Es frecuente que el hijo o la hija tengan relaciones
conflictivas con su madre, y peores aún con su padre. Dentro de nuestra cultura,
honrar al padre es más bien la excepción que la regla. Si a un hijo de
cualquier edad, que durante su vida ha ido acumulando resentimientos y
sensaciones de haber sido tratado injustamente por su progenitor, se le dice:
“Debes honrarlo”, es como estar hablándole en chino, probablemente conteste:
“¿Después de todo lo que ha hecho?, ¿siendo él como es, un egoísta,
irresponsable, etc., etc., etc.?”.
Todo cuanto vivimos influye en nuestros pensamientos y
sentimientos. También lo que vivieron nuestros padres, y los padres de ellos, y
los padres de ellos, y… Realmente se nos dificulta honrar acciones y maneras de
ser que nos han dolido, o les han dolido a ellos. Estamos tan involucrados en
los acontecimientos de la familia, que nos es casi imposible distinguir
nuestros sentimientos de los de nuestros padres, y nuestra responsabilidad de
la suya. En una familia donde los varones han sido abusivos o irrespetuosos,
los hijos e hijas y nietos y nietas estarán predispuestos a despreciar lo
masculino y esperar lo peor de todos los hombres, aunque ellos mismos lo sean,
y los escuchamos decir: “Los hombres somos %&$#& (significa cosas
malas)”. Y a ellas: “Los hombres son %&$#&”. ¿Tienen la culpa de pensar y
sentir así? No, sólo se han solidarizado con el pensar y el sentir familiar, por
amor a la familia, por “ponerse la camiseta y pertenecer”, ¡pero cuánta
desdicha les puede ocasionar!
Estos hijos e hijas y nietos y nietas, más tarde, cuando
mayores, se comportarán con sus hijos de modo similar, salvo que en el
intermedio suceda algo que los libere de sus “programaciones” familiares. Y no
es suficiente que el hijo diga: “¡Juro que yo no seré igual!”; a los cuarenta o
cincuenta y más años solemos descubrir que, en mucho, sin saber cómo ni por
qué, estamos repitiendo el guión de nuestros padres o abuelos, en masculino o
en femenino.
Una verdadera liberación no ocurre en la cabeza, sino en
el corazón, es decir, en el terreno de lo irracional, que casi siempre nos deja
perplejos. Para que suceda, según se ve en Constelaciones Familiares, tenemos
que ser capaces de llegar hasta el punto previo a donde se perdió el amor, cuando
éramos capaces de decir “yo soy tu hijo”
o “yo soy tu hija” sin que nos doliera, y de lo ocurrido después, separar
nuestra responsabilidad de la de nuestro padre, nuestros sentimientos de los él
y de los de mamá, nuestra vida de la de ellos, y con ese amor original que todo hijo tiene por su padre, devolverle
lo que es suyo: el mérito o la culpa, la vergüenza y la responsabilidad. Así
quedamos libres de aquello que no es nuestro y que tomamos por solidaridad. A
veces se utiliza una frase como ésta: “Querido papá, te honro como padre y como
hombre, y en ti honro a todos los hombres”. Si se trata de un hijo varón, puede
añadir “incluyéndome a mí”, puesto que también es hombre.
En una Constelación Familiar, el representante de un
padre que se fue, o de un marido del que no se sabe más nada, suele quedar en
el lugar que debió haber ocupado. ¿Significa esto que el consultante debe
localizar al padre o al marido ausentes y traerlos a casa? No. Significa que toma en su corazón las cosas tal como
sucedieron, sin negar nada, tampoco el dolor de la pérdida, y con ello, vuelve
a sintonizar con el amor; puede amarse a sí mismo con todo y haber vivido
determinadas experiencias. Ya no necesitará pensar que debe ser %&$#& por ser hombre, y si es mujer,
ya no necesitará buscar a hombres que sean
%&$#& a los cuales despreciar, hacer que se vayan y luego
llorarlos. ¿Suena fácil? No lo es, pero cuando se da, funciona.
“Psicología” es una columna abierta. Puedes participar
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