Tener en la conciencia al espíritu y la espiritualidad, o
no tenerlos, ocasiona grandes diferencias en las maneras personales de pensar,
sentir, actuar y vivir. El dominio que tal presencia o ausencia ejercen es abrumador;
sin embargo, en ocasiones resulta difícil definir los términos, qué son el
espíritu y la espiritualidad, para saber de qué estamos hablando. Solemos creer
que lo tenemos claro, pero no siempre es así; lo he preguntado a grupos y
generalmente sigue un silencio que puede prolongarse un minuto o más.
Quizás, amable lector, quieras hacer la prueba de responder
la misma pregunta, qué y cómo son para ti el espíritu y la espiritualidad, si
existen o no existen, antes de leer lo que sigue. Tu definición es la más
importante en tu vida, puesto que es la tuya. No recurras al diccionario ni a
tus clases de catecismo para responder, sólo observa lo que en ti se evoca al
pronunciar las palabras “espíritu” y “espiritualidad”.
Actualmente es posible hablar de estos temas; hace unas
décadas era prohibitivo. Quien los mencionara –si no era para estar de acuerdo
con que “Dios ha muerto” y “la religión es el opio del pueblo”- corría el
riesgo de ser expulsado de los círculos considerados científicos. En aquellos
tiempos y en muchos sentidos, la ciencia se había sentado en el sitio de Dios y
la religión y decía lo que estaba bien o mal (higiene, nutrición, ahora
sustentabilidad, calentamiento global, etc.); también definía al humano como un
ser bio-psico-social: bio, porque tiene un cuerpo vivo; psico, porque piensa,
siente y quiere; social porque le es imposible desarrollarse y definirse sin la
colaboración de otros humanos. Y el espíritu ¿dónde quedaba? Excluido, no
existía, era superstición, fenómeno sociocultural o necesidad neurótica de ser
gobernado.
Incluir o excluir al espíritu en la definición del ser
humano implica, ciertamente, visiones distintas.
Lejos de mí afirmar que la ciencia está equivocada o que
es superflua; es maravillosa, sólo que hasta ahora no admite lo espiritual. Influenciados
como estamos por sus opiniones, qué hay de extraño que para nosotros,
habitantes del siglo XXI, resulte difícil definir lo que para los de la Edad
Media era partida y llegada en todo cuanto hacían: el espíritu y lo espiritual
como lo entendían.
Las respuestas de hoy son variadas: “Dios”. “Una
creencia”. “Algo que no se ve pero uno lo sabe”. “Lo que inspira, como cuando
se habla del espíritu de la ley, o la espiritualidad ignaciana”. “Lo más
profundo de uno, que le da identidad”.
“Que somos inmortales”. “Lo que sobrevive más allá de la muerte”, “Una
inteligencia que ordena todo”. “Digo espíritu y recuerdo a mi mamá que murió el
año pasado”. “Lo espiritual es una ilusión, un anhelo de no morir”. “Lo que nos
hace hacer el bien”, “Ir a misa y cumplir con la religión”. “Tener temor de
Dios”. “Rezar”.
Una respuesta que me gustó y no he olvidado es ésta: “Espiritualidad
es la relación de cada persona con el espíritu. Así como la relación entre
amigos se llama amistad y entre hermanos es fraternidad, con el espíritu es
espiritualidad”. Me gustó porque no especifica si la persona es católica,
musulmana, hinduista o de otro credo, ni cuáles deben ser los pasos “correctos”
para lograr una buena relación. También cabría en esta definición que alguien
no se relacionara en absoluto con el espíritu, o lo hiciera sólo para
combatirlo, y así su espiritualidad sería nula, o de antagonismo.
¿Y tú, amable lector, sí respondiste para ti mismo la
pregunta antes de leer el artículo?, ¿te gustó lo que encontraste?
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