañantes, rompemos las relaciones y volvemos sin dirigirnos la palabra. He conocido a personas que luego de un viaje no quieren saber nada de parientes o de antiguos amigos, a veces por años.

Unas vacaciones Nos muestran qué tanta capacidad tenemos para el gozo, la paz y la calma que proporciona la falta de rutinas, o si necesitamos una rígida estructuración del tiempo y sentirnos con multitud de cosas por hacer, porque sin ellas nos percibimos como un tren sin ferrovía, en peligro de una catástrofe.

Las vacaciones nos desaceleran; no hay lonches y mochilas de niños que preparar bajo la presión de que si llegan tarde les cerrarán la puerta de la escuela, ni tenemos que checar tarjeta a la entrada del trabajo; sin embargo, no siempre les permitimos desacelerarnos. Entonces nos es imposible despertar más tarde y necesitamos presionar a todos y a nosotros mismos, porque a lo mejor no hallamos mesa en el zoológico o si no nos levantamos de madrugada nos perderemos la diversión; nos imponemos un itinerario tan apretado que ni el patrón más negrero nos cargaría. Una vez terminada la vacación, nos encontramos más estresados y agotados que al comenzarla.

Las vacaciones pueden ponernos en contacto con Dios; tenemos tiempo para orar, meditar, asistir a los servicios de nuestra comunidad religiosa… También aquí podemos hacer grandes descubrimientos y saber si acostumbramos sentirnos respaldados por La Fuerza, o nos percibimos antagónicos a Ella, quizá perseguidos, amenazados, abandonados o indiferentes; si podemos considerar como oración cada paso, cada respiro, cada placer o dolor, cada intercambio con nuestros hermanos humanos… o creemos que la oración es un proceso arduo y difícil, que tal vez con nosotros no va.

Las vacaciones nos dan algo que no nos deja como estábamos. Deseo a todos felices e inolvidables vacaciones.

“Psicología” es una columna abierta. Puedes participar con ideas, temas, preguntas o sugerencias en psicologa.dolores@gmail.com , o en facebook.com/Pascua Constelaciones Familiares.

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