lunes, 5 de mayo de 2014

BULLING


Agradezco a quien me envió esta historia. Ofrezco un resumen.

Tengo 53 años y sufrí “bulling” durante mucho tiempo de mi vida. Cursé parte de la primaria en una escuela particular, los niños me ponían apodos y vigilaban en los baños para no dejarme entrar al sanitario, burlándose de cómo sería si me ensuciaba en la ropa. Lo dije a mis padres, mi mamá habló con la maestra y la directora, fue inútil, le contestaron algo que era cierto y no me ayudaba: yo tenía que adquirir habilidades sociales y acudir con la maestra cuando sucediera el maltrato; pero yo tenía demasiado miedo, me sentía vigilado y amenazado con que los del grupito dirían a todo el mundo que me ensuciaba encima. Me cambiaron de escuela, cursé quinto y sexto sin amigos, como fuera de mí. Hice el intento de juntarme con niñas, pero resultaron igual de crueles, se reían y decían una a la otra “dile que está muy  feo” y más cosas. Pasé a una secundaria federal, allí fue peor, los compañeros me lamían la cara y me obligaban a lamerles los pies. Por consejo de mi mamá hablé con un sacerdote, él me hizo ver que también de Jesucristo se habían burlado poniéndole una corona de espinas y escupiéndolo y todo se lo ofrecía a Dios, que yo me parecía a Él en mi dolor, que procurara no hacerles saber a mis agresores que los apodos me molestaban y mejor me riera, como si me hicieran mucha gracia. Me sirvió su consejo, sentí que estaba viviendo algo que le agradaba a Dios, me volví piadoso y le pedía que aceptara mis sufrimientos por el bien de mi familia, los compañeros ya no me pusieron más apodos, nada más me mandaban  a que les comprara en la tiendita o cualquier otra cosa, y aunque  decían que lo hacía mal, me sentí parte del grupo. También me sirvió que el padre me dijo: “Descubro que eres muy responsable”. Esa expresión marcó mi vida, me esforcé y me sigo esforzando por cumplir con todos mis compromisos. 

Terminé la secundaria y dejé de estudiar por miedo de ir a una escuela nueva. Entré a trabajar en una gasolinera y pareció como si alguien les hubiera ido a contar que podían mandarme como a su criado, hacían que hiciera lo que ellos no querían y me quitaban la mitad de las propinas. No terminó allí, cuando me casé, hubo un momento en que pensé que mi misma esposa me hacía “bulling”, por usar la expresión, porque igual, todas las responsabilidades de la casa eran mías y también tenía yo la culpa de lo que salía mal. Un día los niños, mis hijos, se rieron de mí y pensé que eso tenía que terminar, decidí ir a tratamiento. De esto hace unos diez años.

La terapeuta me hizo notar que yo estaba hambriento de aprobación y me esforzaba cada vez más cumpliendo encargos con la esperanza de ser aceptado, pero yo mismo no me aceptaba. Me dejaba tareas de observar mis cualidades, hablábamos mucho sobre ellas y cómo las usaba; allí descubrí mi fuerza, que la había empleado en resistir y hacer multitud de actividades que muchas veces no me gustaban; hizo que me ejercitara en preguntarme cada vez: “¿Yo qué quiero?”, y en  decir a mis seres queridos: “Estoy buscando tu aprobación, ¿qué necesitas para poder aprobarme?”. El cambio fue grandísimo, ahora difícilmente accedo a hacer cosas que no quiero, y si las hago, pido algo a cambio. Deseo que a alguien le sirva mi relato.

“Psicología” es una columna abierta. Puedes participar con ideas, temas, preguntas o sugerencias en psicologa.dolores@gmail.com , o en facebook.com/Pascua Constelaciones Familiares.

 

 

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