Todos los humanos estamos relacionados unos con los otros.
Cuando compro un vestido o un helado puedo hacerlo porque miles de personas
trabajaron en ello: unos me lo venden, otros lo fabrican y otros más obtienen
de la tierra las materias primas, sin mencionar a quienes elaboraron las
máquinas que intervinieron en el proceso, y más gente. Estoy relacionada con
todos pero no de forma íntima; inclusive podría darse el caso que al alejarme
de la tienda los despachadores exclamaran: ¡Qué clienta más odiosa!, pero no lo
dicen frente a mí, pues lo que sienten forma parte de su intimidad.
Las relaciones íntimas involucran algo del propio interior
y del interior del otro, van desde un adentro a otro adentro. Íntimo proviene
del latín intimu, que a su vez
proviene de inti interior y el
superlativo mus (como la terminación ísimo en nuestro idioma). Significa
adentrísimo, más adentro de todo, profundo. Íntimo también se utiliza como
sinónimo de privado, en oposición a aquello que es público y está a la vista de
todos o pertenece a todos.
Lo íntimo es nuestro, de cada uno, nuestra esencia, y a esa
interioridad invitamos o excluimos a determinadas personas. Tiene grados:
intimidad física, de la psique y del espíritu.
La intimidad presupone un acercamiento afectuoso,
benevolente; opuesto a que alguien se entrometa a husmear con el propósito de robar
algo o conocer secretos y divulgarlos o burlarse.
Los acercamientos íntimos pueden ser leves o intensos. Una
mirada, un saludo, una palmadita, un giño, una sonrisa, compartir una cena,
invitar a que visiten la propia casa, un beso, un abrazo, una relación sexual, son
grados de intimidad física, la cual nos hace sentir que pertenecemos. Si dichos
acercamientos involucran al corazón, son intimidad de la psique y tal vez del
espíritu, y aumentan la conciencia de sí mismos. En cambio, no son intimidad ni
proporcionan nada bueno el estrujamiento en una fila, un pisotón, una relación
sexual que no es voluntaria o es producto de una mentira.
La mentira es una
puerta que cierra la entrada y está detrás de otra puerta aparentemente
abierta.
Permitir o propiciar un acercamiento a lo confidencial y
privado de los afectos y pensamientos, que forman parte de la intimidad
psíquica, es un honor que prodigamos a quien nos parece digno de recibirlo y
constituye una ocasión de felicidad, generalmente mutua. Es lo que llamamos
tener buenos amigos, amigos íntimos. No sólo nos sentimos conectados,
pertenecientes y con conciencia de nosotros mismos, también amados. Este grado
de intimidad también puede darse en alguna pareja que además la complementa con
la intimidad física ¡qué suerte tan maravillosa!, pero no es demasiado frecuente;
algo tiene la exclusividad en el erotismo que dificulta la transparencia que se
puede tener con un amigo.
La intimidad del espíritu es tan sublime que puede uno
sentirla inalcanzable. Consiste en acercarse con benevolencia a todo ser humano
sin excepción, igual como lo hace el sol, que no distingue y calienta igual a
los buenos que a los malos. Se dice que quien practica esta intimidad jamás se
experimenta solo, porque se sabe conectado con todos en algo más grande.
Concluyendo: para sobrevivir necesitamos relaciones aunque
no sean íntimas; mas para vivir plenamente y sabernos conectados,
pertenecientes, con conciencia de nosotros mismos y amados, es indispensable
abrir nuestra puerta y exponernos a la intimidad, en el grado que podamos
consentirla.
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