A veces presenciamos una situación en la que alguien
comete un error y parece no advertirlo; quizá se le baja un cierre más de lo
debido o dice algo que nos hace sonrojar y a los demás también. Callamos, pero
en nuestro interior pensamos: “Siento pena ajena”; es decir, el error no es
nuestro y sin embargo, nos incomoda.
Lo mismo, a una escala más profunda, suele sucedernos en
familia. Si tuvimos un abuelo o un tío que estuvo en la cárcel, defraudó a
alguien, se desprestigió por su conducta promiscua o alocada… podemos sentir
vergüenza ajena de un error que no es nuestro ni de nuestra responsabilidad, y no
obstante, interfiere en nuestras vidas como si lo fuera, o más aún. Ni qué
decir que con nuestros padres también nos puede ocurrir.
Este tipo de vergüenzas son difíciles de erradicar; la
persona las guarda en secreto, como si fueran un preciado tesoro que debe
permanecer oculto, aunque por dentro la desgarren. ¿Por qué las guarda, las
protege? Son su manera de sentirse perteneciente a la familia. No hay dolor más
profundo que creernos sin derecho a pertenecer al grupo donde hemos nacido, y
aunque sea en el padecimiento, seguimos aferrados a él, leales, “con la
camiseta puesta”. Lo contrario es aún peor: “negar la camiseta” por temor al
desprecio de un grupo más grande, como cuando un niño oculta el oficio de sus
padres ante sus compañeros de clase o prohíbe a su madre que se presente en la
escuela. Son vergüenzas difíciles de erradicar porque está en juego el amor a
la familia, y aunque por fuera digamos que la odiamos, es lo más entrañable y
la base de nuestra identidad. Estas vergüenzas hacen daño y suelen pasar de una
generación a otra como apellidos, salvo que alguno de los miembros pueda
“romper el hechizo”.
El “hechizo se rompe” honrando; es decir, mirando lo que
ocurre u ocurrió (contrario a negarlo), mirando al responsable con amor, y envuelto
en ese mismo amor devolverle lo que es suyo: “Te honro como mi madre (padre,
abuelo, tío…) y honro tu dolor (vergüenza, tristeza, soledad, culpa,
confusión, responsabilidad…), tienes en mi corazón un lugar especial y
honorable”. En ese momento deja uno de cargar lo que no le pertenece: la
vergüenza ajena, y sabe que cada cual carga con lo suyo, que cada uno tiene su
lugar, que no es útil para nadie sentirnos autorizados a tomar ni a rendir
cuentas de lo que no nos corresponde, porque somos personas individuales cuya
responsabilidad se extiende solamente a lo que nuestras manos, pies, cerebro...
hacen, piensan y sienten por sí mismos. Quedamos libres de lastres. “Me hago
cargo solamente de lo mío”.
“Psicología” es una columna abierta. Puedes participar
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