Si a un avión bimotor le fallara uno de sus motores, estaría
en aprietos; no necesariamente caerá a tierra, pero su vuelo distará de ser
óptimo. En los humanos, cuando los dos grandes motores que poseemos, razón y afectividad,
trabajan al unísono y en armonía a favor de la vida, tenemos sabiduría, lo cual
es poco frecuente; más común es que entre ambos haya algo de guerra.
Por separado, cada uno de estos motores o fuentes de información
son maravillosos… e incompletos, necesitan del otro. Tener “cabeza fría” y
“corazón duro”, o “ser puro corazón”, “impulsivo” y “muy sentido”, son
resultados de que uno de los dos reinos, el intelectual o el afectivo, domina
al otro, lo desdeña o trata de inutilizarlo, aunque jamás lo logre de manera
total, porque están hechos para colaborar.
La razón o inteligencia, facultad que nos permite recabar
y procesar datos, resolver problemas, adaptarnos al mundo o hacerlo que se adapte
a nosotros, tiene también un lado oscuro: si desatiende la información del
sentimiento, puede conducirnos a un estado de intelectualización que guarde
poco o nulo contacto con la realidad, aunque parezca tenerlo. Como cuando
escuchamos discursos de quienes afirman que la tierra está sobrecargada de
población y sería bueno que desaparecieran los “excedentes” que merman la
calidad de vida de los demás, por ser excesivamente pobres, minusválidos,
violentos, criminales, y la lista puede prolongarse. O vemos las acciones de los
que sólo desean triunfar, tener éxito, ser famosos, volverse ricos u ostentar
poder: su inteligencia se enfoca en lograr dichos propósitos y para esto, con
frecuencia caminan sobre cadáveres y destrozan a otros seres humanos que se
interponen en su trayectoria. El mundo está lleno de ejemplos en los que se ocasiona
un grave daño mientras se argumenta: “No es nada personal”, “debía salvar al
partido (la fe, la patria, la corona, la honra familiar, las buenas costumbres,
mi futuro…)”.
El reino afectivo, por su parte, está constituido por reacciones
fisiológicas ante estímulos externos e internos. Van de “me gusta” a “no me
gusta”. Se manifiestan como emociones, sentimientos o simples impulsos. Por la afectividad nos mantenemos en contacto
directo con nosotros mismos, nuestros semejantes y el mundo, ya sea
percibiéndolos como un agradable todo al que pertenecemos, o como un odioso
estado de cosas que detestamos. Innumerables matices intermedios pueden caber
entre estos dos extremos. La emocionalidad también tiene su lado oscuro: sin el
auxilio de la inteligencia puede llevarnos a decisiones estúpidas, que conducen
al fracaso o a la muerte. No es raro que adolescentes se lancen a engendrar un
hijo para el cual no tienen un mínimo qué ofrecer de material o afectivo; deportistas
extremos que terminan en sillas de ruedas; individuos que se niegan a trabajar
y ser productivos porque detestan que alguien los mande; alcohólicos y
drogadictos que siguen en la adicción porque “les gusta”; herederos que
despilfarran lo recibido por el solo placer de gastarlo; hombres y mujeres que
renuncian a lo que mucho trabajo les costó obtener para seguir a un amor
imposible; y tantos más.
La sabiduría no se adquiere, se practica constantemente
hasta que se vuelve definición de la propia personalidad, o no se practica e
inteligencia y afecto van alejándose entre sí hasta volvernos personas
estereotipadas o impulsivas. Siempre es momento oportuno para comenzar a
practicarla.
“Psicología” es una columna abierta. Puedes participar
con ideas, temas, preguntas o sugerencias en psicologa.dolores@gmail.com , o en facebook.com/Pascua Constelaciones Familiares.
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