lunes, 14 de septiembre de 2015

LA SABIDURÍA



Si a un avión bimotor le fallara uno de sus motores, estaría en aprietos; no necesariamente caerá a tierra, pero su vuelo distará de ser óptimo. En los humanos, cuando los dos grandes motores que poseemos, razón y afectividad, trabajan al unísono y en armonía a favor de la vida, tenemos sabiduría, lo cual es poco frecuente; más común es que entre ambos haya algo de guerra.
Por separado, cada uno de estos motores o fuentes de información son maravillosos… e incompletos, necesitan del otro. Tener “cabeza fría” y “corazón duro”, o “ser puro corazón”, “impulsivo” y “muy sentido”, son resultados de que uno de los dos reinos, el intelectual o el afectivo, domina al otro, lo desdeña o trata de inutilizarlo, aunque jamás lo logre de manera total, porque están hechos para colaborar.
La razón o inteligencia, facultad que nos permite recabar y procesar datos, resolver problemas, adaptarnos al mundo o hacerlo que se adapte a nosotros, tiene también un lado oscuro: si desatiende la información del sentimiento, puede conducirnos a un estado de intelectualización que guarde poco o nulo contacto con la realidad, aunque parezca tenerlo. Como cuando escuchamos discursos de quienes afirman que la tierra está sobrecargada de población y sería bueno que desaparecieran los “excedentes” que merman la calidad de vida de los demás, por ser excesivamente pobres, minusválidos, violentos, criminales, y la lista puede prolongarse. O vemos las acciones de los que sólo desean triunfar, tener éxito, ser famosos, volverse ricos u ostentar poder: su inteligencia se enfoca en lograr dichos propósitos y para esto, con frecuencia caminan sobre cadáveres y destrozan a otros seres humanos que se interponen en su trayectoria. El mundo está lleno de ejemplos en los que se ocasiona un grave daño mientras se argumenta: “No es nada personal”, “debía salvar al partido (la fe, la patria, la corona, la honra familiar, las buenas costumbres, mi futuro…)”.
El reino afectivo, por su parte, está constituido por reacciones fisiológicas ante estímulos externos e internos. Van de “me gusta” a “no me gusta”. Se manifiestan como emociones, sentimientos o simples impulsos.  Por la afectividad nos mantenemos en contacto directo con nosotros mismos, nuestros semejantes y el mundo, ya sea percibiéndolos como un agradable todo al que pertenecemos, o como un odioso estado de cosas que detestamos. Innumerables matices intermedios pueden caber entre estos dos extremos. La emocionalidad también tiene su lado oscuro: sin el auxilio de la inteligencia puede llevarnos a decisiones estúpidas, que conducen al fracaso o a la muerte. No es raro que adolescentes se lancen a engendrar un hijo para el cual no tienen un mínimo qué ofrecer de material o afectivo; deportistas extremos que terminan en sillas de ruedas; individuos que se niegan a trabajar y ser productivos porque detestan que alguien los mande; alcohólicos y drogadictos que siguen en la adicción porque “les gusta”; herederos que despilfarran lo recibido por el solo placer de gastarlo; hombres y mujeres que renuncian a lo que mucho trabajo les costó obtener para seguir a un amor imposible; y tantos más.
La sabiduría no se adquiere, se practica constantemente hasta que se vuelve definición de la propia personalidad, o no se practica e inteligencia y afecto van alejándose entre sí hasta volvernos personas estereotipadas o impulsivas. Siempre es momento oportuno para comenzar a practicarla.
                         
“Psicología” es una columna abierta. Puedes participar con ideas, temas, preguntas o sugerencias en psicologa.dolores@gmail.com , o en facebook.com/Pascua Constelaciones Familiares.


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