Con honda
preocupación veo que los jóvenes no confían en las instituciones, autoridades y
gobernantes, se refieren a todo de manera igualada, con apodos, burlas y poco
respeto. Soy maestra, doy clases en secundaria, ¿cómo puedo hacer para que mis
alumnos confíen más en sus maestros, familia y escuela, en otras palabras, en
su País y su porvenir?
OPINIÓN
Te
interesan tus alumnos. Felicidades. Quisieras mostrarles un modo de ver y
sentir que les ayude a tener una vida mejor. Qué bueno. Recuerdo un dicho:
“Confía en tu vecino y pon candado a tu cerca”.
La
confianza y la desconfianza se aprenden. Generalmente, una persona puede
confiar en otros cuando tiene permiso de confiar en sí misma, en lo que siente
y piensa, por equivocado que estuviera. Este permiso no se otorga con palabras
redactadas para este fin; es decir, no se dice, se vive.
Cuentan que
en una ocasión una niña de siete años vio a su papá ojeando una revista para
hombres y después dijo, frente a unos vecinos: “A mi papá le gustan las monas
encueradas”. Entonces la madre estalló en cólera y le gritó: “¿Cómo te atreves
a decir eso de tu padre? Vete a dormir y no estés haciéndome enojar”. Si
relacionamos el relato con el tema de dar o negar permiso a una persona para
confiar en lo que sus sentidos y lógica le dicen, a esta niña se le estaba
enseñando que no debía creer en lo que viera por sí misma, sino en lo que
alguien con autoridad le enseñara a creer.
Quizá a nuestros
jóvenes les está pasando algo similar. Todos los días, periódicos, revistas,
tele, radio y sobre todo redes sociales, dan noticias de crímenes, inseguridad,
sobornos, corrupción y otros escándalos. Si un adolescente dijera en voz alta,
frente a todos los del salón: “Nuestros gobernantes se hacen ricos con sus
puestos”, quién sabe si la maestra sentirá la tentación de gritarle que se
calle, o de qué manera resolvería el asunto para que nadie piense que ella
solivianta a sus alumnos.
Me pregunto
qué entiendes por confiar; para mí es estar seguro de algo. Por ejemplo, tú y
tus alumnos están seguros (confiados) en que la campana del recreo tocará a las
10;30. Si llegando la hora no toca, comienzan a inquietarse y preguntar qué ha
ocurrido, quizá alguno reclame o salga del salón. La fe que pusieron en la
puntualidad del toque ha sido defraudada.
A veces,
confiar en algo o alguien es transferirle la responsabilidad del propio
cuidado. “Confío en que mis padres me harán exitoso”. “Confío en que mi maestra
hará que yo aprenda, aunque yo no haga las tareas”. “Confío en que el gobierno
me garantice empleo, buen sueldo, atención médica y una pensión para mi vejez”.
Quienes piensen así, lo más probable es que vean su fe defraudada y sufran
decepciones.
Hay una confianza que no defrauda: saber lo que está ahí.
“Sé que estos son mis padres”, “ésta es mi escuela y éstos mis maestros”, “éstas
son las instituciones gubernamentales que conozco y éstos mis gobernantes”, “sé
que el porvenir llega siempre”. Esforzarse para que el alumno confíe en más que
esto puede ser una empresa ardua e ingrata: la mente camina senderos
insospechados, y no está en nuestras manos controlar la de otros. Apenas si
podemos con la nuestra.
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