Hay personas que parecen no acomodarse en ninguna parte;
hacen proyectos que nunca aterrizan; entran a un trabajo y no duran; comienzan
una relación y pronto la terminan para comenzar otra, también breve; no bien
llegan de un viaje o un festejo ya están pensando en otro… o confiesan: “no me
hallo”, “no encuentro mi lugar”, “a veces siento que yo no soy yo”, “en ningún
lado estoy a gusto”… Cuando alguien se escucha a sí mismo decir esto o algo
parecido, haría bien en poner atención a sus propias palabras; lo más probable
es que esté ocupando un lugar que no le corresponde, y el suyo se encuentra
vacante.
Las personas tenemos un lugar que es nuestro y nadie más
puede ocupar, que nos da identidad. Sin embargo, a veces no podemos o no
queremos tomarlo. Es más frecuente lo primero: no poder, cuando no tenemos
permiso; quizá una persona muy amada nos aparta de él, tal vez un secreto, o un enredo familiar.
Es en la familia donde los lugares no son
intercambiables; ahí nos toca ser el hijo, el padre, la madre, hermano, tío,
abuelo… y la experiencia infantil de ocupar, o no, el propio sitio se extiende
a otras circunstancias de la vida, como suele suceder con todas las
experiencias infantiles.
Imaginemos a un hijo o hija cuyos padres se hirieron
tanto uno al otro, que si un día el niño o niña, adulto o adulta, dijera al progenitor
con quién está más cerca que desea aproximarse también “al enemigo”, ambos se
sentirían lastimados, él por decirlo y el otro por escucharlo. Y aunque lo
diga, no lo hará, inclusive puede llegar a odiarlo, como hace el progenitor “más
amado” y en su lugar. Tiene prohibido tomar su lugar fundamental, de hijo o
hija. También le está vedado reconocer sus propios sentimientos y necesidades;
lleva años teniendo obstáculos para identificarlos y sintiendo como otra
persona le exige, abierta o tácitamente, que sienta. No puede tomar el lugar que por derecho
natural le corresponde. ¿Qué cosas más de la vida no podrá tomar?, ¿en qué
otras circunstancias se sentirá amarrado y con imposibilidad de moverse hacia
lo que desee?, ¿tendrá posibilidad de reconocer que muy en el fondo necesita a
su padre y a su madre, sin sentirse culpable por necesitarlos? Es más fácil que sólo se perciba fuera de
lugar.
También un secreto puede apartarnos de nuestro lugar. Vamos
a imaginar que un bebé nace de una madre adolescente, la cual pertenece a una
familia perfeccionista, a la que preocupa el qué dirán o le parece demasiado
que su hijita deba enfrentar tanta responsabilidad sola. Entonces, los abuelos
del niño lo registran como su hijo.
¿Cuál es su lugar? No puede saberlo, y si un día lo sospechara, se
sentiría terrible: ¿perder a los que ha creído sus padres?, ¿amar como mamá a
la que era su hermana?, ¿darse cuenta de que creció engañado, y necesita
desengañarse? Es más fácil que sólo se perciba fuera de lugar.
Esta teoría procede de Constelaciones Familiares. En otra
ocasión, para dedicarles más espacio, hablaré de los enredos. Éstos también nos
impiden tomar nuestro lugar.
“Psicología” es una columna abierta. Puedes participar
con ideas, temas, preguntas o sugerencias en psicologa.dolores@gmail.com , o en facebook.com/Pascua Constelaciones Familiares.
No hay comentarios:
Publicar un comentario