Quizás la buena o mala suerte sea un conjunto de hábitos
de pensamiento optimista o pesimista que desemboca en sucesos afines a lo que
se piensa.
Es misteriosa la manera como pensamos. Los especialistas
en percepción opinan que nadie vemos la realidad tal como es, sino que el
cerebro la interpreta de acuerdo con informaciones previas: experiencias,
miedos, expectativas, creencias,
ideales, aspiraciones y un sinnúmero de ideas que nos han sido sembradas, por
otros y por nuestra propia imaginación. Se cuenta que una trabajadora social dudó
si debía tomar medidas legales a favor de una niña de ocho años, que dijo: “Mi mamá me castiga y me deja tres días
encerrada en mi cuarto sin comer”. Queriendo
cerciorarse, la profesionista siguió preguntando: “¿Sí?, ¿cuántas veces lo ha
hecho?”. Y la niña: “Hasta ahora, nunca, pero puede hacerlo”.
Es evidente que los padres “pueden” encerrar a sus hijos
pequeños y dejarlos varios días sin comer, pero la inmensa mayoría no lo hace.
¿Qué nos ocurre cuando un miedo de algo que “puede suceder” se adentra en
nuestra imaginación y nos toma bajo su control? Se convierte en una amenaza a
punto de volverse realidad y un filtro por donde pasarán las nuevas
experiencias. Una vez instalado dicho filtro, tenemos terreno propicio para
fobias, terrores diurnos o nocturnos, insomnio y paremos de contar.
Es misteriosa la manera como pensamos. En algún momento
elegimos, sin apenas darnos cuenta, una o varias de las imágenes que pasan por
nuestra mente, que son muchísimas, y comenzamos a “darles cuerda”. Afortunados
de nosotros si las elegidas son optimistas, de alegría, realización, éxito, confianza, amor por nosotros mismos y
los semejantes; y desafortunados si la mayor parte del tiempo pensamos en cosas
pesimistas como enfermedades, abandono, soledad, pérdidas económicas, fracasos,
delitos, corrupción, impunidad, etc., etc. Cuando menos lo esperemos, nuestros
pensamientos nos habrán creado una realidad bonita, o insoportable.
Se ha dicho que no importan tanto los eventos que nos
toca vivir, sino la manera como los vivimos, y es en esta última donde influyen
las “rutinas del pensamiento”. Con todo tendemos a hacer rutinas, también con
lo que acostumbramos pensar; luego, las rutinas forman hábitos. Los hábitos no
son otra cosa sino determinadas neuronas
más entrenadas a dispararse sobre otras neuronas también entrenadas para
recibir el disparo. Dentro del cerebro, un hábito sería como los caminitos que
hacen las hormigas de tanto pasar; facilitan el tránsito y atraen a otras
hormigas.
Solemos creer que las grandes decisiones son tomadas de pronto
y frente a eventos importantes, pero es más probable que las hagamos sin apenas
darnos cuenta, cuando elegimos determinadas imágenes para pensarlas, pues con
ellas confeccionamos el “filtro” que teñirá de un color u otro los
acontecimientos. Quizás la buena o mala suerte sea un conjunto de hábitos de
pensamiento optimista o pesimista que desemboca en sucesos afines a lo que se
piensa. A todos les deseo buena suerte.
“Psicología” es una columna abierta. Puedes participar
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