Agradezco a quien me envió esta historia. Ofrezco un
resumen.
Tengo 53 años y sufrí “bulling” durante mucho tiempo de
mi vida. Cursé parte de la primaria en una escuela particular, los niños me
ponían apodos y vigilaban en los baños para no dejarme entrar al sanitario, burlándose
de cómo sería si me ensuciaba en la ropa. Lo dije a mis padres, mi mamá habló
con la maestra y la directora, fue inútil, le contestaron algo que era cierto y
no me ayudaba: yo tenía que adquirir habilidades sociales y acudir con la
maestra cuando sucediera el maltrato; pero yo tenía demasiado miedo, me sentía
vigilado y amenazado con que los del grupito dirían a todo el mundo que me
ensuciaba encima. Me cambiaron de escuela, cursé quinto y sexto sin amigos, como
fuera de mí. Hice el intento de juntarme con niñas, pero resultaron igual de
crueles, se reían y decían una a la otra “dile que está muy feo” y más cosas. Pasé a una secundaria
federal, allí fue peor, los compañeros me lamían la cara y me obligaban a
lamerles los pies. Por consejo de mi mamá hablé con un sacerdote, él me hizo
ver que también de Jesucristo se habían burlado poniéndole una corona de
espinas y escupiéndolo y todo se lo ofrecía a Dios, que yo me parecía a Él en
mi dolor, que procurara no hacerles saber a mis agresores que los apodos me
molestaban y mejor me riera, como si me hicieran mucha gracia. Me sirvió su
consejo, sentí que estaba viviendo algo que le agradaba a Dios, me volví
piadoso y le pedía que aceptara mis sufrimientos por el bien de mi familia, los
compañeros ya no me pusieron más apodos, nada más me mandaban a que les comprara en la tiendita o cualquier
otra cosa, y aunque decían que lo hacía
mal, me sentí parte del grupo. También me sirvió que el padre me dijo:
“Descubro que eres muy responsable”. Esa expresión marcó mi vida, me esforcé y
me sigo esforzando por cumplir con todos mis compromisos.
Terminé la secundaria y dejé de estudiar por miedo de ir
a una escuela nueva. Entré a trabajar en una gasolinera y pareció como si
alguien les hubiera ido a contar que podían mandarme como a su criado, hacían
que hiciera lo que ellos no querían y me quitaban la mitad de las propinas. No
terminó allí, cuando me casé, hubo un momento en que pensé que mi misma esposa
me hacía “bulling”, por usar la expresión, porque igual, todas las
responsabilidades de la casa eran mías y también tenía yo la culpa de lo que
salía mal. Un día los niños, mis hijos, se rieron de mí y pensé que eso tenía
que terminar, decidí ir a tratamiento. De esto hace unos diez años.
La terapeuta me hizo notar que yo estaba hambriento de
aprobación y me esforzaba cada vez más cumpliendo encargos con la esperanza de ser
aceptado, pero yo mismo no me aceptaba. Me dejaba tareas de observar mis
cualidades, hablábamos mucho sobre ellas y cómo las usaba; allí descubrí mi
fuerza, que la había empleado en resistir y hacer multitud de actividades que
muchas veces no me gustaban; hizo que me ejercitara en preguntarme cada vez: “¿Yo
qué quiero?”, y en decir a mis seres
queridos: “Estoy buscando tu aprobación, ¿qué necesitas para poder aprobarme?”.
El cambio fue grandísimo, ahora difícilmente accedo a hacer cosas que no
quiero, y si las hago, pido algo a cambio. Deseo que a alguien le sirva mi
relato.
“Psicología” es una columna abierta. Puedes participar
con ideas, temas, preguntas o sugerencias en psicologa.dolores@gmail.com , o en facebook.com/Pascua Constelaciones Familiares.
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